La doma vaquera «Al son de la garrocha»

Conferencia impartida por invitación de la Escuela de Equitación de Saumur, en noviembre de 2007 sobre Doma Vaquera.

El espectáculo «Cómo bailan los caballos andaluces», embrión de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, se inicia en el silencio de una breve oscuridad intencionada que prepara el espíritu y favorece la fusión con la música de guitarra que, como un tercer elemento, engrandece la histórica simbiosis del caballo y el jinete en tierras andaluzas. Con la entrada de un jinete sobre una jaca andaluza, vestido con indumentaria campera, a través de los arcos que dan acceso a la arena del picadero del Palacio jerezano del «Recreo de las Cadenas», da comienzo una exhibición de doma vaquera denominada «Al son de la Garrocha». Ejercicio ecuestre en el que el jinete con las riendas en la mano izquierda y la garrocha* en la derecha, realiza los movimientos de los que se sirven los vaqueros en el campo durante el trabajo diario con el toro bravo. Aunque la raíz de este ejercicio podría situarse en el «alanceo de toros», que los griegos practicaban en el mundo clásico para la caza de toros salvajes, el desarrollo de su técnica se inició en España en el siglo XIII, de donde proceden las primeras noticias de este tipo de celebración.

Si se quiere datar y conocer su origen tenemos que remontarnos al día en el que el hombre, lanza en ristre, se dirigió contra un enemigo en el campo de batalla o se enfrentó a algún animal en defensa de su vida o en busca de alimento. Sin embargo, su inicio como diversión hay que buscarlo en las «matanzas», acto que con el tiempo se convertiría en tradicional en España durante las fiestas navideñas. Consistía en encerrar a los toros en un cercado y lancearlos a caballo hasta darles muerte. El sistema resultó tan atractivo para los asistentes, a pesar de la sangría que se generaba, que llegó a convertirse en un espectáculo que se realizaba con cierta frecuencia en las plazas públicas españolas. En las fuentes historiográficas podemos encontrar descripciones de celebraciones de «alanceo de toros» en los compromisos matrimoniales de reyes, en el de los nobles, en los bautizos, fiestas populares y por la presencia de algún monarca.

A partir del siglo XVI, los nobles entraron en escena consiguiendo ser los actores principales de esos espectáculos porque, además de convertirse en su distracción favorita, su posición social y económica les permitía mantener caballos para participar en esos eventos. Pero, para que la práctica de este ejercicio proliferara entre la nobleza, tuvieron que confluir otros factores como el hecho de que los caballeros podían así mostrar su valor y habilidades a caballo ante los miembros de la corte. Además, la práctica de los juegos ecuestres fue fomentada por las recomendaciones médicas como medio de mantener la salud. Se consideraba que si una persona había estado realizando determinados ejercicios durante cierto tiempo, como los que se realizaba durante el combate, la práctica de los mismos contribuía a mantener la salud, mientras que su cese podía originar la enfermedad. De esta forma, las actividades guerreras de la nobleza medieval se convirtieron en ejercicios saludables para la renacentista. Los ejercicios recomendados fueron: tirar con arco, subir y bajar escaleras, hacer esgrima, o el más importante, montar a caballo, por ser considerado ejercicio de nobles. De ahí surgió la gran afición de la nobleza a los torneos, a las exhibiciones ecuestres, y a la doma académica, que tuvo como objetivo principal conseguir el dominio de los caballos a través de la razón. Con la práctica del «alanceo de toros» los nobles, que encontraron en el toro el sustituto del enemigo durante los períodos de paz, pudieron divertirse a la vez que se mantenían en forma porque realizaban dos ejercicios propios de los combates como eran el montar a caballo y el uso de la lanza.

La conjunción de los factores señalados incidió en la creación de un mito histórico, que por su importancia debemos resaltar, el caballo Pura Raza Español. Tradicionalmente se le ha atribuido un origen milenario al afirmarse que sus características procedían de la evolución natural y a su adaptación al medio geográfico andaluz. La realidad es que fue fruto del primer proyecto genético de la historia para conseguir un caballo con unas determinadas características psíquicas y morfológicas. Comenzó con la Real Cédula de 28 de noviembre de 1567 por la que el rey Felipe II ordenaba a Diego López de Haro, su caballerizo real en la ciudad de Córdoba, adquirir 1.200 yeguas y los sementales necesarios para crear una nueva raza de caballos. Mientras que hasta entonces se habían buscado ejemplares que sirvieran sólo como medio de locomoción, careciendo de importancia sus formas, ahora se trataba de crear un tipo de caballo con unas características que, desde la época clásica griega, había sido descrita como la más perfecta para un équido.

