Lusitanos

Desde hace unas décadas se ha venido produciendo una relegación de las humanidades en diferentes ámbitos de la enseñanza y la investigación. Se da preferencia a la inversión en proyectos tecnológicos pues con ellos se asegura un beneficio económico rápido, que a su vez repercute en la acción política. El cumulo de descubrimientos con propósitos pragmáticos y sin ser elevados a teorías y la fácil visualización de los resultados de los proyectos técnicos, junto a otros factores, hace que se asuma acríticamente lo que el mundo de las ciencias aplicadas ofrece. Ello conduce a que se adquiera la falsa convicción de que la ciencia es inaccesible para la mayoría de las personas y, en consecuencia, que éstas no tengan otra opción que creer en lugar de conocer aquello que ofrece la actividad científica1.

No parece que sea necesario insistir en la capacidad crítica que proporciona los contenidos de los distintos campos que componen las humanidades, y que sin esas referencias el ser humano se encuentra sin herramientas para cuestionar los hechos sociales; de esta manera acaba siendo menos libre y, consecuentemente, tanto más fácil de que asuma la ideología cientificista y de reconducirlo hacia determinadas posiciones. Precisamente ahí radica la relevancia de fomentar o no el desarrollo de estas áreas, en la libertad de pensamiento que crea. Restar importancia a la sociología, la antropología, la psicología, la filosofía o la historia, entre otras, sólo demuestra que se desconoce que a ellas le debemos las cotas científicas conseguidas hasta la actualidad. Basta echar una hojeada a la historia de la ciencia para comprobar que el desarrollo del conocimiento científico no es lineal, está sometido a retrocesos y rupturas dependientes no sólo de cuestiones científicas -metodológicas-, sino sociales, culturales o políticas, y esto pone en cuestión el supuesto progreso que proporcionaría el avance exclusivamente tecnológico2.

Dos muestras de cómo la potenciación del desarrollo de la tecnología a expensas de la relegación de las humanidades conduce a que se adopten posiciones ante la realidad más próximas a lo que son creencias en lugar de conocimientos es lo que hasta ahora se ha sabido sobre el caballo pura raza español. La falta de investigación de su historia ha conducido a que se explique su morfología según la doctrina darwinista, por evolución natural, cuando en realidad es un logro del hombre a través de la selección, en el siglo XVI. Así como afirmar la pureza cartujana en los caballos de la línea conocida como del «bocado» cuando los caballos cartujanos dejaron de existir a principios del siglo XIX3.

No es mi deseo y sería un atrevimiento por mi parte el querer exponer en una breves líneas el resultado que expongo en algunos de mis libros. Sólo quiero referirme a un hecho que me causó una cierta curiosidad durante el primer viaje que realicé a Estados Unidos a impartir varias conferencias sobre nuestro caballo. Se trata de la convicción que se tiene sobre la relación del caballo lusitano y el caballo español, al creerse, erróneamente, que los dos pertenecen a la misma raza por haber nacido en el mismo hábitat. Tanta manipulación y confusión se ha creado alrededor de estos dos caballos en este país que incluso utilizan para el lusitano la denominación de «andalusian horse». Si siguiéramos la teoría que defienden algunos autores referente a que el caballo español es fruto de la evolución natural adaptado al medio geográfico, se deduciría que el caballo lusitano, por compartir un hábitat similar, podría ser de la misma raza y, siguiendo esa línea argumental, se podría aceptar, incluso, que, ambos, procedieran del enigmático «caballo ibérico». Pero si para explicar este hecho se cuenta con las explicaciones que proporciona la investigación histórica pasaremos de las creencias al conocimiento y podremos ver como esa teoría carece de rigor para ser aceptada.

