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Artículos

INDICE:

Momentos previos al nacimiento de un mito, el caballo español   (I)

     Del Neolítico al inicio de la Reconquista

      Los caballos en la época Romana

      La caballería medieval

El conocimiento del verdadero origen del caballo español desmitifica al inexistente caballo cartujano.

El caballo SÓLO  de Vicente Romero García, el más famoso de los falsos caballos cartujanos.

El caballo de los conquistadores

Lusitanos

Sobre la denominación de nuestro caballo o la necesidad de conocer su historia

Conferencia impartida por invitación de la Escuela de Equitación de Saumur, en noviembre de 2007 sobre Doma Vaquera


Momentos previos al nacimiento de un mito, el caballo español  

DEL NEOLÍTICO AL INICIO DE LA RECONQUISTA

La llegada del Neolítico (8000-3000 a.C.) supuso una revolución para la humanidad pues propició un cambio importante en los hombres y mujeres que pasaron de ser recolectores a producir sus propios alimentos y hacer pensar que la domesticación de algunos animales (cerdo, oveja, cabra, vaca) pudo ser ya una realidad en ese momento por las necesidades alimenticias. La del caballo, como se sabe, se data al inicio de este período en la zona del Mar Caspio y Mar Negro. Existen documentos chinos que prueban que ya se hacían incursiones a caballo 4000 a. C. Precisamente, la adopción del pastoreo nómada en las estepas centrales asiáticas se basó en el uso del caballo como montura a partir de lo cual, en el segundo milenio, se produjo una intensa emigración que provocó una fuerte expansión demográfica hacia el sur. Este hecho favoreció que esa economía se extendiera por la zona de Irán e Irak y. Si hasta ese momento no había existido prácticamente ningún tipo de selección en los équidos, a partir de este período la variabilidad morfológica crecería de forma casi ininterrumpida hasta nuestros días. Su domesticación favoreció la aparición de distintos tipos de caballos consecuencia de la propia variabilidad de la especie y del objetivo al que se iban a destinar por las distintas sociedades que lo utilizaron. A su vez, esos tipos fueron constantemente cruzados entre sí como consecuencia de las emigraciones de los pueblos y de los continuos enfrentamientos bélicos que favorecieron este proceso pues, los caballos eran parte importante de los botines de guerra, y por esta misma razón desplazados generalmente a otros lugares.

 

Si una parte de la emigración de los équidos se produjo desde las estepas asiáticas hacia el norte de África a través de los países árabes, la otra se extendió por toda Europa hasta llegar a la península ibérica por el norte tras cruzar los montes pirineos. Los celtas, pueblos indoeuropeos que se expandieron antes de la llegada de los romanos por la península ibérica (carpetanos, vetones, perendones,...), fueron los primeros que introdujeron los caballos (1200-1100 a.C.) por esta vía, cuyo uso en ese momento era el de tiro de los carros. Estos pueblos, que se establecieron en el Norte, Noroeste y Oeste de la península, en el 1000 a.C., ya asentados, comenzaron a utilizar el caballo como animal de silla al que ya se le sujetaba las herraduras con clavos y se usaba espuelas y embocaduras metálicas. A partir de entonces la introducción de équidos desde países europeos y del norte de África en la península ibérica fue una constante a través de los siglos.

 

En el 550 a.C. los cartagineses introdujeron con su ejército 2.000 jinetes en Hispania y dos siglos más tarde, tras el pacto con Roma, que limitaba su expansión por la península ibérica, instalaron su cuartel general en Cádiz. A pesar de lo defendido por algunos autores, Andalucía no era todavía una zona relevante en la cría caballar y tendría que pasar varios siglos para ser reconocida como tal pues, al margen de la entrada de los iberos y cartagineses, las colonias fenicias y griegas no aportaron nada al conocimiento hipológico, dada la naturaleza de navegantes de estos pueblos. Se puede destacar una nueva entrada de caballos libios de manos de Almílcar, que llegó a Hispania en el año 237 a.C, procedente de Cartago junto a su yerno Asdrúbal y su hijo Aníbal. Los caballos importados durante su mandato se cifran en más de 20.000 ejemplares que, junto a los 12.000 que entraron con Aníbal cuando preparaba la segunda guerra púnica, comenzaron a incidir en la cría caballar española, especialmente en la región andaluza.

 

Los jinetes hispanos formados por celtas, celtíberos e iberos, que se aliaron a Aníbal una vez proclamado jefe supremo del ejército cartaginés, ya eran buenos jinetes y, con su sistema béico al galope con continuos ataques cortos y rápidos retrocesos, se convirtieron en el azote de las legiones romanas. Y, es que cuando Roma inició su expansión por la península italiana no poseía caballería por lo que sus legiones estaban compuesta por lo que hoy conocemos como infantes. Tuvo que sufrir la invasión del pueblo galo (390 a.C.) para darse cuenta de su importancia y de la movilidad que los caballos otorgaban a sus legiones. Aunque muy lentamente, el uso del caballo se hizo más usual en el ejército romano que, a partir de ese momento, lo llevó a todas aquellas zonas que dominaron. Pero Roma, ante la falta de caballos en Italia, solía delegar su caballería a tribus bárbaras, escitas, sármatas y godos. Incluso cuando al final de su imperio se vio en peligro por los continuos ataques de las tribus germánicas acudió a la ayuda de las caballerías de las tribus indígenas romanizadas para su defensa. El movimiento de estos ejércitos, y el comercio entre distintos pueblos, favoreció la dispersión de los équidos, así como su variabilidad genética, incluso entre los continentes (Europa, Asia y África). El rey Pirro de Grecia introdujo caballos tras el desembarco en Italia para ayudar a los tarentinas de la hostigación de los romanos, y estos los llevaron al norte de África cuando invadieron Cartago, con un ejército compuesto por 15.000 infantes y 500 jinetes cuyos caballos, tras la derrota que soportaron, permanecieron en el continente africano.

 

Los romanos tardarían aún en destacar en la cría de caballos pues, al tener como aliados a los jinetes íberos, prefirieron fomentar la cría del ganado mular de la que tenían más experiencia en su cría y doma. Años más tarde sí comenzaron a criarlos en el sur de la península ibérica con el fin de conseguir ejemplares rápidos para las carreras de cuadrigas.  Columella, por sus conocimientos y recomendaciones, pudo ser uno de los autores que más influyó en la mejora y proliferación de la cabaña equina que se realizaría siglos más tarde en Andalucía. Es posible que sus conocimientos fueran los cimientos de una cultura ecuestre que nació en esta región y que siglos más tarde se extendería por todo el mundo.

 

Posteriormente, se asentaron en Andalucía los vándalos, pueblo que fue derrotado poco tiempo después por los visigodos (siglo V). La catástrofe de Vouillé (507), que supuso la destrucción del núcleo del reino visigodo situado en Aquitania, trasladó el centro de gravedad de este pueblo a la península ibérica. Durante este período se produjo la llegada también de bizantinos a Málaga y a la Bética, más concretamente a la zona de Medina Sidonia (Cádiz), fomentando la cría caballar y del ganado mular hasta que en el siglo VI, durante el reinado de Leovigildo, fueron expulsados. Este rey extendió sus dominios en el año 572 apoderándose de Córdoba. Dominando ya la península ibérica, los visigodos cuidaron de mantener los logros de la civilización romana y fomentaron la cría caballar, pues sus tácticas militares se basaban principalmente en el uso del caballo. Su reinado acabó tras la batalla de Guadalete, en el año 711, en la que fueron derrotados por los musulmanes que iniciaron así su expansión por la península ibérica.

En el año 722, dominada la península ibérica, el general musulmán Munuza, gobernador de Oviedo, marchó contra los astures sublevados con Pelayo al frente, con un ejército que fue sorprendido y derrotado por poco más de trescientos hombres en el angosto paraje de Covadonga. Derrota que los musulmanes no le dieron importancia porque siguieron la conquista de las Galias hasta que Carlos Martel les infringió un duro revés en el año 732, marcando un punto de inflexión en su avance. A partir de ese momento se constituyó en las montañas cantábricas el primer núcleo político de resistencia al Islam que nacía en la Península. Este gran movimiento se apoyaba en dos presupuestos ideológicos: la restauración del reino Visigodo y la idea de cruzada gestada en la Europa medieval que hizo que la caballería, entendida con tal, mostrase durante el inicio de la reconquista sus más altos valores. A partir de ese momento la Iglesia distinguió entre guerras justas e injustas. Justas eran aquellas que defendían a los no armados: mujeres, niños, desvalidos y, como no, a ella misma. Más tarde las utilizó para sus fines con la promesa de perdonar los pecados a aquellos caballeros que habían hecho un uso indebido de las armas. Penitencia que también cambió con el paso de los años pues ya no consistiría en ir de peregrinación, sin armas, a Jerusalén sino todo lo contrario: utilizarlas contra los sarracenos en defensa de la Iglesia, alcanzando su grado más significativo durante la reconquista de la península ibérica. Las cruzadas favorecieron la creación de las órdenes militares que se fueron incrementando en número al pasar el tiempo y asimilando el sentir religioso de la Iglesia. El carácter religioso que ésta otorgó a la expulsión de los musulmanes favoreció el reconocimiento social de los caballeros en las zonas reconquistadas. El espíritu religioso de su misión -salvar al cristianismo- y la pertenencia a la nobleza de los mismos impregnaron la mentalidad de los campesinos de la Edad Media. Los trovadores vieron en el relato de sus hazañas un medio de obtener beneficios exaltando unas virtudes que, casi siempre, eran sobrevaloradas y en la mayoría de las ocasiones imaginadas. Esta simbiosis -caballero andante y trovador- elevaría la leyenda de los primeros al rango de mito propiciando que la fantasía, una vez más, distorsionara los hechos históricos.

 

Pero no sólo nos ha llegado distorsionada la función de la caballería en el campo de batalla, también se ha mitificado la ética caballeresca. Las crónicas, escritas habitualmente por el bando ganador, transmitieron una imagen distorsionada de la realidad. También ha favorecido la expansión y proliferación de esos errores históricos las novelas caballerescas y las películas, más o menos históricas, en las que se ha buscado fundamentalmente atraer la atención del espectador o del lector, a través de los sentimientos y las emociones. Esta mitificación también alcanzó al acto de investidura de los caballeros pues el simple hecho de la entrega de armas, a los que entraban bajo las órdenes de un señor, se ha transmitido cargado de connotaciones éticas y religiosas. El origen de este acto no está relacionado con el ingreso en la caballería sino que, como ha afirmado Jean Flori, guarda relación con la coronación de los reyes francos de Occidente, que pudo tener su inicio a finales del siglo IX, hecho previo a la creación de lo que hoy conocemos como caballería. Fue un siglo más tarde cuando, tras una profunda evolución, aparecerá la investidura transformada en un acto destinado casi en exclusiva a los caballeros. El objetivo era sencillamente oficializar sus acciones en la guerra distinguiéndolos del simple bandido, en absoluto se trataba de reconocer o elevar su nivel social.

Si la invasión musulmana hizo retroceder la economía a la época pre-romana, con el avance del ejército cristiano, nuevamente se producía un nuevo retroceso de la misma. Los continuos ataques y contraataques realizados por ambos bandos imposibilitaba las labores agrícolas lo que favorecía la aparición de hambrunas. Si durante la invasión una gran parte de la población del centro de la península huyó rápidamente hacia el norte, ahora lo hacía lentamente hacia el sur creando nuevamente un espacio intermedio, prácticamente despoblado, donde las pocas cosechas eran incendiadas frecuentemente por ambos contendientes. Aunque los largos períodos de guerra posibilitaba en algunas zonas fronterizas la aparición de lazos comerciales entre los bandos enemigos, en otras, más sensibles, se solía distanciar de esas zonas aquellas riquezas más necesarias e importantes como era la cría caballar que, a su vez, hacía elevar el precio de los caballos. Si en Andalucía durante la ocupación musulmana se fomentó la cría caballar, haciendo que se convirtiera en la zona ganadera por antonomasia, a partir de ese momento el avance cristiano favoreció también que en esta región se condensara gran parte de la cabaña equina española. Este acopio dejaba a las huestes cristianas sin la posibilidad de aumentar su caballería; para paliar este hecho, desde el inicio de la reconquista importaron équidos de forma continuada desde Europa, en su mayoría de raza haca.

 

En el año 1085, Alfonso VI consiguió la capitulación de Toledo, suceso crucial en la historia hispana del medievo y no sólo porque fue capital del reino visigodo sino porque se continuaba el trabajo de traducción iniciado por los árabes. La toma de esta ciudad, que estuvo islamizada 370 años, trajo hasta ella a mozárabes, francos y castellanos, componentes del ejército vencedor, que, a partir de ese momento, convivirían con los judíos y árabes que poblaban la ciudad. A su llegada, el bando cristiano encontró bibliotecas con miles de obras desconocidas para ellos cuyo legado, y la gran cantidad de castellanos que también emigraron hacia esa ciudad, creó un caldo de cultivo que derivó en un extraordinario movimiento cultural. En ese contexto social se creó a mediados del siglo XII la Escuela de Traductores. En ella trabajaron conjuntamente un grupo de estudiosos cristianos, judíos y musulmanes en la traducción de las obras de la cultura árabe y de la antigüedad, trasmitiéndolas así al resto de la Europa medieval. La llegada de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII supuso un nuevo impulso para esta escuela que recopiló un gran caudal de conocimientos cuyas traducciones se hacían al latín y al romance en ocasiones. El conocimiento de este hecho es trascendental para comprender la realidad cultural e histórica española así como el conocimiento ecuestre y cría caballar que se aglutinaría en Andalucía tras esa fusión de culturas.

 

En el año 1100, tras la disgregación del Califato Omeya, comenzó el declinar musulmán en la península ibérica. Este hecho favoreció el avance del ejército cristiano que, al no contar con suficientes combatientes, hizo elevar a la infanzonía a numerosos jinetes procedentes de los trabajos agrícolas que serían conocidos como caballeros “villanos”. La posesión de un caballo útil para la guerra y la posesión de armas permitía ascender socialmente a todos aquellos que quisieran servir bajo las órdenes reales. Con su alistamiento adquirían unas exenciones jurídico-políticas que acabaron equiparándoles a los nobles de sangre. Así, en el año 976, García Fernández  aplicó estas prerrogativas a todos los jinetes de Castrojeriz y se sabe que Sancho Garcés otorgó mercedes similares para aumentar los efectivos de su caballería. Su número creció tanto que llegaron a constituir la porción más activa de las milicias concejiles de los centros urbanos de los valles del Duero y del Tajo.

 

En el año 1236, Fernando III El Santo tomó la ciudad de Córdoba cuyo éxito, de gran importancia por el carácter simbólico de la que fue antigua capital del califato, facilitó doce años más tarde la entrada del ejército cristiano en Sevilla lo que supuso el punto álgido del poderío militar y económico del monarca castellano-leonés. A partir de entonces Córdoba, que se utilizó como ciudad satélite hasta la finalización de la reconquista, se convirtió nuevamente en una zona de centralización aristocrática y caballar pero, esta vez, del bando cristiano. Tanto fomento tuvo la cría caballar en Andalucía por los reyes cristianos que Abomelic, rey taifa de Ronda, al visitar Córdoba un siglo más tarde dijo que “no había visto tierra de más caballos”. Y es que Alfonso X el Sabio (1221-1284), ante la carencia de caballos, comenzó a fomentar su cría en Las Partidas y obligó a que los caballeros tuvieran conocimientos de hipología y de hipiatría. Consideraba este rey que los caballos debían poseer tres cualidades: “buen corazón, buen color y miembros proporcionados”. Y señaló que la dignidad que poseía la denominación de caballero se debía a ser “más honroso ir a caballo que en otra bestia; y los que son escogidos para caballeros son por esto más honrados que los demás defensores”.

 

El estado continuo de guerra que se vivió en España durante la Edad Media hizo que los reyes mantuvieran la obligatoriedad de realizar el servicio militar. Todos los españoles comprendidos entre los veinte y sesenta años estaban sujetos a él con el fin de empuñar las armas en caso de necesidad. Pero la lentitud de la reconquista hizo que muchos caballeros, ya en la retaguardia, olvidaran las obligaciones de mantenerse en buen estado físico y de cuidar de sus caballos y armas. Consciente de la necesidad de mantener activa esas fuerzas, Alfonso XI hizo referencia en las Cortes de Valladolid de 1322 a la obligación de realizar revistas de equipamientos militares, conocidas como alardes, en las que se controlaba no sólo las armas sino el número, el estado y la calidad de los caballos. Desde entonces era obligación ineludible de cada ciudad y villa tener personas alistadas y armadas en número y condiciones establecidas, dispuestas a movilizarse en caso de emergencia. En el Ordenamiento de Cortes de Alcalá de Henares de 8 de marzo de 1348, expuso la necesidad de criar caballos para que todos los vasallos pudieran “ser encabalgados” a fin de poder disponer de un considerable ejército para hacer frente a los musulmanes. Así, obligó a todos los caballeros de Extremadura y del Reino de León a poseer y mantener un caballo de una calidad mínima, tasada en seiscientos maravedís. Precio que fue aumentado de forma continuada a través de los siglos, a veces de forma excesiva lo que creaba continuas protestas. Tan importante era para la corona el conjunto caballo y armas que, según el citado Ordenamiento, no se le podía embargar a ningún caballero en caso de deuda. Otro factor que incidió en la expansión de la cría caballar fue que los soldados, que se mantenían de sus sueldos durante los conflictos bélicos, eran mejor remunerados si combatían desde una cabalgadura. A estos se les pagaba la manutención de la misma y se les indemnizaba en caso de perderla en el guerra para lo que tenía que quitarle la piel a fin de comprobar las señales con los registros realizados en los alardes. Enrique II de Trastamara (1333-1379) dispuso que se realizaran registros de ganado dentro de las doce leguas de la Raya disponiendo que el extranjero que tuviese ganado sin registrar “perdiese todo cuanto tuviese y fuese castigado con la muerte”. Hecho que ratificó y amplió Enrique III (1379-1406), porque el ganado no registrado podía ser fácilmente extraído del reino por mercaderes que incluso lo vendían a los enemigos.

