Momentos previos al nacimiento de un mito, el caballo español

DEL NEOLÍTICO AL INICIO DE LA RECONQUISTA

La llegada del Neolítico (8000-3000 a.C.) supuso una revolución para la humanidad pues propició un cambio importante en los hombres y mujeres que pasaron de ser recolectores a producir sus propios alimentos y hacer pensar que la domesticación de algunos animales (cerdo, oveja, cabra, vaca) pudo ser ya una realidad en ese momento por las necesidades alimenticias. La del caballo, como se sabe, se data al inicio de este período en la zona del Mar Caspio y Mar Negro. Existen documentos chinos que prueban que ya se hacían incursiones a caballo 4000 a. C. Precisamente, la adopción del pastoreo nómada en las estepas centrales asiáticas se basó en el uso del caballo como montura a partir de lo cual, en el segundo milenio, se produjo una intensa emigración que provocó una fuerte expansión demográfica hacia el sur. Este hecho favoreció que esa economía se extendiera por la zona de Irán e Irak y. Si hasta ese momento no había existido prácticamente ningún tipo de selección en los équidos, a partir de este período la variabilidad morfológica crecería de forma casi ininterrumpida hasta nuestros días. Su domesticación favoreció la aparición de distintos tipos de caballos consecuencia de la propia variabilidad de la especie y del objetivo al que se iban a destinar por las distintas sociedades que lo utilizaron. A su vez, esos tipos fueron constantemente cruzados entre sí como consecuencia de las emigraciones de los pueblos y de los continuos enfrentamientos bélicos que favorecieron este proceso pues, los caballos eran parte importante de los botines de guerra, y por esta misma razón desplazados generalmente a otros lugares.

Si una parte de la emigración de los équidos se produjo desde las estepas asiáticas hacia el norte de África a través de los países árabes, la otra se extendió por toda Europa hasta llegar a la península ibérica por el norte tras cruzar los montes pirineos. Los celtas, pueblos indoeuropeos que se expandieron antes de la llegada de los romanos por la península ibérica (carpetanos, vetones, perendones,…), fueron los primeros que introdujeron los caballos (1200-1100 a.C.) por esta vía, cuyo uso en ese momento era el de tiro de los carros. Estos pueblos, que se establecieron en el Norte, Noroeste y Oeste de la península, en el 1000 a.C., ya asentados, comenzaron a utilizar el caballo como animal de silla al que ya se le sujetaba las herraduras con clavos y se usaba espuelas y embocaduras metálicas. A partir de entonces la introducción de équidos desde países europeos y del norte de África en la península ibérica fue una constante a través de los siglos.

En el 550 a.C. los cartagineses introdujeron con su ejército 2.000 jinetes en Hispania y dos siglos más tarde, tras el pacto con Roma, que limitaba su expansión por la península ibérica, instalaron su cuartel general en Cádiz. A pesar de lo defendido por algunos autores, Andalucía no era todavía una zona relevante en la cría caballar y tendría que pasar varios siglos para ser reconocida como tal pues, al margen de la entrada de los iberos y cartagineses, las colonias fenicias y griegas no aportaron nada al conocimiento hipológico, dada la naturaleza de navegantes de estos pueblos. Se puede destacar una nueva entrada de caballos libios de manos de Almílcar, que llegó a Hispania en el año 237 a.C, procedente de Cartago junto a su yerno Asdrúbal y su hijo Aníbal. Los caballos importados durante su mandato se cifran en más de 20.000 ejemplares que, junto a los 12.000 que entraron con Aníbal cuando preparaba la segunda guerra púnica, comenzaron a incidir en la cría caballar española, especialmente en la región andaluza.

Los jinetes hispanos formados por celtas, celtíberos e iberos, que se aliaron a Aníbal una vez proclamado jefe supremo del ejército cartaginés, ya eran buenos jinetes y, con su sistema béico al galope con continuos ataques cortos y rápidos retrocesos, se convirtieron en el azote de las legiones romanas. Y, es que cuando Roma inició su expansión por la península italiana no poseía caballería por lo que sus legiones estaban compuesta por lo que hoy conocemos como infantes. Tuvo que sufrir la invasión del pueblo galo (390 a.C.) para darse cuenta de su importancia y de la movilidad que los caballos otorgaban a sus legiones. Aunque muy lentamente, el uso del caballo se hizo más usual en el ejército romano que, a partir de ese momento, lo llevó a todas aquellas zonas que dominaron. Pero Roma, ante la falta de caballos en Italia, solía delegar su caballería a tribus bárbaras, escitas, sármatas y godos. Incluso cuando al final de su imperio se vio en peligro por los continuos ataques de las tribus germánicas acudió a la ayuda de las caballerías de las tribus indígenas romanizadas para su defensa. El movimiento de estos ejércitos, y el comercio entre distintos pueblos, favoreció la dispersión de los équidos, así como su variabilidad genética, incluso entre los continentes (Europa, Asia y África). El rey Pirro de Grecia introdujo caballos tras el desembarco en Italia para ayudar a los tarentinas de la hostigación de los romanos, y estos los llevaron al norte de África cuando invadieron Cartago, con un ejército compuesto por 15.000 infantes y 500 jinetes cuyos caballos, tras la derrota que soportaron, permanecieron en el continente africano.