El eslabón que algunos autores, aficionados y ganaderos portugueses han utilizado para unificar al lusitano y al español en la misma raza es, aparte de los intereses comerciales, el mitológico «caballo ibérico». Pero, ¿qué es el caballo ibérico?; desde el conocimiento actual, y así lo demuestra los restos encontrados, sólo podemos entender por este nombre a la especie o subespecie que pudo existir en esta península. Pero si lo que se intenta con esta denominación es proporcionar un nombre a una raza que poseía la actual configuración morfológica de ambos caballos, estaríamos ayudando a crear una fantasía que en nada refleja la realidad. Porque, siguiendo esa teoría se podría afirmar que las razas de caballos que podríamos denominar «regionales» como el gallego, asturcón, o el pottoka, entre otros, serían también «caballos ibéricos» y por ello tendríamos que aceptarlos dentro de la misma raza que el lusitano y el español. Y esta conclusión nos llevaría a una pregunta inevitable: ¿en que se parecen estos caballos al lusitano y al español?, sencillamente en nada. Sólo que son individuos que pertenecen a la misma especie. Los restos encontrados muestran tal variedad de características que no es posible encuadrarlos en ningún tipo conocido. No muestran ningún tipo de uniformidad que haga creer que existió una raza concreta con unas características determinadas como se ha estado defendiendo hasta ahora.

Portugal y España son dos países ubicados en la misma península pero, tanto uno como otro, tuvieron zonas aisladas geográficamente y también separadas por largos períodos de guerra. Regiones de estos países fueron invadidos por pueblos tan dispares como: íberos, celtas, fenicios, cartagineses, bizantinos, romanos, árabes, etc. que, por sus distintas necesidades y culturas, hacen pensar en la imposibilidad de mantener el mismo tipo de caballo durante esos períodos históricos. En este proceso también influyó la propia variabilidad genética de la especie4, ya que, como sabemos, sólo en mellizos univitelinos o en animales clonados se encuentra un material genético homogéneo5. Precisamente fue en esta característica, la variabilidad genética, en la que se apoyó el hombre para conseguir razas distintas dentro de la misma especie (todas las existentes) y el rey Felipe II la utilizaría para crear en la ciudad de Córdoba, bajo la dirección de Diego López de Haro, al caballo pura raza español.

En la Introducción de mi libro Historia y origen del caballo español: las caballerizas reales de Córdoba expongo:

«La creación del caballo español ha sido un caso más de selección realizada por el hombre en su deseo de obtener nuevas razas; así se obtuvieron el perro epagneul bretón en 1896/6), el pastor belga conseguido por M. Beernaerts en 18917, o el doberman entre 1834 y 1894. Las características de este último fueron prefijadas con anterioridad por su creador, Louis Dobermann (Turingia, Alemania); para ello realizó cruces entre el gran danés, el setter, el daschsund y el terrier de pelo suave8. Como cualquiera puede observar, el doberman, aun descendiéndo de estos perros, no manifiesta parecido alguno con ellos. Pero de lo que no cabe duda es que con anterioridad a la realización de este proyecto esta raza de perros no existía. Eso fue lo mismo que ocurrió con el P.R.E. en la ciudad de Córdoba en la segunda mitad del siglo XVI.»

Como señalaba al principio de este artículo buena parte de la responsabilidad sobre el desconocimiento de la historia, incluyendo la de estas razas equinas, se debe a la poca importancia que se le ha dado a las humanidades. Pero lo que también ha incidido, e hizo agravar esta confusión, es el hecho de que se haya manipulado, bien por intereses particulares o por error, las lagunas existentes en el conocimiento histórico. Han sido numerosos los autores españoles que han favorecido la creencia de que el caballo español es consecuencia de la evolución natural, pero también hay que señalar que, precisamente, fue un portugués el que más alimentó esa creencia. Este autor, embuido en las teorías existente durante el período histórico en el que vivió, escribió un libro en el que relataba de manera un tanto curiosa el origen del P.R.E.9. Pudo ser su gran afición a los caballos españoles o la defensa de los que criaba (caballos del «bocado») lo que le llevó a exponer como verdades históricas lo que simplemente eran comentarios. Él fue una de las personas que, por ingenuidad o por interés, provocaron la confusión histórica de los caballos cartujanos. Sobre esto se dejo «llevar» por los comentarios que le hicieron durante un viaje que realizó por Andalucía y a base de repetición incidió en que durante casi un siglo simples especulaciones y fantasías se consideran un hecho histórico.