El nacimiento de este mito histórico, fruto del crisol de culturas que se dio en Andalucía, facilitó que se pudiese perfeccionar, expandir y mostrar la vertiente más bella del arte de la equitación. Logro que se obtuvo porque su entrega al jinete, y su capacidad para la reunión, propició que los grandes maestros se dieran cuenta de que ya no era necesario el uso de la fuerza para conseguir la colaboración de los équidos. La nobleza de este nuevo caballo permitió sustituir la serreta por la dulzura, el castigo por la recompensa y consiguieron que las riendas dejaran de ser sólo un freno, para convertirse en puente de transmisión del pensamiento del jinete. A partir de ese momento los nobles comenzaron a enfrentarse al toro con cierta tranquilidad porque, como se sabe, el haber conseguido el dominio de los caballos a través de la razón les daba la seguridad que les otorgaba el conocimiento.

Además de lo expuesto, coincidieron otras circunstancias para que el «alanceo de toros» alcanzaran una gran difusión en España. Entre ellas destacamos la facilidad con la que se podía mover el ganado vacuno de un lugar a otro o de encerrarlo, lo que permitió que la nobleza lo conservara para su entrenamiento. Este hecho facilitaría el desarrollo de esta modalidad ecuestre favoreciendo el proceso que le haría evolucionar hasta convertirse en el moderno rejoneo. Para comprender esa evolución tenemos que remontarnos a las que podríamos denominar corridas «caballerescas», que tuvieron su punto más álgido a partir del siglo XVII. Los nobles supieron trasladar a este espectáculo las reglas de la caballería pues, en el fondo y en la forma, continuaron practicando estos ejercicios con el mismo espíritu con el que siempre habían combatido. Hecho que se entiende perfectamente si tenemos en cuenta que el auge y la decadencia del «alanceo de toros» estuvo en relación directa con la evolución de la nobleza.

Desde mediados del siglo XVIII comenzó su declive como diversión de la nobleza motivado no solo por la aparición del toreo a pie, sino también por la obtención del toro bravo. El logro de esta raza puso en evidencia la escasa habilidad que mostraban algunos nobles en las plazas ya que el toro, hasta ese momento, carecía de la bravura por la que hoy es conocido. Precisamente, el problema que solía presentarse a los organizadores de los espectáculos taurinos, desde la época medieval hasta el siglo XVIII, fue la casi inexistente agresividad del toro. La falta de esa característica permitía lucirse a los jinetes en las fiestas salvo cuando salía algún ejemplar que ya la poseía. Incluso el emperador Carlos V cometió la proeza de lancear un toro el día del bautizo de su hijo Felipe II.

El interés de los ganaderos españoles por conseguir un toro con más bravura que realzara este tipo de diversión dio pronto resultado. En su consecución influyó en gran medida el alto precio que alcanzaban los ejemplares que poseían esa cualidad, precio que superaba al que obtenían por la carne. De este modo, a la vez que se iba logrando un ganado con más bravura, los nobles fueron abandonando los cosos, porque el toro obtenido desarrollaba un sentido que lo estaba convirtiendo en un animal muy peligroso. Otro factor que se dio para que los nobles abandonaran el fervor por las corridas, aunque algunos llegaron a dominar con destreza los lances taurinos, fue la evolución que se dio en la fiesta, de manera que en algunos momentos los jinetes se tenían que bajar del caballo y matar a la res en el suelo. Este hecho, además de relegarlos de actores principales a simples espectadores, favoreció la aparición de los primeros rejoneadores profesionales. Fue entonces cuando se cambió la lanza y la maza por el rejón convirtiéndolo en un verdadero espectáculo que, a partir de ese momento, también serviría de diversión y esparcimiento a las clases populares. Se trataba de un proceso de enorme importancia social porque favoreció la popularización del caballo en España al dejar de ser un elemento privativo de la nobleza.