Los romanos tardarían aún en destacar en la cría de caballos pues, al tener como aliados a los jinetes íberos, prefirieron fomentar la cría del ganado mular de la que tenían más experiencia en su cría y doma. Años más tarde sí comenzaron a criarlos en el sur de la península ibérica con el fin de conseguir ejemplares rápidos para las carreras de cuadrigas. Columella, por sus conocimientos y recomendaciones, pudo ser uno de los autores que más influyó en la mejora y proliferación de la cabaña equina que se realizaría siglos más tarde en Andalucía. Es posible que sus conocimientos fueran los cimientos de una cultura ecuestre que nació en esta región y que siglos más tarde se extendería por todo el mundo.

Posteriormente, se asentaron en Andalucía los vándalos, pueblo que fue derrotado poco tiempo después por los visigodos (siglo V). La catástrofe de Vouillé (507), que supuso la destrucción del núcleo del reino visigodo situado en Aquitania, trasladó el centro de gravedad de este pueblo a la península ibérica. Durante este período se produjo la llegada también de bizantinos a Málaga y a la Bética, más concretamente a la zona de Medina Sidonia (Cádiz), fomentando la cría caballar y del ganado mular hasta que en el siglo VI, durante el reinado de Leovigildo, fueron expulsados. Este rey extendió sus dominios en el año 572 apoderándose de Córdoba. Dominando ya la península ibérica, los visigodos cuidaron de mantener los logros de la civilización romana y fomentaron la cría caballar, pues sus tácticas militares se basaban principalmente en el uso del caballo. Su reinado acabó tras la batalla de Guadalete, en el año 711, en la que fueron derrotados por los musulmanes que iniciaron así su expansión por la península ibérica.

En el año 722, dominada la península ibérica, el general musulmán Munuza, gobernador de Oviedo, marchó contra los astures sublevados con Pelayo al frente, con un ejército que fue sorprendido y derrotado por poco más de trescientos hombres en el angosto paraje de Covadonga. Derrota que los musulmanes no le dieron importancia porque siguieron la conquista de las Galias hasta que Carlos Martel les infringió un duro revés en el año 732, marcando un punto de inflexión en su avance. A partir de ese momento se constituyó en las montañas cantábricas el primer núcleo político de resistencia al Islam que nacía en la Península. Este gran movimiento se apoyaba en dos presupuestos ideológicos: la restauración del reino Visigodo y la idea de cruzada gestada en la Europa medieval que hizo que la caballería, entendida con tal, mostrase durante el inicio de la reconquista sus más altos valores. A partir de ese momento la Iglesia distinguió entre guerras justas e injustas. Justas eran aquellas que defendían a los no armados: mujeres, niños, desvalidos y, como no, a ella misma. Más tarde las utilizó para sus fines con la promesa de perdonar los pecados a aquellos caballeros que habían hecho un uso indebido de las armas. Penitencia que también cambió con el paso de los años pues ya no consistiría en ir de peregrinación, sin armas, a Jerusalén sino todo lo contrario: utilizarlas contra los sarracenos en defensa de la Iglesia, alcanzando su grado más significativo durante la reconquista de la península ibérica. Las cruzadas favorecieron la creación de las órdenes militares que se fueron incrementando en número al pasar el tiempo y asimilando el sentir religioso de la Iglesia. El carácter religioso que ésta otorgó a la expulsión de los musulmanes favoreció el reconocimiento social de los caballeros en las zonas reconquistadas. El espíritu religioso de su misión -salvar al cristianismo- y la pertenencia a la nobleza de los mismos impregnaron la mentalidad de los campesinos de la Edad Media. Los trovadores vieron en el relato de sus hazañas un medio de obtener beneficios exaltando unas virtudes que, casi siempre, eran sobrevaloradas y en la mayoría de las ocasiones imaginadas. Esta simbiosis -caballero andante y trovador- elevaría la leyenda de los primeros al rango de mito propiciando que la fantasía, una vez más, distorsionara los hechos históricos.