Precisamente fueron las incongruencias de los escritos de este autor lo que me empujó a iniciar las investigaciones de mis libros: Historia de los caballos cartujanos (1999) y, posteriormente El caballo lusitano: origen e historia (2009), en el que se demuestra documentalmente que todo lo escrito hasta este momento sobre el origen del caballo P.S.L. es inexacto.

Es conocido de todos que el caballo lusitano presenta una cara bastante «acarnerada» y ésto es utilizado por aficionados portugueses como un instrumento para defender su identificación con el caballo español. Curiosamente, de forma contradictoria esta característica fue también utilizada erróneamente por algunos autores españoles para demostrar que el caballo español fue mestizado en el año 160010. Pero, lo que no tuvieron en cuenta es que este perfil apareció profusamente en los caballos representados en pinturas, grabados, dibujos y estatuas de numerosos países cuando el estilo barroco se extendió por toda Europa a partir del siglo XVII. Este perfil «acarnerado» apareció en el caballo español de forma paralela que en el arte debido al deseo de remarcar la curva, principal característica de este estilo11.

El perfil frontonasal ha sido utilizado en diversas ocasiones como medio más importante de identificación de la raza española desde el convencimiento de que las características raciales, según las manifestaciones de algunos autores, sólo se encuentra en la cabeza. Curiosamente, éstos, que defienden la teoría de la evolución y la adaptación al medio geográfico, para argumentar las características que lo identifica, curiosamente, han expuesto, incluso, la graduay la adaptación al medio en el grado exacto de curvatura del perfil del P.R.E.?. El perfil frontonasal que presenta el caballo español no es signo de ninguna pureza anatomo-evolutiva sino que es fruto de la selección del hombre dentro de la especie guiado por su sentido estético. La realidad es que, al ser los seres humanos los que hemos decidido cuales son las características que las identifica, la «raza» habrá que buscarla en todos aquellos rasgos morfológicos que se han decidido que van a constituir su patrón racial12. Además, y es muy importante, no debemos confundir raza con especie. Sobre que el perfil frontonasal es definitorio de la pureza de nuestra raza de caballos sólo puedo recordar las palabras de Friedrich Blumenbach, uno de los científicos que, precisamente, fue el que hizo la diferenciación de los seres humanos por el tipo de cráneo, que, ante la manipulación de sus estudios, manifestó sobre la generalización de los caracteres de todos los grupos étnicos lo siguiente: «No hay un solo carácter tan peculiar y tan universal dentro de los etíopes que no se pueda observar en todos los rincones del mundo y en otras variedades de hombres»13.