 

Un siglo más tarde, Enrique IV (1425-1474), también con el fin de proteger la cabaña equina andaluza, prohibió el uso del garañón en esta región con la intención de acabar con la costumbre de la cría de ganado mular que imposibilitaba el crecimiento del caballar. Y los Reyes Católicos, tras la expulsión de los musulmanes en 1492, regularon todo lo relacionado con la cría caballar así como las actividades relacionadas con ella. Se dictaron ordenanzas regulando los oficios de herrador, albéitar, conductor de ganados, etc... Aunque la primera normativa sobre la regulación, obligatoriedad y exenciones de los alardes las encontramos en el Ordenamiento de Cortes de Valladolid, hecho por Juan I el día 1 de diciembre de 1385, la obligatoriedad de realizarlos se mantuvo en vigor tras la expulsión de los musulmanes del territorio peninsular. En 1495, se emitió una pragmática ratificando la prohibición del uso del garañón porque en el reino, según Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, los ejércitos contaban entre diez y doce mil caballos y en mulas cabalgaban más de cien mil caballeros. Se ordenó que se matasen todas aquellas mulas y mulos que fuesen vistos con la cabezal puesta o montadas, exceptuando a los utilizados como cabalgaduras por el clero y por las mujeres. De ello dieron buen ejemplo los propios soberanos: cabalgando ella en una mula y él en un caballo. La rigidez de las normas se suavizaba cuando éstos eran empleados en el abastecimiento de las ciudades y villas.

 

Cuando la sociedad feudal estaba llegando a su fin, aunque los reyes habían conseguido el monopolio de la guerra todavía reunían a sus caballeros cuando declaraban la guerra. Como ha señalado Lourie, había llegado el ocaso de una sociedad organizada para la guerra, y la nobleza cerraba la entrada a esa institución a los que no pertenecían a ese estamento acentuando con ello el espíritu de casta. A partir de entonces se llegó a exigir al menos cuatro generaciones de nobleza para poder participar en los torneos. Pero si durante la España medieval las actividades económicas como el trabajo en el campo, el comercio o la artesanía no eran bien consideradas porque solían encomendarse a los vencidos, los ávidos de riqueza siguieron escogiendo la carrera de las armas, mientras quedaron en el sur tierras por conquistar. Sabían que el prestigio social antes que para el campesino o el comerciante era para el guerrero. Pero aunque el pensamiento caballeresco en el que se había sustentado esta elite había desaparecido de la península, sus ideales seguirían existiendo casi dos siglos más, manteniéndose en unos esquemas mentales románticos.

 

A partir de ese momento proliferó la contratación de mercenarios, sistema que se inició durante el siglo XIV, favoreciendo la creación de los ejércitos profesionales. El primero fue fundado por el rey Carlos VII en el año 1415, tras la pérdida de miles de sus caballeros en sólo media hora bajo la lluvia de flechas de los nuevos y potentes arcos en la batalla de Agincourt. La utilización de este arma y, sobre todo de la pólvora, inició el declive de la caballería porque ya no se podía confiar en ella como medio para romper las líneas enemigas.

 

La reconquista finalizó con la expulsión de los musulmanes de la ciudad de Granada en 1492. Esta ciudad siempre gozó de una enorme tradición ecuestre y en ella se realizaron abundantes estudios sobre los caballos. En el siglo XIV Abd Al-Rahaman Ibn Hudayl publicó un tratado en el que compendiaba obras de otros autores granadinos anteriores a él. La pericia ecuestre de los musulmanes de esta ciudad era mítica y temida por el ejército cristiano. La continua proliferación y uso de los juegos ecuestres, entrenamientos y carreras de caballos hizo que este pueblo, cuya afición a los caballos la adquirió sobre todo en Andalucía, reuniera amplios conocimientos. Jinetes como Mohamed IV eran admirados por su pericia sobre un caballo y, según Simón de Argote, no existió ninguno que le superase en el dominio del caballo y en el correr que lo hacía incluso “a rienda suelta”.

 

También es importante resaltar la afirmación realizada sobre la existencia en esa ciudad de ocho mil caballos, cuyo número descendió drásticamente tras la reconquista. Contra lo que podría parecer no fue la confiscación por el ejército cristiano el motivo de ese descenso, pues los Reyes Católicos respetaron su propiedad aunque lo hubiesen obtenido de los conquistadores. Tan elevada pérdida se debió a que las personas pertenecientes al grupo social más favorecido económicamente abandonó la ciudad quedando en ella, como dice Andrea Navagero, el “pueblo y gente baja, excepto algunos pocos”. Y a estas personas le resultaba más económica la utilización de los asnos que, como el ganado mular, era más útil en las labores agrícolas y de cargas y tenía un menor mantenimiento. La utilización de este tipo de ganado perduraría pues, siglos más tarde, Theophile Gauthier, en su Viaje por España, relata no sólo como le sorprendió su marcha en reata y sus arreos sino también la forma de como bajaban la nieve de la sierra o servían de transportes a los aguadores.

 

Pero con la toma de Granada no terminó el ansia de conquista pues el descubrimiento de América hizo renacer el espíritu conquistador y caballeresco. De nuevo se comenzó a rechazar la labor ingrata del campesino y del comerciante y se fortalecía la del guerrero con ansias de triunfo. Muchos hijos menores de familias nobles, por el sistema de mayorazgos, se veían obligados a realizar trabajos de poca importancia y mal retribuidos por lo que muchos de ellos emigraron al nuevo mundo en busca de dinero y honores. Este hecho favoreció el resurgir del uso del caballo como medio indispensable para la conquista y el nacimiento de un gran y próspero comercio ganadero en la isla La Española (Santo Domingo). Tan altos eran los precios que alcanzaron los équidos en América que la corona tuvo que prohibir su extracción a fin de evitar la iniciada decadencia de la cabaña equina andaluza. Pero, la corona que se dio cuenta del gran negocio que suponía el traslado y comercio de caballos al recién descubierto continente, creó un monopolio real que duraría casi un siglo.

LOS CABALLOS EN LA ÉPOCA ROMANA

Se puede destacar una nueva entrada de caballos libios de manos de Almílcar  que, procedente de Cartago junto a su yerno Asdrúbal y su hijo Aníbal, llegó a Hispania en el año 237 a.C. Los caballos importados durante su mandato se cifran en más de 20.000 ejemplares que, junto a los 12.000 que entraron con Aníbal cuando preparaba la segunda guerra púnica, comenzaron a incidir en la cría caballar española, especialmente en la región andaluza.

 

Los jinetes hispanos formados por celtas, celtíberos e iberos, que se aliaron a Aníbal una vez proclamado jefe supremo del ejército cartaginés, ya eran buenos jinetes y se convirtieron en el azote de las legiones romanas. Estos luchaban sobre los caballos al galope hostigando al enemigo de forma rápida con continuos ataques cortos y retrocesos. También era usual que los caballos fueran entrenados en el paso “portante”, conocido posteriormente como “ambladura”. Este movimiento consistía en adelantar simultáneamente la mano y el pie del mismo lado, descrito por Plinio en su “Naturalis Historia” como “un trote suave que el caballo logra alargando alternativamente las patas”. En el mundo moderno este movimiento fue característico de algunos tipos de caballos del norte de la península y, como veremos, de la desaparecida raza "haca".

 

Cuando Roma inició su expansión por la península italiana no poseía caballería por lo que sus legiones estaban compuesta por lo que hoy conocemos como infantes. Tuvo que sufrir la invasión del pueblo galo (390 a.C.) para darse cuenta de su importancia y de la movilidad que los caballos otorgaban a sus legiones. Aunque muy lentamente, el uso del caballo se hizo más usual en el ejército romano que, a partir de ese momento, lo llevó a todas aquellas zonas que dominaron. Pero Roma, ante la falta de caballos en Italia, solía delegar su caballería a tribus bárbaras, escitas, sármatas y godos. Incluso cuando al final de su imperio se vio en peligro por los continuos ataques de las tribus germánicas acudió a la ayuda de las caballerías de las tribus indígenas romanizadas para su defensa, que estaban en el “limes” (zona de vigilancia y frontera). El movimiento de estos ejércitos favoreció la dispersión de los équidos incluso entre los continentes (Europa, Asia y África). El rey Pirro de Grecia introdujo caballos tras el desembarco en Italia para ayudar a los tarentinas de la hostigación de los romanos, y estos los llevaron al norte de África cuando invadieron Cartago, con un ejército compuesto por 15.000 infantes y 500 jinetes cuyos caballos, tras la derrota que soportaron, permanecieron en el continente africano. Los trasvases eran continuos tanto entre países enemigos, por causa de las guerras, como entre amigos por el comercio que cada día era más amplio en toda la zona mediterránea.

 

Según algunos historiadores romanos de la época, Aníbal sólo tuvo tres caballos, dos machos de nombres “Iberus” y “Strategos”, de capa negra y gran alzada, con el que cruzó los Alpes, y una yegua denominada “Iris”. Con “Iberus”, luchó y venció en la batalla de Sagunto; posteriormente murió junto al río Ródano en un enfrentamiento con los galos. De la yegua “Iris”, como se sabe, fue un regalo de Filipo V de Macedonia.

 

El hostigamiento que provocó Aníbal a los romanos propició el traslado del conflicto bélico a la península ibérica en el año 210 a.C. En esa pugna los cartagineses fueron derrotados por Publio Cornelio Escipión el Africano, en el año 205 a.C., que consiguió la ayuda de jinetes nativos. Pero los romanos, aún cuando ya comenzaban a utilizar la caballería en sus legiones, tardaron dos siglos en dominar toda la península, aunque algunas zonas prefirieron entablar alianzas antes de entrar en conflicto con el imperio romano. Entre ellas podemos destacar a Cádiz, a la que llegó César en calidad de Cuestor Romano en el año 69 a.C.

 

En el siglo I nació en Cádiz Lucio Junio Moderato Columella, considerado uno de los hombres más cultos de su tiempo, autor de los doce libros “De Rústica”. El Libro IV lo dedicó al ganado caballar desarrollando remedios curativos para diversas enfermedades, lesiones, así como distintas formas de intervención quirúrgica. Aún hoy se siguen curando algunas anomalías en los équidos de manera similar a sus recomendaciones. Este período de paz favoreció el inicio de la cría caballar en Andalucía, aunque los caballos hispanos más demandados por Roma eran los de la vertiente cantábrica, que se denominaban según el lugar de procedencia como asturcones, gallegos, etc... Un interesante testimonio posterior, aparecido en una lápida romana encontrada en Asturias, confirma también este hecho. Consagrada por Tullins Máximus, Jefe de la Legión Íbera, a la Virgen Diana, describe en ella el cerco realizado a un terreno para cazar “cabras, ciervos, jabalíes y los caballos bravos, destinados a las carreras”.

 

Desde entonces no se concebía en Roma que un caballero ignorase los principios fundamentales de la equitación. Pero, a pesar de dar la importancia a los aires naturales de los caballos se desconocía cómo conseguir que los realizaran con los jinetes sobre ellos. Aunque carentes de perfección, realizaron algunos como el  “tripudium”, conocido actualmente como piaffe, y el “cantherius”, para nosotros galope corto. Para el paso preferían el sistema de ambladura denominado “amblad”, usual en la antigüedad, y rechazaban el trote, conocido como “tormentor”, por la dificultad que suponía su realización sin estribos. Los caballos estaban clasificados en Roma según su utilidad; así, el “equus publicus”, propiedad del Estado, se cedía a los censores; el “equus adversarius”, se utilizaba para los caminos en recorridos largos; los “equis celeses”, se dedicaban a las carreras; los “equi cursuales”, se utilizaban en las postas; y los “equi lignei” denominación dada a los caballos de madera en los que los jóvenes se ejercitaban en lo que hoy conocemos como volteo.

 

Posteriormente, se asentaron en Andalucía los vándalos, pueblo que fue derrotado poco tiempo después por los visigodos (siglo V). La catástrofe de Vouillé (507), que supuso la destrucción del núcleo del reino visigodo situado en Aquitania, trasladó el centro de gravedad de este pueblo a la península ibérica. Durante este período se produjo la llegada también de bizantinos a Málaga y a la Bética, más concretamente a la zona de Medina Sidonia (Cádiz), fomentando la cría caballar y del ganado mular hasta que en el siglo VI, durante el reinado de Leovigildo, fueron expulsados. Este rey extendió sus dominios en el año 572 apoderándose de Córdoba. Dominando ya la península ibérica, los visigodos cuidaron de mantener los logros de la civilización romana y fomentaron la cría caballar, pues sus tácticas militares se basaban principalmente en el uso del caballo. Su reinado acabó tras la batalla de Guadalete, en el año 711, en la que fueron derrotados por los musulmanes que iniciaron así su expansión por la península ibérica.

 

La cultura árabe en el mundo ecuestre medieval

 

Todas la fuentes hacen pensar que el pueblo árabe tardó tiempo en comprender la importancia del caballo como medio bélico. Tradicionalmente había utilizado el dromedario debido a la aridez del medio y los conocimientos que manejaban. Sin embargo, Mahoma tomó conciencia de la superioridad que proporcionaba en la batalla y ante su escaso número, fomentó la cría de caballos en todos los territorios que iba invadiendo. Pero la gran aportación que realizó a la difusión del caballo no fue su labor como criador sino la inclusión de su fomento y cría en el Corán; gracias a ello consiguió que la cría caballar formara parte de las enseñanzas religiosas fijando él mismo, las normas de su cuido. Fallecido, sus sucesores iniciaron la predicación y la expansión por Bizancio, Siria, Palestina, Egipto, Irán, Irak y todo el norte africano fomentando en ese proceso la cría de caballos. En esta zona convivieron con beréberes, libios, mauritanos, entre otros, para finalmente, tras varias incursiones beréberes y con la ayuda de algunos hispanos, que no aceptaban al rey Don Rodrigo, pasar a la península ibérica.

 

La fuerza invasora de Hispania compuesta por siete mil musulmanes, con Tarik al frente, desembarcó en las playas del campo de Gibraltar derrotando a D. Rodrigo en la batalla de Guadalete, el 19 de julio de ese mismo año. Esta victoria permitió a los musulmanes avanzar de forma rápida sobre Andalucía, de manera que en octubre de ese mismo año caía la ciudad de Córdoba y Toledo, capital del reino visigodo que se rindió sin resistencia, mientras que otras ciudades como Granada y Málaga también se entregaban. Al año siguiente, ante el espectacular avance musulmán, Musa, jefe de Tarik, decidió sumarse a la invasión y cruzó el Estrecho con un gran ejército. Parece probable que éste se planteara la expedición para asegurar la ruta entre Toledo y el Estrecho. Los hechos se desarrollaron mejor de lo que podía esperar pues las ciudades de Medina Sidonia, Carmona y Sevilla le abrieron las puertas sin lucha. Esta rendición se atribuye a que los partidarios de D. Rodrigo habían huido y predominaban los de Witiza o posiblemente la facilitaron los hispano-romanos que recibían a los musulmanes como a un pueblo vecino mediterráneo, civilizado y, en cierto modo, como libertadores.

 

En el año 722, dominado el territorio peninsular, el general musulmán Munuza, gobernador de Oviedo, marchó contra los astures sublevados con Pelayo al frente, con un ejército que fue sorprendido y derrotado por poco más de trescientos hombres en el angosto paraje de Covadonga. Derrota que los musulmanes no le dieron importancia porque siguieron la conquista de las Galias hasta que Carlos Martel les infringió un duro revés en el año 732, marcando un punto de inflexión en su avance. A partir de ese momento se constituyó en las montañas cantábricas el primer núcleo político de resistencia al Islam que nacía en la Península. Este gran movimiento se apoyaba en dos presupuestos ideológicos: la restauración del reino Visigodo y la idea de cruzada gestada en la Europa medieval que hizo que la caballería, entendida con tal, mostrase durante el inicio de la reconquista sus más altos valores. A partir de ese momento la Iglesia distinguió entre guerras justas e injustas. Justas eran aquellas que defendían a los no armados: mujeres, niños, desvalidos y, como no, a ella misma. Más tarde las utilizó para sus fines con la promesa de perdonar los pecados a aquellos caballeros que habían hecho un uso indebido de las armas. Penitencia que también cambió con el paso de los años pues ya no consistiría en ir de peregrinación, sin armas, a Jerusalén sino todo lo contrario: utilizarlas contra los sarracenos en defensa de la Iglesia, alcanzando su grado más significativo durante la reconquista de la península ibérica. Las cruzadas favorecieron la creación de las órdenes militares que se fueron incrementando en número al pasar el tiempo y asimilando el sentir religioso de la Iglesia.

 

A los primeros invasores le siguieron otros de distintos pueblos que aportaron nuevos tipos de caballos a Andalucía. Hasta que Abd-Al-Rahman instauró el Emirato Independiente en el año 756, que gobernaría hasta el 1031, la llegada de tribus no cesó por lo que el trasvase de équidos entre los dos continentes fue una constante pero en número muy inferior al manejado por algunos autores que los cifran en 300.000 ejemplares. Pero también es cierto que hasta ese momento los caballos existentes en Andalucía no eran tan numerosos ni tan reconocidos como algunos autores afirman y menos aún que pertenecieran a una raza concreta con características uniformes. Precisamente, Albar Machmira escribió que: “en este tiempo los caballos eran muy escasos en España, y aún los jefes de más distinción montaban mulas”. El propio Abd-Al-Rahman lo confirmaba al describir su viaje de regreso a Córdoba en julio de 757, acompañado de Somail: “Desde Elvira hasta Córdoba ni la cabeza de su mula se adelantó a la de la mía...”.