Pero no sólo nos ha llegado distorsionada la función de la caballería en el campo de batalla, también se ha mitificado la ética caballeresca. Las crónicas, escritas habitualmente por el bando ganador, transmitieron una imagen distorsionada de la realidad. También ha favorecido la expansión y proliferación de esos errores históricos las novelas caballerescas y las películas, más o menos históricas, en las que se ha buscado fundamentalmente atraer la atención del espectador o del lector, a través de los sentimientos y las emociones. Esta mitificación también alcanzó al acto de investidura de los caballeros pues el simple hecho de la entrega de armas, a los que entraban bajo las órdenes de un señor, se ha transmitido cargado de connotaciones éticas y religiosas. El origen de este acto no está relacionado con el ingreso en la caballería sino que, como ha afirmado Jean Flori, guarda relación con la coronación de los reyes francos de Occidente, que pudo tener su inicio a finales del siglo IX, hecho previo a la creación de lo que hoy conocemos como caballería. Fue un siglo más tarde cuando, tras una profunda evolución, aparecerá la investidura transformada en un acto destinado casi en exclusiva a los caballeros. El objetivo era sencillamente oficializar sus acciones en la guerra distinguiéndolos del simple bandido, en absoluto se trataba de reconocer o elevar su nivel social.

Si la invasión musulmana hizo retroceder la economía a la época pre-romana, con el avance del ejército cristiano, nuevamente se producía un nuevo retroceso de la misma. Los continuos ataques y contraataques realizados por ambos bandos imposibilitaba las labores agrícolas lo que favorecía la aparición de hambrunas. Si durante la invasión una gran parte de la población del centro de la península huyó rápidamente hacia el norte, ahora lo hacía lentamente hacia el sur creando nuevamente un espacio intermedio, prácticamente despoblado, donde las pocas cosechas eran incendiadas frecuentemente por ambos contendientes. Aunque los largos períodos de guerra posibilitaba en algunas zonas fronterizas la aparición de lazos comerciales entre los bandos enemigos, en otras, más sensibles, se solía distanciar de esas zonas aquellas riquezas más necesarias e importantes como era la cría caballar que, a su vez, hacía elevar el precio de los caballos. Si en Andalucía durante la ocupación musulmana se fomentó la cría caballar, haciendo que se convirtiera en la zona ganadera por antonomasia, a partir de ese momento el avance cristiano favoreció también que en esta región se condensara gran parte de la cabaña equina española. Este acopio dejaba a las huestes cristianas sin la posibilidad de aumentar su caballería; para paliar este hecho, desde el inicio de la reconquista importaron équidos de forma continuada desde Europa, en su mayoría de raza haca.

En el año 1085, Alfonso VI consiguió la capitulación de Toledo, suceso crucial en la historia hispana del medievo y no sólo porque fue capital del reino visigodo sino porque se continuaba el trabajo de traducción iniciado por los árabes. La toma de esta ciudad, que estuvo islamizada 370 años, trajo hasta ella a mozárabes, francos y castellanos, componentes del ejército vencedor, que, a partir de ese momento, convivirían con los judíos y árabes que poblaban la ciudad. A su llegada, el bando cristiano encontró bibliotecas con miles de obras desconocidas para ellos cuyo legado, y la gran cantidad de castellanos que también emigraron hacia esa ciudad, creó un caldo de cultivo que derivó en un extraordinario movimiento cultural. En ese contexto social se creó a mediados del siglo XII la Escuela de Traductores. En ella trabajaron conjuntamente un grupo de estudiosos cristianos, judíos y musulmanes en la traducción de las obras de la cultura árabe y de la antigüedad, trasmitiéndolas así al resto de la Europa medieval. La llegada de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII supuso un nuevo impulso para esta escuela que recopiló un gran caudal de conocimientos cuyas traducciones se hacían al latín y al romance en ocasiones. El conocimiento de este hecho es trascendental para comprender la realidad cultural e histórica española así como el conocimiento ecuestre y cría caballar que se aglutinaría en Andalucía tras esa fusión de culturas.