Pues bien, es cierto que uno de los perfiles que tuvo el caballo español fue el «acarnerado». Éste, como he señalado, se fomentó en la raza española durante el período barroco y estuvo vigente casi dos siglos14. Pero también es cierto que en España se comenzó a moderar su silueta a partir del siglo XVIII al cambiar los gustos estéticos que pasó a considerar que la manifestación barroca era vulgar15. Por tanto, llegar a afirmar que el caballo lusitano, por compartir hábitat con el español y tener el perfil acarnerado, pertenece a la misma raza es un error tanto desde el punto de vista evolutivo como histórico al obtenerse esta característica por simple selección. El caballo lusitano, en mayor o menor proporción, tiene del pura raza español lo que puede tener un hispano-árabe, un anglo-hispano, o un lippizano. Desde la óptica de un andaluz a éstos sólo se les puede considerar como razas o tipos de iares y enmarcados geográficamente en la misma península, su sentido estético en selección caballar es diferente. Es lo mismo que si afirmamos que la cultura de Holanda, Alemania, Italia, etc… es la misma que la española por el simple hecho de haber sido invadidos por éste. Una cosa es dominar un país por cualquier medio o administrarlo y otra que, éste, asimile la base cultural del dominador. El gusto portugués es distinto al andaluz y aunque en selección caballar, desde la creación del P.R.E., Portugal sigue la tendencia andaluza esa diferencia ha estado siempre presente. Baste decir que el propio Estado portugués permite que para mejorar sus caballos, y tendrá motivos para ello, las yeguas de raza lusitana puedan ser cubiertas por caballos pura raza españoles y seguir considerando a sus descendientes puros lusitanos. En cambio, el Estado español, y tendrá también sus motivos, no permite que los criadores de caballos españoles cubran sus yeguas con caballos lusitanos si el ganadero quiere mantener el certificado de pureza de raza española, porque sus descendientes no serían considerados caballos españoles sino hispano-lusitanos. Con estas aclaraciones no quiero decir que el caballo lusitano es de más o menos calidad que el P.R.E. sino, simplemente, que pertenecen a dos razas distintas.

Tampoco podemos extrañarnos de la similitud con la que numerosos autores nos han presentado el origen de ambos caballos. La causa de dicha semejanza es que muchos autores españoles, como se ha señalado, dieron por válidas las afirmaciones que Ruy d’Andrade expuso en su libro. Éstas, basadas en teorías indemostradas y en simples comentarios que él presentó como verdades históricas, hicieron que por simple repetición, desgraciadamente, tomara visos de autenticidad. Realmente el caballo lusitano es fruto de cruces que se llevaron a cabo entre pura raza españoles y caballos comunes portugueses principalmente a partir del siglo XVIII. Su parecido es consecuencia de que los portugueses, como el resto de las naciones europeas, desde la creación del caballo españolcierto, y así lo expongo en mi próximo libro que se titulará El caballo español con los reyes borbones (segunda parte de Historia y origen del caballo español), que se encuentra en proceso de traducción, que la cercanía geográfica de España y Portugal favoreció a que los caballos lusitanos hayan recibido con más frecuencia que el resto de las razas europeas «refrescos de sangre» del P.R.E. de ahí su mayor parecido.

Los andaluces fueron los únicos que, incluso, en algunos momentos en contra de sus intereses económicos y de forma preferente, hicieron evolucionar morfológicamente a su caballo acorde a los cambios estéticos y culturales que diferenció a este pueblo. Debemos tener presente que Andalucía no sólo es el lugar en el que nació nuestra raza de caballos si no que, más importante aún, fue en donde se preservó a través de los siglos. Los andaluces no se conformaron con que su caballo fuera funcional según le demandaban si no que, llegando más lejos, intentaron que también manifestara en su morfología y comportamiento parte de su ser. Por ello la selección a la que le sometieron los ganaderos andaluces fue distinta de la que vivieron los lusitanos, lippizanos, kladrub, etc… Tan dispar como diferencia existe entre la manifestación artística de un creador y la de un simple copista. Además, no olvidemos que el sentido estético andaluz no es sólo distinto al de otros países europeos si no, incluso, al de otras regiones españolas. Creo que si en el futuro los ganaderos de P.R.E. de todo el mundo quieren conseguir de forma autónoma para sus caballos las características que distingue y diferenciará a nuestra raza de caballos les recomendaría que asimilaran la idiosincracia cultural andaluza porque conocerla es acercarse a la comprensión de la evolución y del porqué de las formas del P.R.E.. De no hacerlo, aunque consigan incluso «mejorarlo», en pocas generaciones ya no serán andaluces si no, simplemente, caballos de otro raza porque en la evolución de nuestro caballo tan importante es conocer la cultura andaluza como el saber seleccionar a los reproductores idóneos para los fines que le reclamemos.