 

En el año 773 estableció el emirato de Córdoba independizándose política y administrativamente del Islam aunque mantuvo la unidad espiritual y moral. A partir de ese momento los árabes fomentaron la cría caballar al ver la necesidad de que su ejército poseyera la suficiente caballería como para proteger y asegurar los territorios ocupados. También intervinieron motivos más profundos en el pueblo árabe para fomentar la cría de caballos como eran los expuestos por Mahoma en el Corán. Que el trasfondo coránico ensalza su cría es evidente ya que fomenta el uso del caballo como medio de sometimiento del enemigo. Tan importante llegó a ser el caballo en la Guerra Santa que un tratado de jurisprudencia, muy extendido en ese período en el Al-Andalus, señalaba que en el reparto de los botines “el caballo recibirá dos porciones y el jinete una”. El resultado de todo esto fue que en el año 863, por necesidades militares, sólo de tres villas andaluzas ya se pudo reunir 2.900 jinetes (de Cabra 1.800, de Priego 700 y de Fahs-al-Ballut 400).

 

En el 912, ascendía al trono Abd-Al-Rahman III cuando ya la decadencia política del emirato era un hecho. Intentando acabar con las sublevaciones y conflictos se proclamó califa dando paso al Califato de Córdoba. Ese año declaró la independencia religiosa del califato abasida de Damasco, que tenía un propósito doble: por un lado consolidar la oposición de los Omeyas; y, por otro, asegurar las rutas marítimas para el comercio en el Mediterráneo, garantizando las relaciones económicas con Bizancio. Veinticuatro años más tarde comenzó la construcción del palacio de Medina Azahara ubicando en él la gestión administrativa del califato. Curiosamente, este palacio se encuentra dentro de los límites de la dehesa de Córdoba la Vieja en la que, como veremos, se iniciaría el proyecto por el que, a partir del año 1567, siguiendo la orden del rey Felipe II, se lograría el caballo Pura Raza Español. Sólo a dos kilómetros de distancia, en la finca conocida como la Almiriya, Almánzor tuvo su palacio de descanso en el que todavía se puede apreciar parte de las cuadras excavadas en la roca.

 

Fue a partir de la llegada al trono de Alhaquem II, hijo de Abd-Al-Rahman III, cuando Córdoba se convirtió en el centro cultural de Occidente. Como es sabido, tras la caída del Imperio romano, la cultura grecorromana no se perdió gracias a la labor de traducción, asimilación y elaboración que llevó a cabo el pueblo árabe. Se trata de un proceso cultural considerado como uno de los acontecimientos de mayor interés en la historia de la ciencia que, como no podía ser de otro modo, incidió directamente en la cría caballar. La tarea intelectual realizada por el pueblo árabe permitió que obras fundamentales sobre filosofía, matemáticas, arquitectura, medicina, cartografía, agricultura o sobre ganadería fueran rescatadas de la antigua cultura griega. Este acervo multicultural, enriquecido por el pensamiento de filósofos y médicos como AlKindi, AlFarabí, Ibn Sina (Avicena), y, sobre todo, el cordobés Ibn Rushd (1126-1198), conocido como Averroes, redactor de los comentarios sobre Aristóteles, fue transmitido a la España musulmana. En Córdoba el espíritu cultural importado de Oriente fue acrecentado y traducido en el seno de círculos culturales integrados por musulmanes, judíos y cristianos, de modo que esta ciudad pasaría a ser la heredera científica y cultural de Bagdad con lo que se pusieron los cimientos culturales que sirvieron de base para que Córdoba, cuatro siglos más tarde, se convirtiera en el centro mundial de la cría caballar.

 

Durante este período, en Andalucía se diferenciaban los caballos en nativos e importados. Los nativos eran conocidos como de “raza” y los importados recibían el nombre de Idwi, (de la otra orilla), o berberiscos. Del mismo modo que ha pasado con el caballo español, se ha atribuido erróneamente a estos caballos la pertenencia a una raza concreta. Sin embargo, la denominación de berberiscos la recibían todos los caballos que procedieran de África aunque fueran de tipos diferentes. Esos caballos, al igual que los del sur de la península ibérica, mostraban una morfología muy diversa por la propia variabilidad genética de la especie y los cruces que se realizaban. Precisamente, Idn Hayyan, en los Anales de Al-Hakam, expuso los que se realizaron en Córdoba con distintos tipos de caballos, durante el reinado de Abd-Al-Rahman III. Relata que los caballos que llegaban a Córdoba eran cruzados con los de menos calidad a fin de mejorar las castas “para fortalecimiento e incremento, aumentó el prestigio y respeto de los reyes vecinos”. Según lo que expuso, uno de los motivos que atrajo a muchos caballeros y jinetes beréberes a ayudar a este califa en la guerra fue la posibilidad de criar caballos en las dehesas de Guadalbarbo (wadi-baebar), en terrenos de Villafranca de Córdoba. Fue en estas mismas tierras, seis siglos más tarde como veremos, donde pastarían las yeguas del emperador Carlos V y de Felipe II.

 

El sur del Al-Andalus se convirtió en un centro de reproducción equina gracias a la intervención de elementos como la climatología, la capitalidad de Córdoba, en la que se centró una importante zona ganadera, o los pastos de las tierras no roturadas, porque no eran muy recomendables para la siembra de trigo por su escaso rendimiento. Otro factor que incidió singularmente fue el alto nivel de conocimientos que alcanzó la cultura ecuestre, consecuencia del proceso cultural relatado. Ibn Hodeil, basándose en “El libro del natural de los animales”, de Aristóteles (384-322 a.C) lo mostraba al relatar las bases de la equitación:

 

“La buena equitación, el arte ecuestre en suma, consiste únicamente en un buen asiento, en la fijeza del mismo, en la misma longitud de riendas, en la simetría de las espuelas y en su empleo juicioso; es decir, con la intensidad querida cuando la necesidad se haga sentir. El buen equilibrio entre el tren anterior y el posterior es lo que más debe preocupar en todas las circunstancias”.

 

Pero, en el Al-Andalus el uso del ganado mular estaba todavía muy arraigado, por la comodidad de estos animales para los viajes, costumbre heredada de la sociedad romana. Ibn Hawqual, viajero que visitó Córdoba a mediados del siglo X, escribía que en la Hispania musulmana se habían especializado tanto en mulos de alto valor “que éstos son objeto de curiosas rivalidades para ver quién poseía más”.

 

Esta es la etapa política de mayor esplendor en la península Ibérica durante la presencia islámica, a pesar de su corta duración, al decaer hacia el año 1010. Oficialmente, el califato continuó existiendo hasta el 1031, año en el que fue abolido fragmentándose en los reinos de Taifas que aparecieron como consecuencia de la guerra civil provocada por los partidarios del último califa legítimo, Hixam II, y los sucesores de su primer ministro, Almanzor.

 

 En el año 1085, Alfonso VI consiguió la capitulación de Toledo, suceso crucial en la historia hispana del medievo y no sólo porque fue capital del reino visigodo sino porque se continuaba el trabajo de traducción iniciado por los árabes. La toma de esta ciudad, que estuvo islamizada 370 años, trajo hasta ella a mozárabes, francos y castellanos, componentes del ejército vencedor, que, a partir de ese momento, convivirían con los judíos y árabes que poblaban la ciudad. A su llegada, el bando cristiano encontró bibliotecas con miles de obras desconocidas para ellos cuyo legado, y la gran cantidad de castellanos que también emigraron hacia esa ciudad, creó un caldo de cultivo que derivó en un extraordinario movimiento cultural. En ese contexto social se creó a mediados del siglo XII la Escuela de Traductores. En ella trabajaron conjuntamente un grupo de estudiosos cristianos, judíos y musulmanes en la traducción de las obras de la cultura árabe y de la antigüedad, trasmitiéndolas así al resto de la Europa medieval. La llegada de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII supuso un nuevo impulso para esta escuela que recopiló un gran caudal de conocimientos cuyas traducciones se hacían al latín y al romance en ocasiones. El conocimiento de este hecho es trascendental para comprender la realidad cultural e histórica española así como el conocimiento ecuestre y cría caballar que se aglutinaría en Andalucía tras esa fusión de culturas.

 

Las sucesivas invasiones provenientes desde el norte de África, como la de los almorávides (1090-1102), las de los almohades (1145–1146) y las de los benimerines (1224), a la vez que introdujeron más ganado caballar, produjeron un debilitamiento progresivo de los reinos lo que provocó que, a mediados del siglo XIII, Al-Ándalus quedará reducido al reino nazarí de Granada.

LA CABALLERÍA MEDIEVAL

 El hombre, como señalamos, domesticó al caballo durante el Neolítico y 4000 a.C. los chinos ya hacían incursiones utilizándolos como medio de transporte por la zona del Mar Caspio. Sin embargo, ello no nos permite hablar de la existencia de una caballería tal y como la conocemos hoy. Aunque algunos autores han señalado su inicio el día en el que el hombre se subió por primera vez sobre un caballo la realidad es distinta. Tuvieron que pasar siglos hasta que se elaboraron los contenidos relacionados con la doma y se confeccionaron los útiles como estribos, sillas, espuelas, riendas, etc… de los que se servirían los jinetes, para poder combatir sobre un caballo de una forma segura y efectiva. Además, se tendrían que modificar las armas, que habían evolucionado para los peones, así como las tácticas guerreras y la mentalidad para ver a la caballería como un medio bélico eficaz y no como una simple ayuda en el inicio de los combates. Cuando en el año 732 Carlos Martel frena en Poitiers el avance sarraceno debe ese éxito a la infantería en la que se estrellaron las oleadas de musulmanes. Durante siglos, los caballos sólo fueron utilizados como medio de desplazamiento y con el fin de llegar al combate en las mejores condiciones físicas y estratégica pues los jinetes, una vez llegado al campo de batalla, se apeaban y combatían en el suelo. Posteriormente se popularizó el sistema de cabalgar dos jinetes sobre la misma cabalgadura: uno la dirigía mientras el otro combatía. De esa forma, cuando se apeaba el combatiente el otro se mantenía sobre el caballo a fin de favorecer la huida de ambos en caso de que fuera necesario.

 

 El carácter religioso que la Iglesia otorgó a la expulsión de los musulmanes de la península ibérica favoreció el reconocimiento social de los caballeros en las zonas reconquistadas. El espíritu religioso de su misión -salvar al cristianismo- y la pertenencia a la nobleza de los mismos impregnaron la mentalidad de los campesinos de la Edad Media. Los trovadores vieron en el relato de sus hazañas un medio de obtener beneficios exaltando unas virtudes que, casi siempre, eran sobrevaloradas y en la mayoría de las ocasiones imaginadas. Esta simbiosis -caballero andante y trovador- elevaría la leyenda de los primeros al rango de mito propiciando que la fantasía, una vez más, distorsionara los hechos históricos.

 

 El término caballero en las lenguas vernáculas del siglo XII evoca al guerrero y no sugiere un alto rango social como se cree. Lo mismo ocurre en el antiguo término alemán Ritter. En Inglaterra se definió como knight, derivado de la palabra cniht, que designaba más a un peón armado que a un noble. Y, en provenzal, en español la palabra caballero se aplica también al guerrero pero elevando su significado al combatiente de elite a caballo. En su inicio, el vocablo caballero no evocó ningún significado que no fuera el de servicio armado pero, posteriormente, se idealizaría su cometido alcanzando fines casi míticos aunque, como dijo, S. Painter, una caballería mítica no fue más que un “dulce sueño”.

 

El concepto de caballería que conocemos hoy se pudo originar desde que el binomio jinete-caballo se empezó a utilizar como fuerza principal en los combates. Con anterioridad, como se ha señalado, sólo fue una simple ayuda de la infantería ocupando puestos laterales al iniciarse el enfrentamiento. Uno de los primeros sistemas de combate que utilizó la caballería, que sólo fue eficaz al enfrentarse a un enemigo que fuera también a caballo, sería el de choque: los caballeros, cubiertos con las armaduras, galopaban contra el enemigo atravesándolo con sus lanzas y después, una vez inutilizada ese arma, bajaban del caballo para combatir desde el suelo con sus espadas. Este sistema de lucha impuesto por los reyes tenía dos peculiaridades intencionadas: la primera, que al apearse los caballeros daban ánimos a los peones para seguir en la lucha, y la segunda, que dificultaba la propia huida del caballero en el supuesto de ver en peligro su seguridad. Esta forma de combatir, en la que el caballero y caballo iban blindados, marcó intensamente las diferencias sociales durante ese período histórico ya que el elevado precio de los caballos se sumaba al hecho de llevar una protección metálica. Las armaduras, que, quizás, evolucionaron aún más que las armas, eran signos externos deseados por los plebeyos pero que sólo se la podían permitir los que poseían un alto poder adquisitivo pues su precio alcanzaba el valor de dos o tres caballos. Y aunque la coraza no hacía invencible al caballero sí le otorgaba cierta seguridad porque le permitía combatir con alguna ventaja en la batalla. Además, aunque fueran minoritarios los caballeros en el ejército, y los que menos baja acusaban en los combates, eran ellos los que recibían los honores de las victorias que, de forma generalizada, se convirtieron en tributo exclusivo de la aristocracia y de la incipiente burguesía adinerada.

Pero no sólo nos ha llegado distorsionada la función de la caballería en el campo de batalla, también se ha mitificado la ética caballeresca. Las crónicas, escritas habitualmente por el bando ganador, transmitieron una imagen distorsionada de la realidad. También ha favorecido la expansión y proliferación de esos errores históricos las novelas caballerescas y las películas, más o menos históricas, en las que se ha buscado fundamentalmente atraer la atención del espectador o del lector, a través de los sentimientos y las emociones. Esta mitificación también alcanzó al acto de investidura de los caballeros pues el simple hecho de la entrega de armas, a los que entraban bajo las órdenes de un señor, se ha transmitido cargado de connotaciones éticas y religiosas. El origen de este acto no está relacionado con el ingreso en la caballería sino que, como ha afirmado Jean Flori, guarda relación con la coronación de los reyes francos de Occidente, que pudo tener su inicio a finales del siglo IX, hecho previo a la creación de lo que hoy conocemos como caballería. Fue un siglo más tarde cuando, tras una profunda evolución, aparecerá la investidura transformada en un acto destinado casi en exclusiva a los caballeros. El objetivo era sencillamente oficializar sus acciones en la guerra distinguiéndolos del simple bandido, en absoluto se trataba de reconocer o elevar su nivel social. La Iglesia, que en principio negó el carácter religioso del acto, no dudó en solicitar ayuda a caballerías bárbaras cuando se sintió amenazada. Además, desde el siglo X tomó conciencia de la importancia que había tomado la caballería, viendo en el sentir caballeresco un medio para paliar en lo posible los desmanes en las guerras (muertes, violaciones, mutilaciones, etc...) que en no pocas ocasiones se volvían contra ella. Interfirió en el acto de la investidura instituyendo en la clase guerrera los mismos rituales religiosos que tan buen resultado le había dado con los reyes y que con el paso del tiempo se haría innecesario al heredarse la nobleza. Pasó de ser un hecho casi institucional de la realeza a convertirse en un simple acto protocolario de algunos hijos de nobles. También, en caso de necesidad, la dispensa real permitía investir a un plebeyo. Hecho que ocurría con cierta frecuencia pues los reyes, ante una posible confrontación bélica, olvidaban las normas protocolarias a fin de disponer de más guerreros. A veces, este honor pasaría también a otorgarse tras las batallas como medio de recompensar la fidelidad y el buen hacer guerrero.

 

A partir de ese momento la Iglesia distinguió entre guerras justas e injustas. Justas eran aquellas que defendían a los no armados: mujeres, niños, desvalidos y, como no, a ella misma. Más tarde las utilizó para sus fines con la promesa de perdonar los pecados a aquellos caballeros que habían hecho un uso indebido de las armas. Penitencia que también cambió con el paso de los años pues ya no consistiría en ir de peregrinación, sin armas, a Jerusalén sino todo lo contrario: utilizarlas contra los sarracenos en defensa de la Iglesia, alcanzando su grado más significativo durante la reconquista de la península ibérica. Y fue en ésta donde se enfrentarían dos formas distintas de combate a caballo que, a su vez, mostraba dos modalidades de doma: las conocida como “jineta” y “brida”.

 

El Diccionario de la Academia de la Lengua en su primera edición de 1737 define que “jineta” es: “Cierto modo de andar a caballo, recogidas las piernas en los estribos al modo de los africanos”. Mientras que “brida” “es ir a caballo en silla de borrenes con los estribos largos”. Estas definiciones, repetidas en las sucesivas ediciones de este Diccionario, diferenciaba ambas modalidades sólo por el largo de las aciones de los estribos. Sin embargo, es posible que en la redacción de las mismas intervinieran personas poco relacionadas con la equitación porque el largo de las aciones no era exclusivo de uno u otro sistema. La diferencia entre ambas radicaba también en otros elementos como el uso del cabezón, tipos de sillas, de frenos, espuelas, etc... Realmente, estas denominaciones, más que diferenciar dos tipos de domas, representaban dos formas de ir a caballo y de combatir que, curiosamente, derivarían, siglos después, en dos variantes de doma conocidas en la actualidad como Vaquera y Alta Escuela Española. La primera, basada en la “jineta”, es utilizada en los trabajos del campo con el toro bravo; recientemente ha sido modificada y reglamentada a fin de hacerla efectiva y atractiva como medio de competición y espectáculo. La segunda, la Alta Escuela Española, basada en la “brida”, fundamentada en los estudios de los clásicos griegos de quienes destacamos a Jenofonte, uno de los mayores pensadores sobre el arte ecuestre, proliferó durante el renacimiento y cuya difusión sería una de las principales causas por la que el rey Felipe II, como veremos, iniciaría el 28 de noviembre de 1567 el proyecto por el que se conseguiría el caballo Pura Raza Español.