En el año 1100, tras la disgregación del Califato Omeya, comenzó el declinar musulmán en la península ibérica. Este hecho favoreció el avance del ejército cristiano que, al no contar con suficientes combatientes, hizo elevar a la infanzonía a numerosos jinetes procedentes de los trabajos agrícolas que serían conocidos como caballeros “villanos”. La posesión de un caballo útil para la guerra y la posesión de armas permitía ascender socialmente a todos aquellos que quisieran servir bajo las órdenes reales. Con su alistamiento adquirían unas exenciones jurídico-políticas que acabaron equiparándoles a los nobles de sangre. Así, en el año 976, García Fernández aplicó estas prerrogativas a todos los jinetes de Castrojeriz y se sabe que Sancho Garcés otorgó mercedes similares para aumentar los efectivos de su caballería. Su número creció tanto que llegaron a constituir la porción más activa de las milicias concejiles de los centros urbanos de los valles del Duero y del Tajo.

En el año 1236, Fernando III El Santo tomó la ciudad de Córdoba cuyo éxito, de gran importancia por el carácter simbólico de la que fue antigua capital del califato, facilitó doce años más tarde la entrada del ejército cristiano en Sevilla lo que supuso el punto álgido del poderío militar y económico del monarca castellano-leonés. A partir de entonces Córdoba, que se utilizó como ciudad satélite hasta la finalización de la reconquista, se convirtió nuevamente en una zona de centralización aristocrática y caballar pero, esta vez, del bando cristiano. Tanto fomento tuvo la cría caballar en Andalucía por los reyes cristianos que Abomelic, rey taifa de Ronda, al visitar Córdoba un siglo más tarde dijo que “no había visto tierra de más caballos”. Y es que Alfonso X el Sabio (1221-1284), ante la carencia de caballos, comenzó a fomentar su cría en Las Partidas y obligó a que los caballeros tuvieran conocimientos de hipología y de hipiatría. Consideraba este rey que los caballos debían poseer tres cualidades: “buen corazón, buen color y miembros proporcionados”. Y señaló que la dignidad que poseía la denominación de caballero se debía a ser “más honroso ir a caballo que en otra bestia; y los que son escogidos para caballeros son por esto más honrados que los demás defensores”.

El estado continuo de guerra que se vivió en España durante la Edad Media hizo que los reyes mantuvieran la obligatoriedad de realizar el servicio militar. Todos los españoles comprendidos entre los veinte y sesenta años estaban sujetos a él con el fin de empuñar las armas en caso de necesidad. Pero la lentitud de la reconquista hizo que muchos caballeros, ya en la retaguardia, olvidaran las obligaciones de mantenerse en buen estado físico y de cuidar de sus caballos y armas. Consciente de la necesidad de mantener activa esas fuerzas, Alfonso XI hizo referencia en las Cortes de Valladolid de 1322 a la obligación de realizar revistas de equipamientos militares, conocidas como alardes, en las que se controlaba no sólo las armas sino el número, el estado y la calidad de los caballos. Desde entonces era obligación ineludible de cada ciudad y villa tener personas alistadas y armadas en número y condiciones establecidas, dispuestas a movilizarse en caso de emergencia. En el Ordenamiento de Cortes de Alcalá de Henares de 8 de marzo de 1348, expuso la necesidad de criar caballos para que todos los vasallos pudieran “ser encabalgados” a fin de poder disponer de un considerable ejército para hacer frente a los musulmanes. Así, obligó a todos los caballeros de Extremadura y del Reino de León a poseer y mantener un caballo de una calidad mínima, tasada en seiscientos maravedís. Precio que fue aumentado de forma continuada a través de los siglos, a veces de forma excesiva lo que creaba continuas protestas. Tan importante era para la corona el conjunto caballo y armas que, según el citado Ordenamiento, no se le podía embargar a ningún caballero en caso de deuda. Otro factor que incidió en la expansión de la cría caballar fue que los soldados, que se mantenían de sus sueldos durante los conflictos bélicos, eran mejor remunerados si combatían desde una cabalgadura. A estos se les pagaba la manutención de la misma y se les indemnizaba en caso de perderla en el guerra para lo que tenía que quitarle la piel a fin de comprobar las señales con los registros realizados en los alardes. Enrique II de Trastamara (1333-1379) dispuso que se realizaran registros de ganado dentro de las doce leguas de la Raya disponiendo que el extranjero que tuviese ganado sin registrar “perdiese todo cuanto tuviese y fuese castigado con la muerte”. Hecho que ratificó y amplió Enrique III (1379-1406), porque el ganado no registrado podía ser fácilmente extraído del reino por mercaderes que incluso lo vendían a los enemigos.