Aunque los factores señalados favorecieron el declive del rejoneo, su esencia se mantuvo en el campo. La aparición del oficio de vaquero permitió que permaneciera su espíritu tras la obtención de la res de lidia. Este hecho obligó a los vaqueros a desarrollar un sistema de monta conocida como doma vaquera, cuya finalidad era conseguir que el jinete cabalgara en el campo con mayor seguridad en su trabajo diario con el toro bravo. Aunque algunos autores también han otorgado a esta doma una antigüedad milenaria, realmente se inició en el siglo XVIII en el campo español. Fue entonces cuando en España se invirtió el proceso evolutivo de la equitación: la doma que se había originado al aire libre y posteriormente se había introducido en el picadero, ahora salía del mismo para crear una nueva modalidad. De la suntuosidad de la corte se fue generalizando su uso en el campo favoreciendo el inicio de un proceso trascendental en la equitación andaluza: la fusión de una ya centenaria tradición como era el «alanceo de toros», con un nuevo quehacer como era la profesionalización del trabajo con el toro bravo en el campo. Y esta función hizo crear nuevos y necesarios movimientos como: «arrones», «parones»*, «piruetas» o «medias paradas» que no nacieron de un profundo pensamiento filosófico ecuestre, como lo había hecho la equitación académica, sino de la improvisación porque eran imprescindibles para que los vaqueros pudieran esquivar la muerte. Para ello, se tuvieron que modificar parámetros de doma considerados ya inamovibles, al conocerse que la esencia del arte ecuestre radicaba en conseguir que los caballos realizaran los aires naturales con la mayor suavidad y expresividad.

Una de las consecuencias de ese cambio fue la lenta pero eficaz modificación de los arreos de las caballerías y de la vestimenta de los jinetes, que favoreció que en el binomio jinete-caballo todo tuviera un nuevo significado derivado de una función previa. La nueva función hizo que las crines de los caballos, admiradas y deseadas para los équidos durante siglos, fueran acortadas así como las cerdas de la cola, con el objetivo de disminuir el tiempo que el vaquero tenía que dedicar a mantener el aseo de su caballería. Además, la presencia de insectos en el campo condujo a que se rapasen los tufos de los caballos y se sustituyeran por una frontalera en la cabezada de la que colgaban tiras de cuero, hoy también de seda y cerdas. De este modo se conseguía ahuyentar esos insectos de la cara con el movimiento que creaba la caballería al caminar. Las hebillas de plata en los jaeces de los nobles pasaron a ser de hierro pulido en los de los vaqueros. Su menor costo y su facilidad para mantenerlo siempre perfecto, a través del pavonado* que se hacía por la noche en la misma lumbre en la que se calentaban, facilitó que se utilizara este sistema también en frenos y estribos. Los primeros se simplificaron en varias clases que recibieron denominaciones según sus formas, siendo los más frecuentes: el «asa caldero», el de «boca de sapo» y el de «cuello de pichón» tipos todos ellos que tenían y tienen que usar obligatoriamente cadenilla barbada. Los clásicos estribos fueron transformándose para evitar que el jinete pudiese quedar estribado en el campo alejado de cualquier tipo de ayuda y que los pies, además de estar protegidos, pudieran descansar al apoyarlos cómodamente durante las largas jornadas de los vaqueros. La montura fue sustituida por la albarda de la que derivó la actual silla vaquera, reminiscencia de la árabe, de la que se puede destacar la comodidad que ofrece al jinete en perjuicio quizás de la del caballo.

La vestimenta del jinete, al igual que los jaeces de los caballos, sufrió modificaciones importantes a fin de adaptarla al medio en el que se iba a usar. En el siglo XVIII la estética de origen francés fue asimilada por las clases nobles y se extendió por todo el reino español. Los suntuosos carruajes, las diferentes razas de caballos que se importaron para tirar de ellos, los complejos trajes, las empolvadas pelucas y las lujosas casacas chocaban frontalmente con la sencillez en el vestir de las personas del medio rural. Alejadas de la corte, buscaban en su vestimenta no sólo la resistencia sino también la utilidad. En Andalucía, la suntuosidad y el colorido cedieron ante la sencillez del traje oscuro y la camisa blanca del vaquero que, al hacerse jinete, la modificó para hacerla más funcional y cómoda. Los pantalones, generalmente de tela fuerte, derivaron en la calzona que, sujeta en la actualidad por tirantes, ajustaba entonces en la rodilla con agujeta* y cairel. El calzón corto se fue prolongando hasta terminar con una vuelta hacia arriba con el que es usual utilizar el boto. A fin de proteger las piernas y las calzonas de la lluvia, del barro y de los arañazos durante el trabajo en la dehesa, el vaquero se cubrió con los zahones que, confeccionados de cuero y embellecidos con bordados de tiras de piel de gato, se abrocha a las piernas y en la cintura sobre la faja* que solía ser de color negro. La chaquetilla, sin cuello, de color claro, utilizada también en la actualidad, derivó de la zamarra de piel peluda que el vaquero utilizaba antes de ser jinete, y que aún siguen usando algunos pastores en zonas montañosas. Para que la chaquetilla no pudiera engancharse en la concha de la silla vaquera se recortó de forma redondeada por la parte de la espalda. Para protegerse del sol y de la lluvia, el vaquero se cubría con sombrero de fieltro de ala ancha y copa redondeada de colores como el negro, marrón o gris que derivó del «catite». En invierno, el vaquero llevaba una manta sujeta al arzón delantero de la silla que por su largo, casi a la altura de los estribos, recibe el nombre de «manta estribera». También se solía usar un tipo de chaquetón denominado «marsellés», quienes tenían mayor poder adquisitivo. Los protectores de las pantorrillas, antes de piel de borrego atados con cintas, derivaron en las actuales polainas que caían sobre los botines* en los que se abrochaban las espuelas con correas de piel.