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 EL CONOCIMIENTO DEL VERDADERO ORIGEN DEL CABALLO ESPAÑOL HA DESMITIFICADO AL INEXISTENTE CABALLO CARTUJANO

Infundada y repetida teoría sobre el origen del caballo español

Durante muchos años ha existido la generalizada creencia de que el caballo español es fruto de la evolución natural. Quizás se haya debido a la numerosa bibliografía en la que, confundiendo raza con especie, se expone que la morfología de nuestro caballo es consecuencia de su adaptación al medio geográfico andaluz. De esta forma se le otorgo un origen casi prehistórico apoyado, posiblemente, en la metáfora neodarwinista de la intencionalidad y la "sabiduría" de la naturaleza, cuya consecuencia es que todo cuanto ella realiza es perfecto1. En esta dirección se han basado todos los estudios realizados sobre el origen del caballo español desde algunos departamentos de la universidad española. Asimismo, algunos autores basados en esta teoría, con más cariño que conocimiento histórico, han querido otorgarle al pura raza español más antigüedad de la que tiene en realidad creando para ello a la inexistente y mítificada "raza del caballo ibérico". Esta teoría ha conducido incluso a que algunos autores defendieran que el caballo español ya existía en la prehistoria con las mismas características morfológicas que presenta en la actualidad. La consecuencia de esta lectura es la afirmación, como se ha realizado por parte de numerosos autores, de que el caballo español tiene un cuello elevado porque lo ha tenido que levantar una y otra vez sobre el mar de hierbas altas que hay en Andalucía, para evitar las embestidas de los toros bravos; pero, a la vez, incomprensiblemente, afirman que sus belfos deben ser muy prensiles porque en esta región geográfica hay largos períodos de sequía y no crece la hierba. Que su dorso debe ser corto por convivir con el toro puesto que, según dicen, ello le facilitaría evitar sus embestidas; que sus elevados movimientos son consecuencia de haberse criado en las marismas, cuyo barro le obligaba a levantar las manos para poder andar; que la abundancia de crines y cerdas en la cola se deben a la abundancia de insectos que hay en Andalucía e, incluso, se ha llegado a afirmar que el color negro de sus ojos y la capa torda (blanca) son para protegerse del sol andaluz.

 

Génesis del pura raza español

La elaboración de tal interpretación de la morfología del caballo español puede estar relacionada con el hecho de que mientras la ciencia ha avanzado a pasos agigantados en el conocimiento de los genes o en el diseño de animales clónicos, hemos ignorado, hasta hoy, todo lo acontecido sobre esta raza de caballos, la del pura raza español, que Felipe II mandó hacer en la segunda mitad del siglo XVI en la ciudad de Córdoba. Y sobre este hecho se da la circunstancia de que, siendo uno de sus más queridos proyectos y el más difundido internacionalmente, hoy, tras más de cuatro siglos, es su obra menos conocida.

De la misma forma que Louis Dobermann a través de cruces de distintas razas, entre 1834 y 1894, obtuvo el perro Doberman2, o que Heinrich Essig consiguió por el mismo sistema, a partir de 1840, la raza Leonberger tomando como modelo el dibujo de un perro inexistente en la realidad, que aparecía en el escudo de su ciudad3, Felipe II mandó crear en 1567 al caballo español cruzando para ello los innumerables tipos de caballos existentes, entonces, en Andalucía4. La cabaña equina andaluza en ese periodo histórico era muy variada como consecuencia de la propia selección llevada a cabo en el pasado para obtener caballos para fines determinados, del aislamiento entre zonas, por las invasiones sufridas y, principalmente, por no haberse puesto en marcha con anterioridad un programa que hubiese uniformado los distintos tipos de caballos que se criaron en la península. Entre los que podemos destacar: hacas, hacaneas, frisones, cuartagos, trotones, asturcones, pottokas, gallegos, etc... La variedad de pueblos que invadieron, o con los que comerció, lo que hoy es Andalucía (íberos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos y árabes) induce a pensar que los caballos criados en esa tierra difícilmente se hubieran podido mantener intactos en sus formas con el paso de los años y de los gustos y necesidades de cada uno de estos pueblos y culturas.

Hubo un hecho social importante que, años más tarde, favorecería indirectamente el nacimiento del caballo español. El cambio que el emperador Carlos V introdujo en la vida palatina española en 1548: la etiqueta castellana cedió el paso a otra más compleja y fastuosa, la borgoñona. Con ella crecería tan desmesuradamente el número de personas al servicio de la corona y de la nobleza que resultaba imposible que siguiera existiendo, como hasta ese momento, la Corte trashumante. A partir de 1561, Felipe II fijó su residencia en España, cambiando el sistema de funcionamiento que había llevado su padre; no acudiría allí donde fuese requerido por gobierno o batalla, sino que instalaría la Corte en Madrid5.

Habían acabado las grandes guerras y la nobleza sufrió un proceso de conversión, desde la medieval -guerrera- a la renancentista -palaciega-; ésta encontraría en la Corte de Felipe II un ambiente de fiestas y espectáculos propicios para sus aspiraciones6. Fue por lo tanto un período en el que se crearon nuevos juegos ecuestres y se realizaron los ya existentes con cierta frecuencia.

El auge de estas distracciones se debió, entre otros motivos, a la normativización que, desde la medicina, se hizo de todos aquellos aspectos de la vida que era necesario regular para mantener la salud7. Así, para el grupo privilegiado de la sociedad -nobleza y parte del clero- y para la burguesía adinerada, se aconsejaba la realización de una serie de ejercicios para llevar una vida sana. Se pensaba que la realización de un ejercicio concreto durante un periodo de tiempo determinaba la incorporación de éste a la naturaleza de la persona que lo realizara. De esta forma, las usuales actividades guerreras de la nobleza medieval se convirtieron en ejercicios saludables para la renacentista. La normativa médica aconsejaría su práctica cotidiana como medio de evitar la enfermedad. Estos ejercicios debían comenzar desde la adolescencia para, así, crear un hábito que se convirtiera en costumbre una vez se llegara a la juventud8. Así, los ejercicios habituales que realizaban los nobles en la guerra como montar a caballo, luchas con espadas, arcos y lanzas, formas de ataques, etc. fueron sustituidos en este periodo de paz por las exhibiciones ecuestres, juegos de cañas, tirar con arco, hacer esgrima, subir y bajar escaleras o el más importante, montar a caballo9, por ser considerado ejercicio de hidalgos10.

Es en este contexto histórico en el que se ha de situar el proceso de génesis del pura raza español, en el que existió un periodo primordial -el comprendido entre 1567 y el primer tercio del siglo XVII-, en el que fueron decisivos los cincuenta primeros años para la consecución de la raza11.

La gran afición que surgió a los juegos ecuestres que se realizaban en las plazas públicas y los espectaculares aires de la alta escuela como passage, piaffé, cabriolas, posadas, etc., que se perfeccionaban en los picaderos reales hizo que se convirtieran en distracción favorita de la realeza y nobleza del momento. Y para realizar tales actividades necesitaban un caballo que pudiera realizar estos movimientos con la belleza y espectacularidad que se requería y que, lógicamente, era distinto al existente en el medievo, pesado y carente de belleza, ya que había sido demandado para un jinete cargado de armadura y con el único fin de utilizarlo como medio de locomoción y transporte. Ahora se trataba de crear un caballo con unas determinadas características síquicas y morfológicas determinadas. Características que ya eran defendidas como perfectas para los caballos por los clásicos griegos como Simón de Atenas, Jenofonte, etc... y, posteriormente, por Columella, San Isidoro de Sevilla,etc.... La morfología de este inexistente caballo, al igual que en occidente, fue reproducida en diferentes periodos y puntos geográficos por pintores y escultores de países tan remotos y distintos como los de China, Siria, Egipto, Japón, etc. Por lo representativo y la belleza de las representaciones podemos destacar los bajorrelieves esculpidos en la roca de la tumba de Nacqsh-i-Rustam, cerca de Persépolis; en la pareja de caballos alados - en terracota- del (s. IV a.C.)12 del templo de Ara della Regine; en la escultura de cerámica funeraria del Museo Real de Bruselas, de feldespato, del periodo T'ang (618-907); en el rollo de papel sobre seda de la gruta de Toven Houang del siglo VIII13; en la estatua de caballo en terracota encontrada en la tumba del general Zhang Shigui, en el distrito de Liquan, perteneciente a la dinastía T`ang14; en el ladrillo de terracota con un carruaje en marcha, perteneciente a la dinastía Han del este (206 a.C. - 220 d.C.)15. En el tanka del rey Ge Saer, perteneciente a la dinastía T'in (221-206 a.C.)16; en la pintura a color sobre seda de Zhang Xuan de la época T`ang17. Estas representaciones presentan caballos idealizados de similares característica morfológicas comunes como: cabeza pequeña, cuello arqueado, grupas redondeadas, movimientos elevados pobladas crines y abundantes cerdas en las colas que, precisamente, sirvieron de modelo al caballerizo real Diego López de Haro para obtener mediante cruces el prototipo de la raza española.

Para ello, Felipe II, el 28 de noviembre de ese mismo año, emitió una Real Cédula dirigida a su corregidor en Córdoba Francisco Zapata y de Cisneros en la que determinaba fundar, en esa ciudad andaluza, una nueva raza de caballos:

"Os mando que entreguéis a Francisco Sánchez de Toledo, mi pagador de la caballeriza cuatro mil quinientos ducados (...) para que se compren yeguas de vientre siguiendo las instrucciones que hemos ordenado para la raza y casta de caballos que hemos mandado hacer en Andalucía"18.

El motivo que argumentó para llevar a cabo dicho proyecto era atender al bien público, pero en realidad esa fue la justificación para poder llevar a cabo la enorme inversión que suponía la compra de mil doscientas yeguas:

"Porque deseamos que se consiga el fin que hemos acordado de tener mil doscientas yeguas de vientre con sus potros y crías (...) hemos mandado que se vayan comprando por la orden que de nuestro caballerizo mayor"19.

Así mismo, ordenó la construcción de las extraordinarias caballerizas reales cordobesas, que, siguiendo las ordenes reales, fueron financiadas con las rentas que producían las salinas andaluzas20.

Para llevar a cabo la selección de los animales más idóneos para ese fin, Felipe II nombró como caballerizo real al cordobés Diego López de Haro, verdadero artífice del caballo español21. El resultado obtenido por éste fue tan extraordinario que los caballos conseguidos serían, contraviniendo lo expuesto por este rey al principio del proyecto, exclusivamente para uso de la Casa Real que los utilizó como regalo a reyes extranjeros, nobles y clero. La nueva raza fue utilizada como emblema de un Imperio y de una cultura que había sido capaz de conseguir lo que todo el mundo ansiaba, el caballo perfecto.

El desconocimiento del logro gestado en la caballerizas reales debido a que, al ser un proyecto privativo del rey Felipe II, toda la documentación del proceso de creación del caballo español fue enviada desde Córdoba al Archivo del Palacio Real de Madrid y desde allí, como era costumbre, se hacía llegar al Archivo General de Simancas (Valladolid) dónde ha permanecida dormida durante más de cuatro siglos, favoreció a través de los siglos la aparición de distintas interpretaciones sobre su origen, historia y la morfología del pura raza español. De forma generalizada, estas explicaciones sobre su morfología, como se ha señalado, apuntan hacia la evolución natural como su determinante, con el común denominador de la falta de investigación y la frecuente repetición de textos copiados de otros autores. Se ha afirmado para justificar la aparición de variados rasgos morfológicos para algunas características de la raza española, entre otros motivos, que fue cruzada con caballos centroeuropeos por un "teniente" napolitano erróneamente denominado Juan Jerónimo "Tiutti", caballerizo real de Córdoba (1600-1622). La realidad es que su nombre era Juan Jerónimo Tinto22 y no era teniente militar como se ha hecho creer. La palabra "teniente" significaba en ese periodo histórico suplente, y éste lo era de Diego Fernández de Córdoba, caballerizo real de Aranjuez (Madrid), y que al morir Diego López de Haro, creador del caballo español, fue nombrado caballerizo real de Córdoba por el rey Felipe III. Este caballerizo nunca cruzó la raza y, precisamente, fue una de las personas que más trabajaron en preservarla como podemos apreciar en la obra que comenzó para cercar de piedra la histórica dehesa de Córdoba la Vieja. El motivo que argumentó para pedir permiso al rey para llevar a cabo esta faraónica obra fue que un potro, durante la noche, entró desde una dehesa colindante a esta dehesa real con el riesgo, según palabras de este caballerizo, de "bastardear la raza" porque, entonces, en ella pastaban las yeguas españolas. Para evitar este problema pidió permiso al rey para comenzar la cerca que todavía se encuentra en perfecto estado y que, aunque se comenzó en el año 1617, por diversos motivos, no se acabaría hasta 1700.

 

Los caballos cartujanos

Aprovechando esta confusión histórica, algunos "avezados" ignorando, quizás, el grave perjuicio científico que la manipulación histórica conlleva, han afirmado que la única ganadería que se libró de este supuesto mestizaje fue la ganadería cartujana de Jerez de la Frontera (Cádiz)23.

En este sentido se ha afirmado que los caballos conocidos por el nombre de "bocado", antigua ganadería de Terry y hoy propiedad del Estado español a través de la sociedad Expasa radicada en Jerez de la Frontera, son descendientes directos de los desaparecidos y mitificados caballos cartujanos. Se ha escrito numerosas que el presbítero de Arcos de la Frontera Pedro José Zapata compró la yeguada de la Cartuja días antes de la invasión francesa, a principios del siglo XIX, y que diseñó el hierro del "bocado" para herrar a los caballos cartujanos24. La realidad es que Zapata, como demostré documentalmente en mi libro Historia de los caballos cartujanos, en ningún momento compró la yeguada cartujana, ni tuvo que esconderla de los franceses en la finca Breña del Agua (Grazalema) como se ha repetido hasta la saciedad, porque a la llegada del ejercito francés a Arcos de la Frontera (Cádiz), lugar de residencia de la familia Zapata, se afrancesó jurando fidelidad a Napoleón, como consta en el acta de ese cabildo de fecha 16 de febrero de 181025. Esto le permitió mantener en Arcos su yeguada que la había heredado en 1781, de su padre Manuel Zapata Vidal26. Tampoco llegó a diseñar el hierro del "bocado" puesto que su hierro era una Z y una P enlazadas27 y el de su hermano Juan José, heredado de su padre, representaba un circulo con una palo hacia arriba en la parte superior y dos hacia abajo en la inferior28. El hierro del "bocado" no lo diseñó Pedro José Zapata en 1810 porque estaba diseñado con bastante anterioridad, al menos desde mediados del siglo XVIII, y pertenecía a la Compañía de Jesús (jesuitas)29.

 

Conclusiones

Podemos exponer, en primer lugar, que el caballo español no es fruto de la evolución natural en el habitat andaluz, sino que es el resultado del mayor proyecto genético de la historia para conseguir una raza de caballos con unas determinadas características. Que en su proceso de creación incidieron factores de carácter social y en su modelación y conservación han intervenido principalmente los de carácter cultural. En segundo lugar, que la ganadería de la Orden del los cartujos de Jerez de la Frontera no tuvo incidencia en la creación del caballo español, que el hierro del "bocado" no fue diseñado para marcar los caballos de esta Orden y, por último, que los caballos de este hierro, hoy propiedad de la sociedad estatal Expasa, no son descendientes de los desaparecidos caballos cartujanos.

Asimismo, comprendo que es difícil para algunas personas reconocer el haber utilizado como marketing de ventas durante años versiones históricas erróneas basadas en estos inexistentes y mitificados caballos. Pero no debemos olvidar que si hubo alguna parte positiva en esta manipulación histórica, hoy, es más trascendente y perjudicial la parte negativa que creó alrededor del caballo español. Su manipulación, aunque consiguió durante años crear una fantasía, hoy su única consecuencia es restar protagonismo al verdadero mito de la historia: el pura raza español. Incomprensiblemente algunos ganaderos en la actualidad siguen utilizando esa manipulación para confundir a posibles compradores extranjeros que, ajenos a la realidad histórica de nuestra raza de caballos, creen, en principio, la falsa versión que algunos ganaderos les ofrecen sobre que los caballos del "bocado" son cartujanos pero que poco tiempo después se dan cuenta del engaño al que han sido sometidos.

 

NOTAS:

1 Altamirano Macarrón, J.C. El caballo español: la evolución de su morfología. Ediciones Ecuestres, Málaga, 2000, p.18.

2 Wyman, T. Como criar el Dobermann Pinscher. Barcelona, Hispano Europea, 1987, pp. 17-18.

3 Alderton, D. Animales de identificación: Perros. Barcelona, Ed. Omega, 1993, p. 259.

4 Archivo General de Simancas. Real Cédula de 28 de noviembre de 1567 a Francisco Zapata de Cisneros.

  1. Véase Bouza Álvarez, F. La majestad de Felipe II. La construcción del mito real. En Martínez Millán, J. (Dir.) La Corte de Felipe II. Madrid, Alianza Editorial, 1994, p. 53.

6 Méndez, C. Libro del exercicio corporal, y de sus provechos. Sevilla, 1553. Ed. Facsímil: Book of bodily Exercise. New Haven, G. Kilgour, 1960, p. 90; Rivas, P. de. Libro llamado el Porque, provechosisimo para la conservación de la salud. Zaragoza, 1567, fol. 39 recto.; Savanarola, M. Regimiento de sanidad.... Sevilla, 1541, capítulo VI; Álvarez de Miraval, B. La conservación de la salud del cuerpo y del alma. Salamanca, 1601, folio 102 vuelto; Sorapán, J. Medicina española contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua. Real academia Nacional de Medicina, Madrid, 1975, pp. 398-399.

7 Sobre estos aspectos puede verse Ruiz Somavilla, Mª J. La higiene en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Málaga, Universidad de Málaga, (Tesis de Doctorado), 1992.

8 Méndez, C. Libro del exercicio corporal y de sus provechos. Sevilla, 1553. Ed. Fasímil: Book of bodily Exercise. New Haven, G. Kilgour, 1960, p. 120.

9 Savanarola, M. Regimiento de sanidad.... Sevilla, 1541, capítulo VI.

  1. Cfr. Domínguez Ortiz, M. Las clases privilegiadas en el antiguo Régimen, 3ª ed. Madrid, Istmo, 1985.

11 Véase Altamirano Macarrón, J.C. Historia y origen del caballo español. Ediciones ecuestres, Málaga, 1998, pp. 61-74.

12 Museo Nacional de Tarquinia. Representa dos caballos alados que formaban parte de un relieve del templo de Ara della Regina.