Un siglo más tarde, Enrique IV (1425-1474), también con el fin de proteger la cabaña equina andaluza, prohibió el uso del garañón en esta región con la intención de acabar con la costumbre de la cría de ganado mular que imposibilitaba el crecimiento del caballar. Y los Reyes Católicos, tras la expulsión de los musulmanes en 1492, regularon todo lo relacionado con la cría caballar así como las actividades relacionadas con ella. Se dictaron ordenanzas regulando los oficios de herrador, albéitar, conductor de ganados, etc… Aunque la primera normativa sobre la regulación, obligatoriedad y exenciones de los alardes las encontramos en el Ordenamiento de Cortes de Valladolid, hecho por Juan I el día 1 de diciembre de 1385, la obligatoriedad de realizarlos se mantuvo en vigor tras la expulsión de los musulmanes del territorio peninsular. En 1495, se emitió una pragmática ratificando la prohibición del uso del garañón porque en el reino, según Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, los ejércitos contaban entre diez y doce mil caballos y en mulas cabalgaban más de cien mil caballeros. Se ordenó que se matasen todas aquellas mulas y mulos que fuesen vistos con la cabezal puesta o montadas, exceptuando a los utilizados como cabalgaduras por el clero y por las mujeres. De ello dieron buen ejemplo los propios soberanos: cabalgando ella en una mula y él en un caballo. La rigidez de las normas se suavizaba cuando éstos eran empleados en el abastecimiento de las ciudades y villas.

Cuando la sociedad feudal estaba llegando a su fin, aunque los reyes habían conseguido el monopolio de la guerra todavía reunían a sus caballeros cuando declaraban la guerra. Como ha señalado Lourie, había llegado el ocaso de una sociedad organizada para la guerra, y la nobleza cerraba la entrada a esa institución a los que no pertenecían a ese estamento acentuando con ello el espíritu de casta. A partir de entonces se llegó a exigir al menos cuatro generaciones de nobleza para poder participar en los torneos. Pero si durante la España medieval las actividades económicas como el trabajo en el campo, el comercio o la artesanía no eran bien consideradas porque solían encomendarse a los vencidos, los ávidos de riqueza siguieron escogiendo la carrera de las armas, mientras quedaron en el sur tierras por conquistar. Sabían que el prestigio social antes que para el campesino o el comerciante era para el guerrero. Pero aunque el pensamiento caballeresco en el que se había sustentado esta elite había desaparecido de la península, sus ideales seguirían existiendo casi dos siglos más, manteniéndose en unos esquemas mentales románticos.

A partir de ese momento proliferó la contratación de mercenarios, sistema que se inició durante el siglo XIV, favoreciendo la creación de los ejércitos profesionales. El primero fue fundado por el rey Carlos VII en el año 1415, tras la pérdida de miles de sus caballeros en sólo media hora bajo la lluvia de flechas de los nuevos y potentes arcos en la batalla de Agincourt. La utilización de este arma y, sobre todo de la pólvora, inició el declive de la caballería porque ya no se podía confiar en ella como medio para romper las líneas enemigas.

La reconquista finalizó con la expulsión de los musulmanes de la ciudad de Granada en 1492. Esta ciudad siempre gozó de una enorme tradición ecuestre y en ella se realizaron abundantes estudios sobre los caballos. En el siglo XIV Abd Al-Rahaman Ibn Hudayl publicó un tratado en el que compendiaba obras de otros autores granadinos anteriores a él. La pericia ecuestre de los musulmanes de esta ciudad era mítica y temida por el ejército cristiano. La continua proliferación y uso de los juegos ecuestres, entrenamientos y carreras de caballos hizo que este pueblo, cuya afición a los caballos la adquirió sobre todo en Andalucía, reuniera amplios conocimientos. Jinetes como Mohamed IV eran admirados por su pericia sobre un caballo y, según Simón de Argote, no existió ninguno que le superase en el dominio del caballo y en el correr que lo hacía incluso “a rienda suelta”.

También es importante resaltar la afirmación realizada sobre la existencia en esa ciudad de ocho mil caballos, cuyo número descendió drásticamente tras la reconquista. Contra lo que podría parecer no fue la confiscación por el ejército cristiano el motivo de ese descenso, pues los Reyes Católicos respetaron su propiedad aunque lo hubiesen obtenido de los conquistadores. Tan elevada pérdida se debió a que las personas pertenecientes al grupo social más favorecido económicamente abandonó la ciudad quedando en ella, como dice Andrea Navagero, el “pueblo y gente baja, excepto algunos pocos”. Y a estas personas le resultaba más económica la utilización de los asnos que, como el ganado mular, era más útil en las labores agrícolas y de cargas y tenía un menor mantenimiento. La utilización de este tipo de ganado perduraría pues, siglos más tarde, Theophile Gauthier, en su Viaje por España, relata no sólo como le sorprendió su marcha en reata y sus arreos sino también la forma de como bajaban la nieve de la sierra o servían de transportes a los aguadores.