La experiencia que se fue adquiriendo en la relación con el toro bravo hizo pensar a los ganaderos que realizando ciertas pruebas, desde que el toro era novillo, podrían acelerar el proceso para conseguir más rápidamente ejemplares con bravura. Así, se comenzó a realizar las «tientas», dedicadas casi en exclusiva a la selección de las vaquillas, con el fin de probar su bravura incluso, posteriormente, para seleccionar la forma de su embestida. Pero también se comenzó a utilizar una nueva modalidad derivada del «alanceo»: el «acoso y derribo». El ejercicio consistía en perseguir a caballo a un becerro, a campo abierto, para derribarlo con la garrocha en un punto concreto en el que, una vez levantado, se probaba su bravura ante un picador. Este tipo de prueba ha sido reglamentado por la Federación Hípica Española como modalidad deportiva y consiste en el derribo de una res por dos jinetes. Midiéndose el tiempo en el que se consigue y la forma del derribo.

Si el siglo XVII fue el momento más álgido del «alanceo», a partir del XVIII, a pesar de que se desarrolló la base del actual rejoneo, comenzó su declive. Durante el siglo XIX fueron escasas las manifestaciones de estos espectáculos debido al fin de la monarquía absoluta, a la relegación de la nobleza, consecuencia de la Revolución francesa, así como a otra serie de elementos sociales y políticos del siglo XIX español. Se tendría que esperar a la segunda década del siglo XX para que comenzara el resurgir del rejoneo que volvió a sus raíces sociales. La mayoría de las personas que lo realizaron pertenecían a familias adineradas porque, como en el pasado, se necesitaba de los medios económicos que permitieran mantener una cuadra de caballos. La reaparición de estos espectáculos taurinos hizo que se reglamentaran detalladamente, porque los rejoneadores ya eran profesionales que cobraban unos honorarios y se disputaban el favor del público. El resurgir de este arte en España fue paralelo a la llegada a las plazas del rejoneador cordobés Antonio Cañero, en 1920, hijo de un profesor de equitación que consiguió hacer renacer el toreo a caballo desde su conocimiento de la doma vaquera. Con él evolucionó la figura del rejoneador pues ya no serían caballeros vestidos a la vieja usanza sino jinetes que conseguían dar un aire campero a un arte inicialmente barroco y palaciego. Y es precisamente en una de la instituciones más importante de la cultura andaluza, la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, donde se preserva y se exhibe con belleza y elegancia la esencia de la doma vaquera como legado en el que se fusionan culturas y costumbres milenarias.
DICCIONARIO DE PALABRAS:

Agujeta.- Cordones de tiras de piel.

Albarda.- Manta que se utilizaba como silla en el campo.

Arreones.- Reacción de las caballerías con salida rápida desde la posición de parado por indicación del jinete.

Botines.- Zapatos de piel que cuando el jinete lo utiliza para montar suele utilizar polainas.

Boto.- Bota alta de piel de montar a caballo. Típico de Andalucía.

Cairel.- Botones.

Calzona.- Pantalón típico campero andaluz que se utiliza para montar a caballo.

Catite.- Sombrero de copa alta.

Concha.- Arzón trasero de forma redondeada de las sillas vaqueras.

Faja.- Trozo de tela que servía como protector de los riñones a los jinetes.

Garrocha.- Vara para picar toros de madera y una punta de acero.

Res de Lidia.- Toro bravo.

Parones.- Parada brusca de las caballerías por indicación del jinete.

Pavonado.- Sistema que consiste en calentar los hierros a fuego para posteriormente calientes introducirlos enaceite. De esta forma adquieren color negro y quedan protegidos de la oxidación.

Polainas.- Protección de cuero que rodea las piernas del jinete.