  1. Museo Cernuschi, París.

  2. Museo Provincial de Shaanxi (Xiàn). Estatua de 47,3 cm. de altura.

15 Museo Provincial de Sichuan. Ladrillo de 47,3 cm. de ancho y 41,5 de altura. Hallado en la tumba Han de Tiaodenghe, en el distrito de Chengdu, provincia de Sichuan. Chengdu. Representa un coche tirado por dos caballos con grupas redondeadas, cabeza pequeña y elevaciones asombrosas. Va acompañado por un caballo con jinete con la misma morfología que tienen los del coche.

  1. Museo Provincial de Sichuan, colección de Arte Tibetano.

17 Museo de Bellas Artes de Boston. Estados Unidos.

18 Archivo del Palacio real de Madrid. Sección Administrativa. Despachos tocantes a la Caballeriza de Córdoba. Instrucciones de la Caballeriza de 1572. Legajo nº. 1.305-2, punto nº 7, folio nº. 2.

19 Altamirano Macarrón, J.C. Las caballerizas reales de Córdoba. Ediciones ecuestres. Málaga, 2001 en imprenta.; Archivo del Palacio real de Madrid. Sección Administrativa. Despachos tocantes a la Caballeriza de Córdoba. Traslado de la carta de Felipe II a Juan de Ibarra de 21 de mayo de 1573. Legajo nº. 1.305-2, folio 35 recto y vuelto.

20 Archivo del Palacio real de Madrid. Sección Administrativa. Casa Principal de la Caballeriza de Córdoba. Carta de Felipe II a Diego López de Haro de 20 de noviembre de 1567. Legajo nº. 1.013, punto 1º.

21 Archivo General de Simancas. Secretaría de Estado. Memorial de Diego López de Haro a la Junta de Obras y Bosques de agosto de 1596.

22 Archivo del Palacio Real de Madrid. Sección Administrativa. Título de caballerizo real de Córdoba a Juan Jerónimo Tinto de 26 de agosto de 1600. Legajo nº. 1.305-2.

23 Sanz Parejo, J. Por la senda del pura raza español. Ed. Siruela, Madrid, 1999, p. 17.

24 Sanz Parejo, J. El caballo español de estirpe cartujana. Ed. Marbán, Madrid, 1992, p. 65.

25 Archivo Municipal de Arcos de la Frontera. Sección Agricultura y Ganadería. Acta de 16 de febrero de 1810. Caja nº. 656 (1807-1810).

26 Archivo Municipal de Arcos de la Frontera. Sección Agricultura y Ganadería. Registro de la ganadería de Manuel Zapata Vidal, en 1781, existente en la Testamentaría en Arcos. Caja nº. 427, Expte. nº. 44-7ª, folios 36 vuelto -38 vuelto.

27 Archivo Municipal de Arcos de la Frontera. Sección Agricultura y Ganadería. Registro general de yeguas de 1791. Caja nº. 429, expediente nº. 66-7ª, folios 32 vuelto -33 recto.

28 Archivo Municipal de Arcos de la Frontera. Sección Agricultura y Ganadería. Registro General de yeguas de Arcos de la Frontera de 1787. Caja nº. 430 correspondiente al registro de 1799, sección nº. 13, legajo nº 6, Expte. nº. 17, folio nº. 8 vuelto -9 vuelto.

29 Archivo Municipal de Arcos de la Frontera. Sección Agricultura y Ganadería. Registro de ganados de Arcos de la Frontera de 1745. Caja nº. 424, Expte. nº. 6-7ª, folio nº. 34.

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El caballo SÓLO  de Vicente Romero García, el más famoso de los falsos caballos cartujanos.

 

Existe una creencia generalizada de que el uso del hierro para marcar fue creado para el ganado. La realidad es diferente puesto que cuando el hombre comenzó a utilizarlo para herrar ganado ya había sido utilizado con anterioridad para señalar a seres humanos.

En el diccionario de Cobarrubias (1611), primer diccionario de la lengua española, sobre el término herrar dice aplicarse a las definiciones que "trae origen de hierro". Al explicar la procedencia de esta palabra afirma que los samios, que utilizaban como divisa un barco, la pusieron como señal en la frente a los atenienses cuando éstos fueron derrotados; pero, a su vez, los atenienses que tenían como símbolo una lechuza se desquitaron poniéndoles esta señal a los samios cuando los vencieron. Este sistema identificativo de los esclavos trajo problemas sociales a largo plazo puesto que, algunos, posteriormente, pasaron a ser "señores" y, en consecuencia, tenían que ocultar esas marcas. Era frecuente que se ocultaran con vendajes justificando falsos dolores de cabeza. Años más tarde Constantino prohibió su uso en seres humanos salvo en los esclavos incorregibles. También, como todos sabemos, este término, actualmente, define el acto de señalar al ganado y al de colocar herraduras al ganado.

No se sabe exactamente cuando comenzó a utilizarse el herrado en los caballos como medio identificativo aunque hay evidencias de su uso ya en el siglo II a.C. y parece que se hizo costumbre a partir del siglo II, aunque esta última fecha no está lo suficientemente verificada.

Sería largo de enumerar las ordenanzas que se hicieron sobre el herraje de los caballos en España, por lo que este trabajo lo centraremos exclusivamente en el herraje y reherraje de un caballo de finales del siglo pasado de nombre SÓLO propiedad de Vicente Romero García, por su incidencia genética en la línea de caballos conocida hoy como del "bocado", a la que algunos ganaderos erróneamente han querido hacer descendientes directos de los "mitificados" caballos de los Cartujos de Jerez de la Frontera.

Hemos explicado el significado del término herrar, pero el de reherraje tiene diversas acepciones puesto que define el acto de señalar y el de colocar por segunda vez el mismo hierro o las mismas herraduras a una caballería. Y, por último, existe otro significado de la palabra reherraje que es la que hoy nos incumbe: la de marcar a una caballería con otro hierro distinto al de su ganadería de origen. La costumbre del reherraje estuvo muy arraigada en Andalucía no sólo como medio de identificación de propiedad u origen de la ganadería de la que procediera el animal, sino que también fue utilizado para identificar los caballos nacidos por debajo de "La Raya" e, incluso, a los caballos de un determinado término municipal. Ejemplo de esto lo tenemos en la exposición que hice en mi libro Historia de los caballos cartujanos sobre el hierro del bocado cuando era propiedad del ganadero José Antonio Retamales, de Arcos de la Frontera, primer ganadero que aparece registrado como propietario de este hierro, una vez que fueron expropiados y expulsados de España los jesuitas (1767), antiguos propietarios de dicho hierro. Este ganadero aparece en el registro de Arcos de la Frontera de 1780 con seis yeguas de distintos hierros y tres años más tarde esas mismas yeguas son registradas como reherradas con su hierro; el del bocado:

"Aquisgan del Real en nombre de José Antonio Retamales, registró el ganado yeguar siguiente:

La Cachorra, tordilla, cerrada, reherrada con el hierro el del margen (el bocado limpio), con un potrico.

La Carbonera, negra, pie derecho blanco, de edad cerrada, reherrada con el dicho hierro, con un potrico.

La Cordobesa, cebruna, pelos blancos en la frente, cerrada, reherrada con dicho hierro, vacia.

Un potro de dos años castaña zayno de este hierro".

El caballo antes citado de nombre SÓLO, tordo avutardado, propiedad de Vicente Romero García recibió, justamente, numerosos elogios durante toda su vida e, incluso, posiblemente, más aún cuando murió puesto que fue el caballo que montó este ganadero hasta su muerte. Y esta anécdota fue recogida por el portugués Ruy de Andrade en su libro:

"La fotografía en la que aparece a caballo el SOLO el día que vino de la Colonia del Valle a Jerez de la Frontera, que son treinta kilómetros bien contados, él con poco menos de 90 años y el caballo con 23...".

Posteriormente, ayudó a la divulgación de este hecho el que el libro fuera copiado por numerosos autores. El caballo SOLO fue utilizado durante muchos años como semental en la ganadería del "bocado" mientras vivió Vicente Romero. A su muerte, de las 27 yeguas que dejó, 10 eran hijas de este caballo. Incluso muchas de las cuarenta y dos yeguas que le vendió antes de morir a Vicente Llaguno, de México, iban preñadas por él.

En mi nuevo libro titulado El Caballo Español: la evolución de su morfología, en el capítulo VI (Las capas), apartado 2º, hablo de la repercusión que tuvo este caballo en la raza española a finales del siglo XIX y principios del XX, con relación a la proliferación de esta capa en dicho periodo histórico. Este caballo fue Primer premio de sementales en la Exposición de Jerez de la Frontera, que se celebró del 25 al 27 de abril de 1894, en el Campo de Instrucción del Arrecife de Capuchinos, que consistía en una "Saboneta de oro" donada por la Reina Regente. El caballo entró en liza con varios sementales entre ellos dos propiedad también de Vicente Romero: el primero, de capa castaña de nombre Justo, con una alzada de 1,61 cm.; el segundo, tordo azulado de nombre Vinatero, con una alzada de 1,60 cm. Otro caballo propiedad de Vicente Romero y Romero de nombre General, de capa negra y con una alzada de 1,60 cm. También compitió en esta sección el caballo Dotado propiedad de Bartolomé Bohórquez y Rubiales de nueve años y con una alzada de 1,61 cm., que quedó en segundo lugar; también un caballo del hierro de Antonio Piña y Guerra llamado Estanquero.

Hasta aquí todo parece normal puesto que era una competición entre los ganaderos jerezanos que tanto aportaron, tras la invasión francesa, a la mejora de la cabaña equina andaluza. Afortunadamente, para mejora de nuestra raza, a finales del siglo XIX, los ganaderos jerezanos comenzaron a pugnar en buena lid en los concursos morfológicos por la obtención de los premios no solo caballar sino de todo tipo de ganados, vacuno, asnal, mular, de pavos, conejos, gallinas, etc. Pero ocurrió un hecho significativo que quedó reflejado en el Acta del citado concurso caballar. El escribano que la redactó el día 28 de abril detalló minuciosamente los caballos presentados y del caballo SÓLO escribió:

"Se inscribieron para este premio un caballo semental de pura raza española de pelo tordo rodado algo abutardado, de siete cuartas y diez dedos (1,63) de alzada y edad siete años, nombrado SOLO con el hierro de su ganadería (H con la c)en la cadera derecha y dos gg en la izquierda de la propiedad del Sr. D. Vicente Romero y García".

Ante esto podemos preguntarnos ¿cómo es posible que tuviera el hierro de Vicente Romero en la nalga derecha y las dos gg en la izquierda? ¿Herraba Vicente Romero con este hierro? parece que no, puesto que lo hacía con el hierro del bocado con la C y, además, es el único caballo de este ganadero que se describe reherrado de esa forma. Casualmente, este hierro en forma de gg figura inscrito a nombre del ganadero Gregorio García de San Roque (Cádiz). Luego, ante esta duda, podemos preguntarnos ¿Era el caballo SÓLO del hierro del bocado o era de otro ganadero y reherrado por Vicente Romero? Lo que es indudable es que si fuera de Gregorio García sería lógico pensar que de nuevo esta línea de caballos, en contra de todo lo escrito por numerosos autores, fue cruzada con caballos de otras líneas. Digo cruzada de nuevo porque el propio Vicente Romero, en la carta que dirigió a Ruy de Andrade, el día 22 de septiembre de 1909, confirma que cruzó las dos ganaderías que poseía. Una que había heredado de su padre y que herraba con un corazón coronado y la que dice que le compró a Zapata:

"Después de ligadas ya las dos ganaderías, han resultado tantos caballos de celebridad y con tantos premios adquiridos que sería muy largo numerarlos".

De ello es admisible deducir que los caballos de esta línea no sólo no eran cartujanos como demuestro en mi libro Historia de los caballos cartujanos sino que ni siquiera eran "puros" dentro de su línea, como también se intenta defender.

NOTAS:

1 Cobarrubias Orozco, S. de. Tesoro de la Lengua castellana o española. Ed. Turner, Madrid, 1979, p. 683.

2 Altamirano Macarrón , J.C. Diccionario Ecuestre Español. A.M.C. Ediciones ecuestres, Málaga, 1994, p. 156.

3 Se conocía con este nombre a la zona comprendida aproximadamente del río Tajo hacia el sur de la península.

4 Archivo Municipal de Arcos de la Frontera. Sección Agricultura y ganadería. Registro de ganaderos de Arcos de la Frontera de 1780. Caja nº 428, legajo nº 16, expediente nº 10, folio 49 recto y vuelto.

5 Archivo Municipal de Arcos de la Frontera. Sección Agricultura y ganadería. Registro de ganaderos de Arcos de la Frontera de 1780. Caja nº 428, Expediente nº 13.

6 Ruy de Andrade. Alrededor del caballo español. Lisboa, 1954, p. 88.

7 Llamas Perdigó, J. Caballo español, caballo de reyes. Talleres del Servicio Geográfico del Ejercito. Madrid, 1985, pp. 191-192.

8 Archivo Municipal de Jerez de la Frontera. Sección Ganados. Legajo nº 172, Expediente 5.359, año 1894.

9 Huesca, Federico. Libro de hierros. (Separata del Diccionario Hípico y del Sport). Imp. J.M. Pérez, Madrid, 1881, p. 705. También aparece en Jerez un ganadero que registró un hierro en forma de GG.

10 Op. cit. Lisboa, 1954, p. 71.

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El caballo de los conquistadores

Con cierta frecuencia investigadores españoles y americanos comienzan estudios en busca del imaginario caballo "Ibérico" con el fin de relacionarlo genética e históricamente con los caballos de los conquistadores. El largo peregrinar que sin duda impone este camino de lógicas pero erróneas correlaciones morfológicas del pura raza español con las razas americanas hacen que su búsqueda, con más frecuencia de la deseada, terminen en el baúl de las buenas intenciones.

Como muchos investigadores, una de la hipótesis que me plantee sobre la conquista de ese Continente fue cómo serían estos caballos. Incluso, hace años dedique algún tiempo a investigar sobre ellos, pero me di cuenta de que no llegaría a ninguna conclusión válida si, previamente, no aclaraba mi iniciada, y entonces confusa, teoría sobre el origen del caballo español. Años más tarde no me resultó difícil comprender lo que para mi, hasta ese momento, era un completo "enigma". Lo que más complicó mi investigación fue la lógica, extendida y errónea creencia de que el ejercito español montaba maravillosos caballos PRE. Este fue uno de los primeros handicaps que tuve que superar para llegar a comprender lo que las fuentes documentales me ofrecían y que bajo ese prisma era imposible llegar a conclusiones acertadas. Posiblemente, éste pudo ser también el freno de otros investigadores que no consiguieron dilucidar el puzzle histórico de los caballos de la conquista.

El poder descifrar este "enigma" ha sido y es el trabajo de numerosos investigadores de diversos campos e, incluso, de aficionados que tras largos años de trabajo han llegado a la conclusión de que el origen de estos caballos puede ser distinto del que se ha presentado. La realidad es que este "enigma" tiene una fácil respuesta. En primer lugar, podemos definir al caballo "Ibérico" como el imaginario representante de una raza inexistente que se ha querido correlacionar con los caballos de los conquistadores y con el pura raza español de hoy, con el fin, entre otros, de otorgarle innecesariamente a este último un origen casi prehistórico. Posiblemente, el atribuirle esa antigüedad afirmando que su logro se debe a la evolución de la especie en el medio geográfico andaluz pudo deberse, como señalo en mi próximo libro titulado El caballo español: la evolución de su morfología:

"Al intento de apoyarse en la errónea metáfora neodarwinista de la intencionalidad y la "sabiduría" de la naturaleza, cuya consecuencia es que todo cuanto ella realiza es perfecto"(1).

Y, en segundo lugar y más importante para clarificar el "enigma" es que el pura raza español no existía cuando se descubrió América. (No todos los caballos existentes en España eran pura raza españoles, como tampoco eran pura raza árabe todos los caballos existentes en Arabia.) Tendría que pasar casi un siglo para ver nacer al caballo español y, posiblemente, más de dos para que el primero pisara tierras americanas. Y cuando lo hizo debió llegar en muy escaso número y de manos de algunos nobles y virreyes que se instalarían en el Nuevo Mundo. La escasez de ejemplares existentes al conseguirse la raza española y el alto precio que alcanzaron los hizo prohibitivo para la guerra y el trabajo en el campo. Prueba de ello la tenemos en la orden que, en 1579, dio Felipe II, a través de la Junta de Obras y Bosques (2), al caballerizo real y creador de la raza española, Diego López de Haro, tras una petición de caballos para el ejercito de Oran:

"Que se vendan ocho caballos españoles inútiles y con el dinero que se compren treinta para los jinetes de Oran"(3)

¿Pero que caballos fueron los que llevaron los conquistadores? ¡Muy fácil! La mayoría eran de raza "haca" y también los caballos denominados desde la antigüedad clásica griega "comunes". Entendiendo por comunes los caballos de baja calidad y de variada morfología que abundaban en todo el territorio europeo. Era el tipo de caballos de los que ya los clásicos griegos afirmaban que no era rentable su selección y cuidado. El término haca (4) se define como la caballería de poca alzada. Antonio de Nebrija tradujo el término haca del germánico "hack", cuyo significado es cortar, tajar, separar, hacha, corte o hachazo, y que los sajones lo utilizaban para designar un tipo de caballo de grupa partida. Covarrubias (5) dijo de estos animales que eran los caballos importados de Inglaterra. Efectivamente, las hacas, eran un tipo de caballos procedente de Inglaterra, donde se utilizaba para el trabajo en el campo y tirar de los carros. En las dehesas del norte de Londres, junto a Smithfield, se celebraban las famosas ferias de ganado donde acudían agricultores y ganaderos en busca del "equus britanicus".