Pero con la toma de Granada no terminó el ansia de conquista pues el descubrimiento de América hizo renacer el espíritu conquistador y caballeresco. De nuevo se comenzó a rechazar la labor ingrata del campesino y del comerciante y se fortalecía la del guerrero con ansias de triunfo. Muchos hijos menores de familias nobles, por el sistema de mayorazgos, se veían obligados a realizar trabajos de poca importancia y mal retribuidos por lo que muchos de ellos emigraron al nuevo mundo en busca de dinero y honores. Este hecho favoreció el resurgir del uso del caballo como medio indispensable para la conquista y el nacimiento de un gran y próspero comercio ganadero en la isla La Española (Santo Domingo). Tan altos eran los precios que alcanzaron los équidos en América que la corona tuvo que prohibir su extracción a fin de evitar la iniciada decadencia de la cabaña equina andaluza. Pero, la corona que se dio cuenta del gran negocio que suponía el traslado y comercio de caballos al recién descubierto continente, creó un monopolio real que duraría casi un siglo.
LOS CABALLOS EN LA ÉPOCA ROMANA

Se puede destacar una nueva entrada de caballos libios de manos de Almílcar que, procedente de Cartago junto a su yerno Asdrúbal y su hijo Aníbal, llegó a Hispania en el año 237 a.C. Los caballos importados durante su mandato se cifran en más de 20.000 ejemplares que, junto a los 12.000 que entraron con Aníbal cuando preparaba la segunda guerra púnica, comenzaron a incidir en la cría caballar española, especialmente en la región andaluza.

Los jinetes hispanos formados por celtas, celtíberos e iberos, que se aliaron a Aníbal una vez proclamado jefe supremo del ejército cartaginés, ya eran buenos jinetes y se convirtieron en el azote de las legiones romanas. Estos luchaban sobre los caballos al galope hostigando al enemigo de forma rápida con continuos ataques cortos y retrocesos. También era usual que los caballos fueran entrenados en el paso “portante”, conocido posteriormente como “ambladura”. Este movimiento consistía en adelantar simultáneamente la mano y el pie del mismo lado, descrito por Plinio en su “Naturalis Historia” como “un trote suave que el caballo logra alargando alternativamente las patas”. En el mundo moderno este movimiento fue característico de algunos tipos de caballos del norte de la península y, como veremos, de la desaparecida raza «haca».

Cuando Roma inició su expansión por la península italiana no poseía caballería por lo que sus legiones estaban compuesta por lo que hoy conocemos como infantes. Tuvo que sufrir la invasión del pueblo galo (390 a.C.) para darse cuenta de su importancia y de la movilidad que los caballos otorgaban a sus legiones. Aunque muy lentamente, el uso del caballo se hizo más usual en el ejército romano que, a partir de ese momento, lo llevó a todas aquellas zonas que dominaron. Pero Roma, ante la falta de caballos en Italia, solía delegar su caballería a tribus bárbaras, escitas, sármatas y godos. Incluso cuando al final de su imperio se vio en peligro por los continuos ataques de las tribus germánicas acudió a la ayuda de las caballerías de las tribus indígenas romanizadas para su defensa, que estaban en el “limes” (zona de vigilancia y frontera). El movimiento de estos ejércitos favoreció la dispersión de los équidos incluso entre los continentes (Europa, Asia y África). El rey Pirro de Grecia introdujo caballos tras el desembarco en Italia para ayudar a los tarentinas de la hostigación de los romanos, y estos los llevaron al norte de África cuando invadieron Cartago, con un ejército compuesto por 15.000 infantes y 500 jinetes cuyos caballos, tras la derrota que soportaron, permanecieron en el continente africano. Los trasvases eran continuos tanto entre países enemigos, por causa de las guerras, como entre amigos por el comercio que cada día era más amplio en toda la zona mediterránea.

Según algunos historiadores romanos de la época, Aníbal sólo tuvo tres caballos, dos machos de nombres “Iberus” y “Strategos”, de capa negra y gran alzada, con el que cruzó los Alpes, y una yegua denominada “Iris”. Con “Iberus”, luchó y venció en la batalla de Sagunto; posteriormente murió junto al río Ródano en un enfrentamiento con los galos. De la yegua “Iris”, como se sabe, fue un regalo de Filipo V de Macedonia.