NOTAS:

1 1 Cordón, F. La función de la ciencia en la sociedad. Barcelona, Anthropos, 1982, pp. 107 y ss, 115-117. También: Pavitt, K. Los objetivos de la política tecnológica. En M. I González García; J.A. López Cerezo; J.L. Luján López (eds.): Ciencia, Tecnología y Sociedad. Barcelona, Ariel, 1997, pp. 191-204.

2 Sobre estos aspectos puede verse: Sanmartín, J. Los nuevos redentores. Reflexiones sobre la ingeniería genética, la sociobiología y el mundo feliz que nos prometen. Barcelona, Anthropos, 1987, pp. 25-36; González García, M.I.; López Cerezo, J.A.; Luján López, J.L.: Ciencia, tecnología y sociedad. Una introducción al estudio social de la ciencia y la tecnología. Madrid, Tecnos, 1996, pp. 19-34.

3 Altamirano Macarrón, J.C. Historia de los caballos cartujanos. Ediciones ecuestres, Málaga, 1999.

4 Smith, J.M. La teoría de la evolución. Madrid, H. Blume, 1984, p. 33. Sobre la variabilidad genética de las especies puede verse: Tellería Jorge, J.L. Zoología evolutiva de los vertebrados. Madrid, Síntesis, 1991, pp. 24-26. Cuando se pudo observar la enorme variabilidad genética en el seno de una misma especie fue cuando comenzó la selección artificial de animales domésticos.

5 Remane, A. Zoología sistemática. Clasificación del reino animal. Barcelona, Ed. Omega, 1980, p. XIV.

6 Merighi, V; Rassini, G. El Epagneul breton. Barcelona, Vecchi, 1995, p. 11. Esta raza se consiguió a partir de los animales resultantes de los cruces indiscriminados de setter, springer y pointer, durante una cuarentena, a la vuelta de una cacería en Inglaterra; el tipo resultante se cruzó con el setter inglés. En 1907 algunos expertos se interesaron por ellos y crearon el estándar de la raza.

7 Dykema, F. E. El Pastor Belga. Barcelona, Hispano Europea, 1994, p. 14. M. Beernaerts encontró un perro en Feluy-Algennes a la vez que Nicholas Rose adquirió una perra. Del cruce de ambos nació un perro negro de orejas pequeñas, ágil y veloz que dió origen a la raza.

8 Wyman, T. Como criar el Dobermann Pinscher. Barcelona, Hispano Europea, 1987, pp. 17-18. El 27 de agosto de 1899, Otto Goelle redactó las primeras normas de pureza de la raza, aceptándose oficialmente en 1900.

9 Ruy de Andrade. Alrededor del caballo español. Lisboa, 1954.

10 Altamirano Macarrón, J.C. Historia y origen del caballo español: las caballerizas reales de Córdoba. Málaga, Ed. A.M.C., 1998.

11 Ibidem.

12 Altamirano Macarrón, J.C. El caballo español: la evolución de su morfología. Ediciones ecuestres, Málaga, 2000.

13 A finales del siglo XIX la asimilación y la utilización ideológica de estos estudios hicieron que se realizara una investigación sobre las personas que estaban en la cárcel. Se hizo un cuadro en el que se relacionaba el tipo de delito cometido con el tipo de cráneo que tuviera el preso pues estaban convencidos de la correlación del cráneo con el carácter del individuo. Tan convencidos estaban los defensores de estas especulaciones que, incluso, salieron a la calle a buscar a las personas que presentasen estos tipos de cráneo, pues teniéndolos vigilados, evitarían asesinatos y robos. Cuando llevaban varios días de búsqueda se dieron cuenta que entre las personas que presentaban los tipos de cráneos elegidos como «peligrosos» había sacerdote, políticos, comerciantes, etc.

14 Ibid., pp. 160-170.

15 Ibid., p. 171.