Se trataba de un tipo de caballo tan conocido en Europa que el papa exigió a los Reyes Católicos el envío periódico de una "hacanea blanca", entre otros impuestos, a cambio de la concesión de la Bula de la Santa Cruzada para sufragar los gastos de la guerra de Granada. Se trataba de un caballo con una morfología bien definida, cuya capa predominante, en 1765, en España, fue la pía (6).

PORCENTAJE DE LAS CAPAS

pía 56,51%

torda 10,81%

alazana 3,48%

castaña 17,59%

rosilla 3,48%

noguerada 6,97%

negra 1,16%

Este rasgo morfológico, la capa pía, no sólo confundió a los investigadores americanos sino que también afectó a los españoles. La aparición en España de animales de esta capa en la iconografía del mundo moderno ha servido de base para afirmar que el caballo español fue mestizado con razas europeas. La representación de estos caballos en los innumerables grabados y pinturas existentes tirando de carruajes o montados no se traduce en la afirmación de que los caballos que representan fuesen españoles -cruzados- sino que, como se ha dicho, eran hacas; del mismo modo, los que aparecen en las pinturas montados por algunas reinas (7), son las "hacaneas" o hacas de mayor alzada, que eran los caballos en que solían montar las mujeres. (Cuando eran excesivamente pequeñas se utilizaban como montura para los niños.)

En 1540 Fernando Chacón describió como debían ser morfológicamente las hacas en su tratado sobre doma a la jineta:

"Ha de tener las canillas de pies y manos muy anchas y con cernejas, y cortas las cuartillas de pies y manos. Ha de tener los pechos muy anchos y salidos como nariz de barco. Ha de tener los oidos largos y bien puestos. Ha de tener la cabeza pequeña y bien formada y las narices anchas (...) La boca ni muy hendida ni tampoco boquiconejuno (...) Ha de tener el aguja alta y muy buen costado y grandes caderas partidas por medio (...) y sobre todo que tenga buena gracia y donaire en el paso y andamio y que corra aprisa y pare aprisa y sea sosegado y cuerdo. El pescuezo que salga del pecho y no del aguja(...) Así mismo las crines muy pobladas y calzado de los dos pies o del uno y con una estrella en la frente y en las manos no tenga ningún blanco..."(8)

Existía la costumbre de denominar a estos ejemplares con nombres femeninos, tanto a las hembras como a los machos. Así aparece en el Libro de registro de caballos españoles y hacas, en donde los nombres de "La Vicaria", "La Cuerva", "La Pía", "La Bautisima", "La Borrela", "La Especiera" o "La Cobatilla" correspondían a sementales. Posiblemente haya sido esta costumbre de denominar a las hacas con nombre femenino, lo que confundió a algunos tratadistas, que, al leer algunos nombres de famosos caballos europeos, creyeron que eran yeguas; ello les condujo a afirmar que sólo en España el ejercito montaba caballos enteros cuando, generalmente, lo hacían en caballos castrados. Esto podemos apreciarlo en las ordenanzas dadas por Rodrigo Caballero y Llanes, Maestre de Campo General de los cuatro reinos de Andalucía, el 28 de enero de 1735:

"Asimismo Manda Su Magestad que se compren para el servicio, los caballos capones que se hayaren de calidad suficiente para la fatiga de la guerra..."(9)

La costumbre de utilizar nombres femeninos para las hacas perdura hoy en nuestra Jaca (10) (nombre que procede de la aspiración de la "h" de "haca"). Cuando un caballo es castrado, automáticamente se le denomina con el mismo nombre pero en femenino. Si realmente la haca hubiese sido, como se a afirmado, un caballo que no llegaba a la marca (alzada mínima), sin otra diferencia morfológica con el caballo español, ¿cómo es posible que se inscribieran al nacer en el Libro de Registro como hacas, si no se conocía la alzada que pudiera alcanzar en su madurez? e, incluso, ya se la asignara un nombre femenino. Pero esta diferencia de raza la podemos apreciar en la carta del marqués de Flores, de 5 de febrero de 1625, al rey Felipe IV:

"Que es servido su Excelencia que se estabulen cada año, veinte o veinticuatro caballos españoles y diez o doce hacas, y los caballos extranjeros que fueren para coches..."(11)

Posiblemente, la primera entrada masiva de hacas en la península ibérica se debió a la escasez de caballos que existía en el norte de la misma, viéndose las tropas cristianas en la necesidad de importarlas durante la reconquista. Esta raza de caballos se encontraba muy extendida por Europa y, lógicamente, presentaría al llegar a España diferencias morfológicas consecuencia de los posibles cruces que pudieron padecer durante siglos de existencia en el continente. Asimismo, podemos pensar que se pudieron uniformar en otras características. A estos caballos, en España, durante ese periodo histórico, por la falta de belleza y de alzada nunca se les asignó la denominación de caballos. Eran simplemente: hacas, o sea caballería de segundo orden que se utilizaron como animales de trabajo y, una vez autorizado los carruajes en España, para tirar de ellos en los largos recorridos.

Pero no sólo se importaron las hacas de Inglaterra, Frisia, Polonia, etc. sino también la costumbre inglesa de cortarles o rasurarle la cola. Esto puede observarse en las pinturas y grabados ingleses; de ahí la conocida frase de Voltaire: "Malditos estos ingleses que con las mismas tijeras cortan el cuello de los reyes y las colas de los caballos".

Las hacas eran animales muy aptos para el trabajo duro, de forma que se los usó tanto para faenas agrícolas como para el ejército. Eran, como he señalado, los caballos que -junto a los "comunes"- llevaron los conquistadores a América, y a ellos se debe que la capa pía fuese la característica principal de los caballos utilizados por las poblaciones nativas.

La rápida extensión de esta raza por Europa pudo deberse al sentido comercial de los ingleses, de los que se llegó a decir que vendían caballos hasta a sus enemigos. Hay constancia del comercio de caballos entre el norte de España e Inglaterra; así como de la importación para la caballeriza real de Córdoba. El caballerizo real de Córdoba Juan Jerónimo Tinti, en 1604, ante la escasez de sementales hacas pidió que se las enviasen de la caballeriza de Aranjuez:

"Porque en la caballeriza hay necesidad de padres, así de caballos como de hacas que han de ser extranjeras para conservación de la buena casta, pues las de la tierra se alindan de manera con el tiempo que pierden la traza natural de hacas"(12).

Alonso Carrillo Lasso, caballerizo real y sucesor de Tinti, decía de las hacas existentes en Córdoba, en 1625:

"Algunas hacas hay razonables, rarisima la que es de servicio, perdida la fuerza y hermosura de su patria, sino no llamamos hermosura lo que aquí, por no afrentar los caballos llamamos lindeza..."(13).

A mediados del siglo XVII las hacas estaban en franca regresión, con riesgo de desaparecer de la península. Tanta era la necesidad de estas que el rey Felipe IV, el 6 de septiembre de 1654, ordenó con urgencia:

"Traer seis hacas de Nápoles sin atender a que tengan paso ni a colores sino sólo que sean muy crecidas y de mucha fuerza, [y] la envíen directamente a Cádiz por el primer viaje que viniere"(14).

Pero las hacas acabarían por desaparecer de Andalucía a raíz de la proliferación de los caballos españoles y debido a la promulgación de leyes que prohibieron la importación de caballos extranjeros. La haca fue sustituida en su quehacer por un caballo que se denomina "Jaca" en Andalucía. Este término es sinónimo de "cruzado"; el origen está en el cruce de las hacas con razas que se pusieron de moda -a finales del siglo XVIII y principios del XIX-, como la árabe y el pura sangre inglés.

En la actualidad existe en América un fuerte interés por conocer el origen de los caballos de los conquistadores, pero los irregulares datos que han proporcionado las pruebas genéticas realizadas sobre razas americanas han confundido más que clarificado su origen. Estas han otorgado a los caballos españoles no más presencia que la de otras razas europeas o asiáticas en su configuración.

El pura raza español no fue con los conquistadores sino que lo hizo posteriormente puesto que en principio fueron las hacas y los caballos "comunes" los llevados por estos. Nuestro caballo no había nacido y tendría que pasar mucho tiempo para que lo hiciera. No debemos olvidar que nuestra raza durante más de un siglo estuvo vetada al mundo, y sólo a los reyes y a algunos nobles recomendados les era posible disponer de ellos. Asimismo, creo que si las investigaciones científicas se encaminaran por este sendero, sin duda, ayudaría a clarificar más rápidamente las dudas existentes sobre los caballos de los conquistadores.

 

NOTAS

1 Altamirano Macarrón, J.C. El caballo español: la evolución de su morfología. Ediciones ecuestres, 2000, p. 17. (En imprenta).

2 Creada, en 1545, por Carlos V para administrar el patrimonio regio hasta entonces muy disperso. Entre ellos se encontraba la Yeguada Real.

3 Archivo General de Simancas (Valladolid). Sección Sitios reales. Memorial de Diego López de Haro a la Junta de Obras y Bosques de 25 de abril de 1579. Leg. 1.061.

4 Puede verse este término en Altamirano, J.C. Diccionario Ecuestre Español, A.M.C. Ediciones ecuestres, 1994. El término "haca" es un apócope de "hacanea" y éste es la traducción del bretón "haquenne" -donde aparece por primera vez en 1363-, que a su vez procede del vocablo inglés "hackney", del que se conoce su presencia desde 1292.

5 Cobarrubias Orozco, Sebastián de. Tesoro de la lengua castellana o española. (1611). Ediciones Turnermex, s.a., 1984, p. 673.

6 Archivo del Palacio Real de Madrid. Sección Administrativa. Libro de Registro de caballos españoles y hacas. 1765.

7 Dice Cobarrubias que son las caballerías que traen de Inglaterra, Frisia, Polonia... La haca y la hacanea es la misma caballería pero con la salvedad de que la hacanea era más apreciada por ser la montura de las damas o de los príncipes. Podemos apreciar aunque de forma idealizada la figura de una hacanea en el cuadro de Margarita de Austria pintado por Velázquez. (Museo del Prado, Madrid).

8 Chacón, F. Tratado de la cavallería de la gineta. 1551. Edc. Facsímil: Madrid, Bibliófilos Madrileños, 1950.

9 Archivo Municipal de Jerez de la Frontera. Sección agricultura y ganadería. Orden de compra de caballos castrados para el ejercito. Legajo nº 120.

10 En la actualidad es sinónimo de caballo cruzado. Es la caballería que se utiliza para el trabajo en el campo y para la doma vaquera. Mantiene, como la haca, la costumbre de asignarle nombre femenino aunque sean machos.

11 Archivo del Palacio Real de Madrid Sección Administrativa. Carta del marqués de Flores al rey Felipe IV, de 5 de febrero de 1625. Leg. 1.061.

12 Archivo General de Simancas (Valladolid). Secretaría de Guerra. Carta de la Junta de Obras y Bosques a Felipe III de 26 de agosto de 1604. Legajo nº 244.

13 Carrillo Lasso, A. Informe La Cavalleriza de Cordova, 1625.

14 Archivo General de Simancas (Valladolid). Secretaría de Guerra. Carta firmada por Coloma dirigida al rey Felipe IV, de 6 de septiembre de 1654. Legajo nº 3.277, documento nº 72.

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Lusitanos

Desde hace unas décadas se ha venido produciendo una relegación de las humanidades en diferentes ámbitos de la enseñanza y la investigación. Se da preferencia a la inversión en proyectos tecnológicos pues con ellos se asegura un beneficio económico rápido, que a su vez repercute en la acción política. El cumulo de descubrimientos con propósitos pragmáticos y sin ser elevados a teorías y la fácil visualización de los resultados de los proyectos técnicos, junto a otros factores, hace que se asuma acríticamente lo que el mundo de las ciencias aplicadas ofrece. Ello conduce a que se adquiera la falsa convicción de que la ciencia es inaccesible para la mayoría de las personas y, en consecuencia, que éstas no tengan otra opción que creer en lugar de conocer aquello que ofrece la actividad científica1.

No parece que sea necesario insistir en la capacidad crítica que proporciona los contenidos de los distintos campos que componen las humanidades, y que sin esas referencias el ser humano se encuentra sin herramientas para cuestionar los hechos sociales; de esta manera acaba siendo menos libre y, consecuentemente, tanto más fácil de que asuma la ideología cientificista y de reconducirlo hacia determinadas posiciones. Precisamente ahí radica la relevancia de fomentar o no el desarrollo de estas áreas, en la libertad de pensamiento que crea. Restar importancia a la sociología, la antropología, la psicología, la filosofía o la historia, entre otras, sólo demuestra que se desconoce que a ellas le debemos las cotas científicas conseguidas hasta la actualidad. Basta echar una hojeada a la historia de la ciencia para comprobar que el desarrollo del conocimiento científico no es lineal, está sometido a retrocesos y rupturas dependientes no sólo de cuestiones científicas -metodológicas-, sino sociales, culturales o políticas, y esto pone en cuestión el supuesto progreso que proporcionaría el avance exclusivamente tecnológico2.

Dos muestras de cómo la potenciación del desarrollo de la tecnología a expensas de la relegación de las humanidades conduce a que se adopten posiciones ante la realidad más próximas a lo que son creencias en lugar de conocimientos es lo que hasta ahora se ha sabido sobre el caballo pura raza español. La falta de investigación de su historia ha conducido a que se explique su morfología según la doctrina darwinista, por evolución natural, cuando en realidad es un logro del hombre a través de la selección, en el siglo XVI. Así como afirmar la pureza cartujana en los caballos de la línea conocida como del "bocado" cuando los caballos cartujanos dejaron de existir a principios del siglo XIX3.

No es mi deseo y sería un atrevimiento por mi parte el querer exponer en una breves líneas el resultado que expongo en algunos de mis libros. Sólo quiero referirme a un hecho que me causó una cierta curiosidad durante el primer viaje que realicé a Estados Unidos a impartir varias conferencias sobre nuestro caballo. Se trata de la convicción que se tiene sobre la relación del caballo lusitano y el caballo español, al creerse, erróneamente, que los dos pertenecen a la misma raza por haber nacido en el mismo hábitat. Tanta manipulación y confusión se ha creado alrededor de estos dos caballos en este país que incluso utilizan para el lusitano la denominación de "andalusian horse". Si siguiéramos la teoría que defienden algunos autores referente a que el caballo español es fruto de la evolución natural adaptado al medio geográfico, se deduciría que el caballo lusitano, por compartir un hábitat similar, podría ser de la misma raza y, siguiendo esa línea argumental, se podría aceptar, incluso, que, ambos, procedieran del enigmático "caballo ibérico". Pero si para explicar este hecho se cuenta con las explicaciones que proporciona la investigación histórica pasaremos de las creencias al conocimiento y podremos ver como esa teoría carece de rigor para ser aceptada.

El eslabón que algunos autores, aficionados y ganaderos portugueses han utilizado para unificar al lusitano y al español en la misma raza es, aparte de los intereses comerciales, el mitológico "caballo ibérico". Pero, ¿qué es el caballo ibérico?; desde el conocimiento actual, y así lo demuestra los restos encontrados, sólo podemos entender por este nombre a la especie o subespecie que pudo existir en esta península. Pero si lo que se intenta con esta denominación es proporcionar un nombre a una raza que poseía la actual configuración morfológica de ambos caballos, estaríamos ayudando a crear una fantasía que en nada refleja la realidad. Porque, siguiendo esa teoría se podría afirmar que las razas de caballos que podríamos denominar "regionales" como el gallego, asturcón, o el pottoka, entre otros, serían también "caballos ibéricos" y por ello tendríamos que aceptarlos dentro de la misma raza que el lusitano y el español. Y esta conclusión nos llevaría a una pregunta inevitable: ¿en que se parecen estos caballos al lusitano y al español?, sencillamente en nada. Sólo que son individuos que pertenecen a la misma especie. Los restos encontrados muestran tal variedad de características que no es posible encuadrarlos en ningún tipo conocido. No muestran ningún tipo de uniformidad que haga creer que existió una raza concreta con unas características determinadas como se ha estado defendiendo hasta ahora.

Portugal y España son dos países ubicados en la misma península pero, tanto uno como otro, tuvieron zonas aisladas geográficamente y también separadas por largos períodos de guerra. Regiones de estos países fueron invadidos por pueblos tan dispares como: íberos, celtas, fenicios, cartagineses, bizantinos, romanos, árabes, etc. que, por sus distintas necesidades y culturas, hacen pensar en la imposibilidad de mantener el mismo tipo de caballo durante esos períodos históricos. En este proceso también influyó la propia variabilidad genética de la especie4, ya que, como sabemos, sólo en mellizos univitelinos o en animales clonados se encuentra un material genético homogéneo5. Precisamente fue en esta característica, la variabilidad genética, en la que se apoyó el hombre para conseguir razas distintas dentro de la misma especie (todas las existentes) y el rey Felipe II la utilizaría para crear en la ciudad de Córdoba, bajo la dirección de Diego López de Haro, al caballo pura raza español.

En la Introducción de mi libro Historia y origen del caballo español: las caballerizas reales de Córdoba expongo:

"La creación del caballo español ha sido un caso más de selección realizada por el hombre en su deseo de obtener nuevas razas; así se obtuvieron el perro epagneul bretón en 1896/6), el pastor belga conseguido por M. Beernaerts en 18917, o el doberman entre 1834 y 1894. Las características de este último fueron prefijadas con anterioridad por su creador, Louis Dobermann (Turingia, Alemania); para ello realizó cruces entre el gran danés, el setter, el daschsund y el terrier de pelo suave8. Como cualquiera puede observar, el doberman, aun descendiéndo de estos perros, no manifiesta parecido alguno con ellos. Pero de lo que no cabe duda es que con anterioridad a la realización de este proyecto esta raza de perros no existía. Eso fue lo mismo que ocurrió con el P.R.E. en la ciudad de Córdoba en la segunda mitad del siglo XVI."