El hostigamiento que provocó Aníbal a los romanos propició el traslado del conflicto bélico a la península ibérica en el año 210 a.C. En esa pugna los cartagineses fueron derrotados por Publio Cornelio Escipión el Africano, en el año 205 a.C., que consiguió la ayuda de jinetes nativos. Pero los romanos, aún cuando ya comenzaban a utilizar la caballería en sus legiones, tardaron dos siglos en dominar toda la península, aunque algunas zonas prefirieron entablar alianzas antes de entrar en conflicto con el imperio romano. Entre ellas podemos destacar a Cádiz, a la que llegó César en calidad de Cuestor Romano en el año 69 a.C.

En el siglo I nació en Cádiz Lucio Junio Moderato Columella, considerado uno de los hombres más cultos de su tiempo, autor de los doce libros “De Rústica”. El Libro IV lo dedicó al ganado caballar desarrollando remedios curativos para diversas enfermedades, lesiones, así como distintas formas de intervención quirúrgica. Aún hoy se siguen curando algunas anomalías en los équidos de manera similar a sus recomendaciones. Este período de paz favoreció el inicio de la cría caballar en Andalucía, aunque los caballos hispanos más demandados por Roma eran los de la vertiente cantábrica, que se denominaban según el lugar de procedencia como asturcones, gallegos, etc… Un interesante testimonio posterior, aparecido en una lápida romana encontrada en Asturias, confirma también este hecho. Consagrada por Tullins Máximus, Jefe de la Legión Íbera, a la Virgen Diana, describe en ella el cerco realizado a un terreno para cazar “cabras, ciervos, jabalíes y los caballos bravos, destinados a las carreras”.

Desde entonces no se concebía en Roma que un caballero ignorase los principios fundamentales de la equitación. Pero, a pesar de dar la importancia a los aires naturales de los caballos se desconocía cómo conseguir que los realizaran con los jinetes sobre ellos. Aunque carentes de perfección, realizaron algunos como el “tripudium”, conocido actualmente como piaffe, y el “cantherius”, para nosotros galope corto. Para el paso preferían el sistema de ambladura denominado “amblad”, usual en la antigüedad, y rechazaban el trote, conocido como “tormentor”, por la dificultad que suponía su realización sin estribos. Los caballos estaban clasificados en Roma según su utilidad; así, el “equus publicus”, propiedad del Estado, se cedía a los censores; el “equus adversarius”, se utilizaba para los caminos en recorridos largos; los “equis celeses”, se dedicaban a las carreras; los “equi cursuales”, se utilizaban en las postas; y los “equi lignei” denominación dada a los caballos de madera en los que los jóvenes se ejercitaban en lo que hoy conocemos como volteo.

Posteriormente, se asentaron en Andalucía los vándalos, pueblo que fue derrotado poco tiempo después por los visigodos (siglo V). La catástrofe de Vouillé (507), que supuso la destrucción del núcleo del reino visigodo situado en Aquitania, trasladó el centro de gravedad de este pueblo a la península ibérica. Durante este período se produjo la llegada también de bizantinos a Málaga y a la Bética, más concretamente a la zona de Medina Sidonia (Cádiz), fomentando la cría caballar y del ganado mular hasta que en el siglo VI, durante el reinado de Leovigildo, fueron expulsados. Este rey extendió sus dominios en el año 572 apoderándose de Córdoba. Dominando ya la península ibérica, los visigodos cuidaron de mantener los logros de la civilización romana y fomentaron la cría caballar, pues sus tácticas militares se basaban principalmente en el uso del caballo. Su reinado acabó tras la batalla de Guadalete, en el año 711, en la que fueron derrotados por los musulmanes que iniciaron así su expansión por la península ibérica.

La cultura árabe en el mundo ecuestre medieval

Todas la fuentes hacen pensar que el pueblo árabe tardó tiempo en comprender la importancia del caballo como medio bélico. Tradicionalmente había utilizado el dromedario debido a la aridez del medio y los conocimientos que manejaban. Sin embargo, Mahoma tomó conciencia de la superioridad que proporcionaba en la batalla y ante su escaso número, fomentó la cría de caballos en todos los territorios que iba invadiendo. Pero la gran aportación que realizó a la difusión del caballo no fue su labor como criador sino la inclusión de su fomento y cría en el Corán; gracias a ello consiguió que la cría caballar formara parte de las enseñanzas religiosas fijando él mismo, las normas de su cuido. Fallecido, sus sucesores iniciaron la predicación y la expansión por Bizancio, Siria, Palestina, Egipto, Irán, Irak y todo el norte africano fomentando en ese proceso la cría de caballos. En esta zona convivieron con beréberes, libios, mauritanos, entre otros, para finalmente, tras varias incursiones beréberes y con la ayuda de algunos hispanos, que no aceptaban al rey Don Rodrigo, pasar a la península ibérica.