Como señalaba al principio de este artículo buena parte de la responsabilidad sobre el desconocimiento de la historia, incluyendo la de estas razas equinas, se debe a la poca importancia que se le ha dado a las humanidades. Pero lo que también ha incidido, e hizo agravar esta confusión, es el hecho de que se haya manipulado, bien por intereses particulares o por error, las lagunas existentes en el conocimiento histórico. Han sido numerosos los autores españoles que han favorecido la creencia de que el caballo español es consecuencia de la evolución natural, pero también hay que señalar que, precisamente, fue un portugués el que más alimentó esa creencia. Este autor, embuido en las teorías existente durante el período histórico en el que vivió, escribió un libro en el que relataba de manera un tanto curiosa el origen del P.R.E.9. Pudo ser su gran afición a los caballos españoles o la defensa de los que criaba (caballos del "bocado") lo que le llevó a exponer como verdades históricas lo que simplemente eran comentarios. Él fue una de las personas que, por ingenuidad o por interés, provocaron la confusión histórica de los caballos cartujanos. Sobre esto se dejo "llevar" por los comentarios que le hicieron durante un viaje que realizó por Andalucía y a base de repetición incidió en que durante casi un siglo simples especulaciones y fantasías se consideran un hecho histórico.

Precisamente fueron las incongruencias de los escritos de este autor lo que me empujó a iniciar las investigaciones de mis libros: Historia de los caballos cartujanos (1999) y, posteriormente El caballo lusitano: origen e historia (2009), en el que se demuestra documentalmente que todo lo escrito hasta este momento sobre el origen del caballo P.S.L. es inexacto.

Es conocido de todos que el caballo lusitano presenta una cara bastante "acarnerada" y ésto es utilizado por aficionados portugueses como un instrumento para defender su identificación con el caballo español. Curiosamente, de forma contradictoria esta característica fue también utilizada erróneamente por algunos autores españoles para demostrar que el caballo español fue mestizado en el año 160010. Pero, lo que no tuvieron en cuenta es que este perfil apareció profusamente en los caballos representados en pinturas, grabados, dibujos y estatuas de numerosos países cuando el estilo barroco se extendió por toda Europa a partir del siglo XVII. Este perfil "acarnerado" apareció en el caballo español de forma paralela que en el arte debido al deseo de remarcar la curva, principal característica de este estilo11.

El perfil frontonasal ha sido utilizado en diversas ocasiones como medio más importante de identificación de la raza española desde el convencimiento de que las características raciales, según las manifestaciones de algunos autores, sólo se encuentra en la cabeza. Curiosamente, éstos, que defienden la teoría de la evolución y la adaptación al medio geográfico, para argumentar las características que lo identifica, curiosamente, han expuesto, incluso, la graduay la adaptación al medio en el grado exacto de curvatura del perfil del P.R.E.?. El perfil frontonasal que presenta el caballo español no es signo de ninguna pureza anatomo-evolutiva sino que es fruto de la selección del hombre dentro de la especie guiado por su sentido estético. La realidad es que, al ser los seres humanos los que hemos decidido cuales son las características que las identifica, la "raza" habrá que buscarla en todos aquellos rasgos morfológicos que se han decidido que van a constituir su patrón racial12. Además, y es muy importante, no debemos confundir raza con especie. Sobre que el perfil frontonasal es definitorio de la pureza de nuestra raza de caballos sólo puedo recordar las palabras de Friedrich Blumenbach, uno de los científicos que, precisamente, fue el que hizo la diferenciación de los seres humanos por el tipo de cráneo, que, ante la manipulación de sus estudios, manifestó sobre la generalización de los caracteres de todos los grupos étnicos lo siguiente: "No hay un solo carácter tan peculiar y tan universal dentro de los etíopes que no se pueda observar en todos los rincones del mundo y en otras variedades de hombres"13.

Pues bien, es cierto que uno de los perfiles que tuvo el caballo español fue el "acarnerado". Éste, como he señalado, se fomentó en la raza española durante el período barroco y estuvo vigente casi dos siglos14. Pero también es cierto que en España se comenzó a moderar su silueta a partir del siglo XVIII al cambiar los gustos estéticos que pasó a considerar que la manifestación barroca era vulgar15. Por tanto, llegar a afirmar que el caballo lusitano, por compartir hábitat con el español y tener el perfil acarnerado, pertenece a la misma raza es un error tanto desde el punto de vista evolutivo como histórico al obtenerse esta característica por simple selección. El caballo lusitano, en mayor o menor proporción, tiene del pura raza español lo que puede tener un hispano-árabe, un anglo-hispano, o un lippizano. Desde la óptica de un andaluz a éstos sólo se les puede considerar como razas o tipos de iares y enmarcados geográficamente en la misma península, su sentido estético en selección caballar es diferente. Es lo mismo que si afirmamos que la cultura de Holanda, Alemania, Italia, etc... es la misma que la española por el simple hecho de haber sido invadidos por éste. Una cosa es dominar un país por cualquier medio o administrarlo y otra que, éste, asimile la base cultural del dominador. El gusto portugués es distinto al andaluz y aunque en selección caballar, desde la creación del P.R.E., Portugal sigue la tendencia andaluza esa diferencia ha estado siempre presente. Baste decir que el propio Estado portugués permite que para mejorar sus caballos, y tendrá motivos para ello, las yeguas de raza lusitana puedan ser cubiertas por caballos pura raza españoles y seguir considerando a sus descendientes puros lusitanos. En cambio, el Estado español, y tendrá también sus motivos, no permite que los criadores de caballos españoles cubran sus yeguas con caballos lusitanos si el ganadero quiere mantener el certificado de pureza de raza española, porque sus descendientes no serían considerados caballos españoles sino hispano-lusitanos. Con estas aclaraciones no quiero decir que el caballo lusitano es de más o menos calidad que el P.R.E. sino, simplemente, que pertenecen a dos razas distintas.

Tampoco podemos extrañarnos de la similitud con la que numerosos autores nos han presentado el origen de ambos caballos. La causa de dicha semejanza es que muchos autores españoles, como se ha señalado, dieron por válidas las afirmaciones que Ruy d'Andrade expuso en su libro. Éstas, basadas en teorías indemostradas y en simples comentarios que él presentó como verdades históricas, hicieron que por simple repetición, desgraciadamente, tomara visos de autenticidad. Realmente el caballo lusitano es fruto de cruces que se llevaron a cabo entre pura raza españoles y caballos comunes portugueses principalmente a partir del siglo XVIII. Su parecido es consecuencia de que los portugueses, como el resto de las naciones europeas, desde la creación del caballo españolcierto, y así lo expongo en mi próximo libro que se titulará El caballo español con los reyes borbones (segunda parte de Historia y origen del caballo español), que se encuentra en proceso de traducción, que la cercanía geográfica de España y Portugal favoreció a que los caballos lusitanos hayan recibido con más frecuencia que el resto de las razas europeas "refrescos de sangre" del P.R.E. de ahí su mayor parecido.

Los andaluces fueron los únicos que, incluso, en algunos momentos en contra de sus intereses económicos y de forma preferente, hicieron evolucionar morfológicamente a su caballo acorde a los cambios estéticos y culturales que diferenció a este pueblo. Debemos tener presente que Andalucía no sólo es el lugar en el que nació nuestra raza de caballos si no que, más importante aún, fue en donde se preservó a través de los siglos. Los andaluces no se conformaron con que su caballo fuera funcional según le demandaban si no que, llegando más lejos, intentaron que también manifestara en su morfología y comportamiento parte de su ser. Por ello la selección a la que le sometieron los ganaderos andaluces fue distinta de la que vivieron los lusitanos, lippizanos, kladrub, etc... Tan dispar como diferencia existe entre la manifestación artística de un creador y la de un simple copista. Además, no olvidemos que el sentido estético andaluz no es sólo distinto al de otros países europeos si no, incluso, al de otras regiones españolas. Creo que si en el futuro los ganaderos de P.R.E. de todo el mundo quieren conseguir de forma autónoma para sus caballos las características que distingue y diferenciará a nuestra raza de caballos les recomendaría que asimilaran la idiosincracia cultural andaluza porque conocerla es acercarse a la comprensión de la evolución y del porqué de las formas del P.R.E.. De no hacerlo, aunque consigan incluso "mejorarlo", en pocas generaciones ya no serán andaluces si no, simplemente, caballos de otro raza porque en la evolución de nuestro caballo tan importante es conocer la cultura andaluza como el saber seleccionar a los reproductores idóneos para los fines que le reclamemos.

NOTAS:

1 1 Cordón, F. La función de la ciencia en la sociedad. Barcelona, Anthropos, 1982, pp. 107 y ss, 115-117. También: Pavitt, K. Los objetivos de la política tecnológica. En M. I González García; J.A. López Cerezo; J.L. Luján López (eds.): Ciencia, Tecnología y Sociedad. Barcelona, Ariel, 1997, pp. 191-204.

 

2 Sobre estos aspectos puede verse: Sanmartín, J. Los nuevos redentores. Reflexiones sobre la ingeniería genética, la sociobiología y el mundo feliz que nos prometen. Barcelona, Anthropos, 1987, pp. 25-36; González García, M.I.; López Cerezo, J.A.; Luján López, J.L.: Ciencia, tecnología y sociedad. Una introducción al estudio social de la ciencia y la tecnología. Madrid, Tecnos, 1996, pp. 19-34.

 

3 Altamirano Macarrón, J.C. Historia de los caballos cartujanos. Ediciones ecuestres, Málaga, 1999.

 

4 Smith, J.M. La teoría de la evolución. Madrid, H. Blume, 1984, p. 33. Sobre la variabilidad genética de las especies puede verse: Tellería Jorge, J.L. Zoología evolutiva de los vertebrados. Madrid, Síntesis, 1991, pp. 24-26. Cuando se pudo observar la enorme variabilidad genética en el seno de una misma especie fue cuando comenzó la selección artificial de animales domésticos.

 

5 Remane, A. Zoología sistemática. Clasificación del reino animal. Barcelona, Ed. Omega, 1980, p. XIV.

 

6 Merighi, V; Rassini, G. El Epagneul breton. Barcelona, Vecchi, 1995, p. 11. Esta raza se consiguió a partir de los animales resultantes de los cruces indiscriminados de setter, springer y pointer, durante una cuarentena, a la vuelta de una cacería en Inglaterra; el tipo resultante se cruzó con el setter inglés. En 1907 algunos expertos se interesaron por ellos y crearon el estándar de la raza.

 

7 Dykema, F. E. El Pastor Belga. Barcelona, Hispano Europea, 1994, p. 14. M. Beernaerts encontró un perro en Feluy-Algennes a la vez que Nicholas Rose adquirió una perra. Del cruce de ambos nació un perro negro de orejas pequeñas, ágil y veloz que dió origen a la raza.

 

8 Wyman, T. Como criar el Dobermann Pinscher. Barcelona, Hispano Europea, 1987, pp. 17-18. El 27 de agosto de 1899, Otto Goelle redactó las primeras normas de pureza de la raza, aceptándose oficialmente en 1900.

 

9 Ruy de Andrade. Alrededor del caballo español. Lisboa, 1954.

 

10 Altamirano Macarrón, J.C. Historia y origen del caballo español: las caballerizas reales de Córdoba. Málaga, Ed. A.M.C., 1998.

 

11 Ibidem.

 

12 Altamirano Macarrón, J.C. El caballo español: la evolución de su morfología. Ediciones ecuestres, Málaga, 2000.

 

13 A finales del siglo XIX la asimilación y la utilización ideológica de estos estudios hicieron que se realizara una investigación sobre las personas que estaban en la cárcel. Se hizo un cuadro en el que se relacionaba el tipo de delito cometido con el tipo de cráneo que tuviera el preso pues estaban convencidos de la correlación del cráneo con el carácter del individuo. Tan convencidos estaban los defensores de estas especulaciones que, incluso, salieron a la calle a buscar a las personas que presentasen estos tipos de cráneo, pues teniéndolos vigilados, evitarían asesinatos y robos. Cuando llevaban varios días de búsqueda se dieron cuenta que entre las personas que presentaban los tipos de cráneos elegidos como "peligrosos" había sacerdote, políticos, comerciantes, etc.

 

14 Ibid., pp. 160-170.

 

15 Ibid., p. 171.

 

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SOBRE LA DENOMINACION DE NUESTRO CABALLO

o la necesidad de conocer su historia

 

Es frecuente que en las discusiones sobre nuestro caballo algunos, quizás por un sentido regionalista, reivindiquen el nombre de andaluz eximiendo, como único argumento, que en algunos países es conocido como andalusian horse. En la actualidad y oficialmente su nombre es pura raza española, en abreviatura PRE y popularmente caballo español. Las conclusiones que vamos a exponer sobre ello, no son fruto de la improvisación sino el resultado de un largo proceso de estudio de la documentación en la que nos apoyamos que se encuentra expuesta en mi libro: Historia y origen del caballo español: las caballerizas reales de Córdoba.

Ya en los textos medievales y en los que se escribieron posteriormente en el Mundo Moderno se puede apreciar que muchos autores englobaban a los caballos criados en el sur de la península como una sola raza. No se tenía en cuenta las diferentes que se criaban tales como hacas, hacaneas1, frisones2, cuartagos, trotones3, etc. Posiblemente el desconocimiento de ello, hace que tratadistas actuales hayan fijado a nuestra raza características ajenas a ella e incluso certifiquen su mestizaje.

Esta reducción es posible explicarla si tenemos en cuenta que desde la antigüedad y antes de que la palabra raza tuviese el significado que tiene actualmente, se denominó a los caballos según el lugar de procedencia. Cualquier ejemplar procedente de Andalucía, al salir fuera de ella, se le denominaba caballo andaluz careciendo de la importancia la raza a la que perteneciera. Para los aficionados que vivían fuera de esta región, tan andaluza era la haca criada en estas tierras, como el animal más autóctono de dicha región. Cuando se hacía referencia a un caballo de un pais extranjero, se le denominaba por el nombre del mismo. De esta manera, si a España llegaba un caballo procedente de Frisia se llamaba frisón; si procedía de Portugal, portugués; de Nápoles, napolitano, etc. Incluso hoy es frecuente decir "he comprado un caballo alemán" sin especificar la raza. Si se quería distinguir a los de distintas regiones de un país, seguía este mismo principio, de ahí que a los procedentes de Extremadura, se les denominara extremeños; de Galicia, gallegos o de Asturias asturcones. Y en el municipio o zona geográfica de origen se les diferenciaría por castas; así serían caballos cartujanos, los de la Orden de la cartuja; marismeños, de las marismas; valenzuelas, de la Valenzuela y dentro de éstas por las líneas como las famosas de Rucio, Esclavo, Soldado, etc.

El nombre de español para nuestro caballo procede de 1567, año en el que Felipe II con la excusa de atender al bien público, determinó fundar una raza de caballos cuyo principal objetivo era mejorar las otras que se criaban en las distintas regiones de España a través de su sangre5. Decimos excusa porque, en realidad, el monarca trataba de justificar ante la sociedad la enorme inversión económica que la Hacienda Real tuvo que realizar para costear su desmesurada afición a los caballos. El éxito constituíria el final de una búsqueda milenaria: la obtención de una morfología, descrita ya por Simón de Atenas, Jenofonte o Columela en sus tratados, considerada como la más idónea para un caballo.

Para que se llevara a cabo el proyecto de conseguir el caballo español se eligió como lugar idóneo a Córdoba. El secetario real Francisco Eraso dirigió una Real Cédula el 28 de noviembre de ese mismo año al que era corregidor de la ciudad, Francisco Zapata de Cisneros6 para que se construyera una caballeriza7 y señalara las dehesas8, en los baldíos y realengos de esa ciudad, que proporcionarían el pasto y sustento de las mil doscientas yeguas que se comprarían. Así se hizo, librando los primeros 1.500 ducados para el mantenimiento de la yeguada y 500 para el comienzo de las obras de la caballeriza9.

El resultado del proyecto fue tan extraordinario que estos caballos nunca llegaron a cubrir las yeguas de las dehesas municipales sino que quedaron para uso privado de la corona y compra de voluntades, a través de regalos a reyes y nobles10.

El caballo español conquistaría el mundo a través de sus cualidades. Fue símbolo de un imperio y de una cultura que había sido capaz de conseguir lo que todo el mundo ansiaba, el caballo perfecto. Por ello en esta fecha se reconoció oficialmente la raza y se la denominó caballo español. Para preservar su pureza, se estableció un libro denominado Registro de caballos españoles, en el que se llevaba, como en el actual, las genealogías de todos los animales a fin de conocer sus orígenes.

Sería absurdo restar importancia que Andalucía tuvo en la creación del caballo español, pero también lo sería, negar la evidencia que el nombre con el que siempre se le distinguió desde su creción fue el de español.

Se dice que un pueblo está condenado a repetir su historia cuando la olvida y esto fue lo que ocurrió con nuestra raza. Los pasos que se dieron recientemente para definirla e incluso abrir un Libro de Registro, estaban ya dados cuatrocientos años antes.

Por ello no debemos olvidar, aunque a veces ocurra, qué fue lo que se buscó para que nuestra raza fuera la más deseada: su belleza, su nobleza y sus movimientos elevados que la distinguieron del resto de las razas existentes haciéndola digna de un rey.

 

NOTAS

1. Ver Cortes de Juan II de 20 de enero de 1432, pág.144, petición nº 34.

2. Inventario de la Caballeriza Real de Córdoba de 1586.

3. Cortes de Madrid, 9 de mayo de 1528, petición nº 72 dice de los trotones "deben de ser buenos para pelear armados".

4. Término municipal de Villafranca de Córdoba (Córdoba). Cuando en el siglo XIII se reconquistó esta ciudad la Orden de Calatrava se asntó en este lugar y le denominaron Valenzuela.

5. Real Cédula de 28 de abril de 1567 a Francisco Zapata de Cisneros.

6. Al que posteriormente se hizo Conde de Barajas.

7. Hoy Depósito de sementales.

8. Entre ellas cabe señalar las de Córdoba la Vieja, Ribera, Alameda del Obispo, Las Pendolillas y Las Gamonosas.

9. Este dinero procedía de las rentas de las salinas de la costa y del interior de Andalucía, posteriormente, al aumentar el presupuesto, se libraría de las penas de cámara de la ciudad de Córdoba.

10. De los caballos españoles sólo se vendían los desechos. Los precios que alcanzaron fueron tan elevados que con el importe de la venta de ocho deshechos se compraron treinta útiles de otras razas para los jenetes del ejercito de Orán. Carta de Juan Jerónimo Tinti a Felipe II en 1606.

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LA DOMA VAQUERA "AL SON DE LA GARROCHA"
Conferencia impartida por invitación de la Escuela de Equitación de Saumur, en noviembre de 2007 sobre Doma Vaquera.

 

El espectáculo "Cómo bailan los caballos andaluces", embrión de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, se inicia en el silencio de una breve oscuridad intencionada que prepara el espíritu y favorece la fusión con la música de guitarra que, como un tercer elemento, engrandece la histórica simbiosis del caballo y el jinete en tierras andaluzas. Con la entrada de un jinete sobre una jaca andaluza, vestido con indumentaria campera, a través de los arcos que dan acceso a la arena del picadero del Palacio jerezano del "Recreo de las Cadenas", da comienzo una exhibición de doma vaquera denominada "Al son de la Garrocha". Ejercicio ecuestre en el que el jinete con las riendas en la mano izquierda y la garrocha* en la derecha, realiza los movimientos de los que se sirven los vaqueros en el campo durante el trabajo diario con el toro bravo. Aunque la raíz de este ejercicio podría situarse en el "alanceo de toros", que los griegos practicaban en el mundo clásico para la caza de toros salvajes, el desarrollo de su técnica se inició en España en el siglo XIII, de donde proceden las primeras noticias de este tipo de celebración.

Si se quiere datar y conocer su origen tenemos que remontarnos al día en el que el hombre, lanza en ristre, se dirigió contra un enemigo en el campo de batalla o se enfrentó a algún animal en defensa de su vida o en busca de alimento. Sin embargo, su inicio como diversión hay que buscarlo en las "matanzas", acto que con el tiempo se convertiría en tradicional en España durante las fiestas navideñas. Consistía en encerrar a los toros en un cercado y lancearlos a caballo hasta darles muerte. El sistema resultó tan atractivo para los asistentes, a pesar de la sangría que se generaba, que llegó a convertirse en un espectáculo que se realizaba con cierta frecuencia en las plazas públicas españolas. En las fuentes historiográficas podemos encontrar descripciones de celebraciones de "alanceo de toros" en los compromisos matrimoniales de reyes, en el de los nobles, en los bautizos, fiestas populares y por la presencia de algún monarca.

A partir del siglo XVI, los nobles entraron en escena consiguiendo ser los actores principales de esos espectáculos porque, además de convertirse en su distracción favorita, su posición social y económica les permitía mantener caballos para participar en esos eventos. Pero, para que la práctica de este ejercicio proliferara entre la nobleza, tuvieron que confluir otros factores como el hecho de que los caballeros podían así mostrar su valor y habilidades a caballo ante los miembros de la corte. Además, la práctica de los juegos ecuestres fue fomentada por las recomendaciones médicas como medio de mantener la salud. Se consideraba que si una persona había estado realizando determinados ejercicios durante cierto tiempo, como los que se realizaba durante el combate, la práctica de los mismos contribuía a mantener la salud, mientras que su cese podía originar la enfermedad. De esta forma, las actividades guerreras de la nobleza medieval se convirtieron en ejercicios saludables para la renacentista. Los ejercicios recomendados fueron: tirar con arco, subir y bajar escaleras, hacer esgrima, o el más importante, montar a caballo, por ser considerado ejercicio de nobles. De ahí surgió la gran afición de la nobleza a los torneos, a las exhibiciones ecuestres, y a la doma académica, que tuvo como objetivo principal conseguir el dominio de los caballos a través de la razón. Con la práctica del "alanceo de toros" los nobles, que encontraron en el toro el sustituto del enemigo durante los períodos de paz, pudieron divertirse a la vez que se mantenían en forma porque realizaban dos ejercicios propios de los combates como eran el montar a caballo y el uso de la lanza.

La conjunción de los factores señalados incidió en la creación de un mito histórico, que por su importancia debemos resaltar, el caballo Pura Raza Español. Tradicionalmente se le ha atribuido un origen milenario al afirmarse que sus características procedían de la evolución natural y a su adaptación al medio geográfico andaluz. La realidad es que fue fruto del primer proyecto genético de la historia para conseguir un caballo con unas determinadas características psíquicas y morfológicas. Comenzó con la Real Cédula de 28 de noviembre de 1567 por la que el rey Felipe II ordenaba a Diego López de Haro, su caballerizo real en la ciudad de Córdoba, adquirir 1.200 yeguas y los sementales necesarios para crear una nueva raza de caballos. Mientras que hasta entonces se habían buscado ejemplares que sirvieran sólo como medio de locomoción, careciendo de importancia sus formas, ahora se trataba de crear un tipo de caballo con unas características que, desde la época clásica griega, había sido descrita como la más perfecta para un équido.

El nacimiento de este mito histórico, fruto del crisol de culturas que se dio en Andalucía, facilitó que se pudiese perfeccionar, expandir y mostrar la vertiente más bella del arte de la equitación. Logro que se obtuvo porque su entrega al jinete, y su capacidad para la reunión, propició que los grandes maestros se dieran cuenta de que ya no era necesario el uso de la fuerza para conseguir la colaboración de los équidos. La nobleza de este nuevo caballo permitió sustituir la serreta por la dulzura, el castigo por la recompensa y consiguieron que las riendas dejaran de ser sólo un freno, para convertirse en puente de transmisión del pensamiento del jinete. A partir de ese momento los nobles comenzaron a enfrentarse al toro con cierta tranquilidad porque, como se sabe, el haber conseguido el dominio de los caballos a través de la razón les daba la seguridad que les otorgaba el conocimiento.

Además de lo expuesto, coincidieron otras circunstancias para que el "alanceo de toros" alcanzaran una gran difusión en España. Entre ellas destacamos la facilidad con la que se podía mover el ganado vacuno de un lugar a otro o de encerrarlo, lo que permitió que la nobleza lo conservara para su entrenamiento. Este hecho facilitaría el desarrollo de esta modalidad ecuestre favoreciendo el proceso que le haría evolucionar hasta convertirse en el moderno rejoneo. Para comprender esa evolución tenemos que remontarnos a las que podríamos denominar corridas "caballerescas", que tuvieron su punto más álgido a partir del siglo XVII. Los nobles supieron trasladar a este espectáculo las reglas de la caballería pues, en el fondo y en la forma, continuaron practicando estos ejercicios con el mismo espíritu con el que siempre habían combatido. Hecho que se entiende perfectamente si tenemos en cuenta que el auge y la decadencia del "alanceo de toros" estuvo en relación directa con la evolución de la nobleza.

Desde mediados del siglo XVIII comenzó su declive como diversión de la nobleza motivado no solo por la aparición del toreo a pie, sino también por la obtención del toro bravo. El logro de esta raza puso en evidencia la escasa habilidad que mostraban algunos nobles en las plazas ya que el toro, hasta ese momento, carecía de la bravura por la que hoy es conocido. Precisamente, el problema que solía presentarse a los organizadores de los espectáculos taurinos, desde la época medieval hasta el siglo XVIII, fue la casi inexistente agresividad del toro. La falta de esa característica permitía lucirse a los jinetes en las fiestas salvo cuando salía algún ejemplar que ya la poseía. Incluso el emperador Carlos V cometió la proeza de lancear un toro el día del bautizo de su hijo Felipe II.

El interés de los ganaderos españoles por conseguir un toro con más bravura que realzara este tipo de diversión dio pronto resultado. En su consecución influyó en gran medida el alto precio que alcanzaban los ejemplares que poseían esa cualidad, precio que superaba al que obtenían por la carne. De este modo, a la vez que se iba logrando un ganado con más bravura, los nobles fueron abandonando los cosos, porque el toro obtenido desarrollaba un sentido que lo estaba convirtiendo en un animal muy peligroso. Otro factor que se dio para que los nobles abandonaran el fervor por las corridas, aunque algunos llegaron a dominar con destreza los lances taurinos, fue la evolución que se dio en la fiesta, de manera que en algunos momentos los jinetes se tenían que bajar del caballo y matar a la res en el suelo. Este hecho, además de relegarlos de actores principales a simples espectadores, favoreció la aparición de los primeros rejoneadores profesionales. Fue entonces cuando se cambió la lanza y la maza por el rejón convirtiéndolo en un verdadero espectáculo que, a partir de ese momento, también serviría de diversión y esparcimiento a las clases populares. Se trataba de un proceso de enorme importancia social porque favoreció la popularización del caballo en España al dejar de ser un elemento privativo de la nobleza.

Aunque los factores señalados favorecieron el declive del rejoneo, su esencia se mantuvo en el campo. La aparición del oficio de vaquero permitió que permaneciera su espíritu tras la obtención de la res de lidia*. Este hecho obligó a los vaqueros a desarrollar un sistema de monta conocida como doma vaquera, cuya finalidad era conseguir que el jinete cabalgara en el campo con mayor seguridad en su trabajo diario con el toro bravo. Aunque algunos autores también han otorgado a esta doma una antigüedad milenaria, realmente se inició en el siglo XVIII en el campo español. Fue entonces cuando en España se invirtió el proceso evolutivo de la equitación: la doma que se había originado al aire libre y posteriormente se había introducido en el picadero, ahora salía del mismo para crear una nueva modalidad. De la suntuosidad de la corte se fue generalizando su uso en el campo favoreciendo el inicio de un proceso trascendental en la equitación andaluza: la fusión de una ya centenaria tradición como era el "alanceo de toros", con un nuevo quehacer como era la profesionalización del trabajo con el toro bravo en el campo. Y esta función hizo crear nuevos y necesarios movimientos como: "arrones"*, "parones"*, "piruetas" o "medias paradas" que no nacieron de un profundo pensamiento filosófico ecuestre, como lo había hecho la equitación académica, sino de la improvisación porque eran imprescindibles para que los vaqueros pudieran esquivar la muerte. Para ello, se tuvieron que modificar parámetros de doma considerados ya inamovibles, al conocerse que la esencia del arte ecuestre radicaba en conseguir que los caballos realizaran los aires naturales con la mayor suavidad y expresividad.

Una de las consecuencias de ese cambio fue la lenta pero eficaz modificación de los arreos de las caballerías y de la vestimenta de los jinetes, que favoreció que en el binomio jinete-caballo todo tuviera un nuevo significado derivado de una función previa. La nueva función hizo que las crines de los caballos, admiradas y deseadas para los équidos durante siglos, fueran acortadas así como las cerdas de la cola, con el objetivo de disminuir el tiempo que el vaquero tenía que dedicar a mantener el aseo de su caballería. Además, la presencia de insectos en el campo condujo a que se rapasen los tufos de los caballos y se sustituyeran por una frontalera en la cabezada de la que colgaban tiras de cuero, hoy también de seda y cerdas. De este modo se conseguía ahuyentar esos insectos de la cara con el movimiento que creaba la caballería al caminar. Las hebillas de plata en los jaeces de los nobles pasaron a ser de hierro pulido en los de los vaqueros. Su menor costo y su facilidad para mantenerlo siempre perfecto, a través del pavonado* que se hacía por la noche en la misma lumbre en la que se calentaban, facilitó que se utilizara este sistema también en frenos y estribos. Los primeros se simplificaron en varias clases que recibieron denominaciones según sus formas, siendo los más frecuentes: el "asa caldero", el de "boca de sapo" y el de "cuello de pichón" tipos todos ellos que tenían y tienen que usar obligatoriamente cadenilla barbada. Los clásicos estribos fueron transformándose para evitar que el jinete pudiese quedar estribado en el campo alejado de cualquier tipo de ayuda y que los pies, además de estar protegidos, pudieran descansar al apoyarlos cómodamente durante las largas jornadas de los vaqueros. La montura fue sustituida por la albarda de la que derivó la actual silla vaquera, reminiscencia de la árabe, de la que se puede destacar la comodidad que ofrece al jinete en perjuicio quizás de la del caballo.

La vestimenta del jinete, al igual que los jaeces de los caballos, sufrió modificaciones importantes a fin de adaptarla al medio en el que se iba a usar. En el siglo XVIII la estética de origen francés fue asimilada por las clases nobles y se extendió por todo el reino español. Los suntuosos carruajes, las diferentes razas de caballos que se importaron para tirar de ellos, los complejos trajes, las empolvadas pelucas y las lujosas casacas chocaban frontalmente con la sencillez en el vestir de las personas del medio rural. Alejadas de la corte, buscaban en su vestimenta no sólo la resistencia sino también la utilidad. En Andalucía, la suntuosidad y el colorido cedieron ante la sencillez del traje oscuro y la camisa blanca del vaquero que, al hacerse jinete, la modificó para hacerla más funcional y cómoda. Los pantalones, generalmente de tela fuerte, derivaron en la calzona que, sujeta en la actualidad por tirantes, ajustaba entonces en la rodilla con agujeta* y cairel*. El calzón corto se fue prolongando hasta terminar con una vuelta hacia arriba con el que es usual utilizar el boto*. A fin de proteger las piernas y las calzonas de la lluvia, del barro y de los arañazos durante el trabajo en la dehesa, el vaquero se cubrió con los zahones que, confeccionados de cuero y embellecidos con bordados de tiras de piel de gato, se abrocha a las piernas y en la cintura sobre la faja* que solía ser de color negro. La chaquetilla, sin cuello, de color claro, utilizada también en la actualidad, derivó de la zamarra de piel peluda que el vaquero utilizaba antes de ser jinete, y que aún siguen usando algunos pastores en zonas montañosas. Para que la chaquetilla no pudiera engancharse en la concha de la silla vaquera se recortó de forma redondeada por la parte de la espalda. Para protegerse del sol y de la lluvia, el vaquero se cubría con sombrero de fieltro de ala ancha y copa redondeada de colores como el negro, marrón o gris que derivó del "catite"*. En invierno, el vaquero llevaba una manta sujeta al arzón delantero de la silla que por su largo, casi a la altura de los estribos, recibe el nombre de "manta estribera". También se solía usar un tipo de chaquetón denominado "marsellés", quienes tenían mayor poder adquisitivo. Los protectores de las pantorrillas, antes de piel de borrego atados con cintas, derivaron en las actuales polainas* que caían sobre los botines* en los que se abrochaban las espuelas con correas de piel.

La experiencia que se fue adquiriendo en la relación con el toro bravo hizo pensar a los ganaderos que realizando ciertas pruebas, desde que el toro era novillo, podrían acelerar el proceso para conseguir más rápidamente ejemplares con bravura. Así, se comenzó a realizar las "tientas", dedicadas casi en exclusiva a la selección de las vaquillas, con el fin de probar su bravura incluso, posteriormente, para seleccionar la forma de su embestida. Pero también se comenzó a utilizar una nueva modalidad derivada del "alanceo": el "acoso y derribo". El ejercicio consistía en perseguir a caballo a un becerro, a campo abierto, para derribarlo con la garrocha en un punto concreto en el que, una vez levantado, se probaba su bravura ante un picador. Este tipo de prueba ha sido reglamentado por la Federación Hípica Española como modalidad deportiva y consiste en el derribo de una res por dos jinetes. Midiéndose el tiempo en el que se consigue y la forma del derribo.

Si el siglo XVII fue el momento más álgido del "alanceo", a partir del XVIII, a pesar de que se desarrolló la base del actual rejoneo, comenzó su declive. Durante el siglo XIX fueron escasas las manifestaciones de estos espectáculos debido al fin de la monarquía absoluta, a la relegación de la nobleza, consecuencia de la Revolución francesa, así como a otra serie de elementos sociales y políticos del siglo XIX español. Se tendría que esperar a la segunda década del siglo XX para que comenzara el resurgir del rejoneo que volvió a sus raíces sociales. La mayoría de las personas que lo realizaron pertenecían a familias adineradas porque, como en el pasado, se necesitaba de los medios económicos que permitieran mantener una cuadra de caballos. La reaparición de estos espectáculos taurinos hizo que se reglamentaran detalladamente, porque los rejoneadores ya eran profesionales que cobraban unos honorarios y se disputaban el favor del público. El resurgir de este arte en España fue paralelo a la llegada a las plazas del rejoneador cordobés Antonio Cañero, en 1920, hijo de un profesor de equitación que consiguió hacer renacer el toreo a caballo desde su conocimiento de la doma vaquera. Con él evolucionó la figura del rejoneador pues ya no serían caballeros vestidos a la vieja usanza sino jinetes que conseguían dar un aire campero a un arte inicialmente barroco y palaciego. Y es precisamente en una de la instituciones más importante de la cultura andaluza, la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, donde se preserva y se exhibe con belleza y elegancia la esencia de la doma vaquera como legado en el que se fusionan culturas y costumbres milenarias.

DICCIONARIO DE PALABRAS:

Agujeta.- Cordones de tiras de piel.

Albarda.- Manta que se utilizaba como silla en el campo.

Arreones.- Reacción de las caballerías con salida rápida desde la posición de parado por indicación del jinete.

Botines.- Zapatos de piel que cuando el jinete lo utiliza para montar suele utilizar polainas.

Boto.- Bota alta de piel de montar a caballo. Típico de Andalucía.

Cairel.- Botones.

Calzona.- Pantalón típico campero andaluz que se utiliza para montar a caballo.

Catite.- Sombrero de copa alta.

Concha.- Arzón trasero de forma redondeada de las sillas vaqueras.

Faja.- Trozo de tela que servía como protector de los riñones a los jinetes.

Garrocha.- Vara para picar toros de madera y una punta de acero.

Res de Lidia.- Toro bravo.

Parones.- Parada brusca de las caballerías por indicación del jinete.

Pavonado.- Sistema que consiste en calentar los hierros a fuego para posteriormente calientes introducirlos enaceite. De esta forma adquieren color negro y quedan protegidos de la oxidación.

Polainas.- Protección de cuero que rodea las piernas del jinete.