La fuerza invasora de Hispania compuesta por siete mil musulmanes, con Tarik al frente, desembarcó en las playas del campo de Gibraltar derrotando a D. Rodrigo en la batalla de Guadalete, el 19 de julio de ese mismo año. Esta victoria permitió a los musulmanes avanzar de forma rápida sobre Andalucía, de manera que en octubre de ese mismo año caía la ciudad de Córdoba y Toledo, capital del reino visigodo que se rindió sin resistencia, mientras que otras ciudades como Granada y Málaga también se entregaban. Al año siguiente, ante el espectacular avance musulmán, Musa, jefe de Tarik, decidió sumarse a la invasión y cruzó el Estrecho con un gran ejército. Parece probable que éste se planteara la expedición para asegurar la ruta entre Toledo y el Estrecho. Los hechos se desarrollaron mejor de lo que podía esperar pues las ciudades de Medina Sidonia, Carmona y Sevilla le abrieron las puertas sin lucha. Esta rendición se atribuye a que los partidarios de D. Rodrigo habían huido y predominaban los de Witiza o posiblemente la facilitaron los hispano-romanos que recibían a los musulmanes como a un pueblo vecino mediterráneo, civilizado y, en cierto modo, como libertadores.

En el año 722, dominado el territorio peninsular, el general musulmán Munuza, gobernador de Oviedo, marchó contra los astures sublevados con Pelayo al frente, con un ejército que fue sorprendido y derrotado por poco más de trescientos hombres en el angosto paraje de Covadonga. Derrota que los musulmanes no le dieron importancia porque siguieron la conquista de las Galias hasta que Carlos Martel les infringió un duro revés en el año 732, marcando un punto de inflexión en su avance. A partir de ese momento se constituyó en las montañas cantábricas el primer núcleo político de resistencia al Islam que nacía en la Península. Este gran movimiento se apoyaba en dos presupuestos ideológicos: la restauración del reino Visigodo y la idea de cruzada gestada en la Europa medieval que hizo que la caballería, entendida con tal, mostrase durante el inicio de la reconquista sus más altos valores. A partir de ese momento la Iglesia distinguió entre guerras justas e injustas. Justas eran aquellas que defendían a los no armados: mujeres, niños, desvalidos y, como no, a ella misma. Más tarde las utilizó para sus fines con la promesa de perdonar los pecados a aquellos caballeros que habían hecho un uso indebido de las armas. Penitencia que también cambió con el paso de los años pues ya no consistiría en ir de peregrinación, sin armas, a Jerusalén sino todo lo contrario: utilizarlas contra los sarracenos en defensa de la Iglesia, alcanzando su grado más significativo durante la reconquista de la península ibérica. Las cruzadas favorecieron la creación de las órdenes militares que se fueron incrementando en número al pasar el tiempo y asimilando el sentir religioso de la Iglesia.

A los primeros invasores le siguieron otros de distintos pueblos que aportaron nuevos tipos de caballos a Andalucía. Hasta que Abd-Al-Rahman instauró el Emirato Independiente en el año 756, que gobernaría hasta el 1031, la llegada de tribus no cesó por lo que el trasvase de équidos entre los dos continentes fue una constante pero en número muy inferior al manejado por algunos autores que los cifran en 300.000 ejemplares. Pero también es cierto que hasta ese momento los caballos existentes en Andalucía no eran tan numerosos ni tan reconocidos como algunos autores afirman y menos aún que pertenecieran a una raza concreta con características uniformes. Precisamente, Albar Machmira escribió que: “en este tiempo los caballos eran muy escasos en España, y aún los jefes de más distinción montaban mulas”. El propio Abd-Al-Rahman lo confirmaba al describir su viaje de regreso a Córdoba en julio de 757, acompañado de Somail: “Desde Elvira hasta Córdoba ni la cabeza de su mula se adelantó a la de la mía…”.

En el año 773 estableció el emirato de Córdoba independizándose política y administrativamente del Islam aunque mantuvo la unidad espiritual y moral. A partir de ese momento los árabes fomentaron la cría caballar al ver la necesidad de que su ejército poseyera la suficiente caballería como para proteger y asegurar los territorios ocupados. También intervinieron motivos más profundos en el pueblo árabe para fomentar la cría de caballos como eran los expuestos por Mahoma en el Corán. Que el trasfondo coránico ensalza su cría es evidente ya que fomenta el uso del caballo como medio de sometimiento del enemigo. Tan importante llegó a ser el caballo en la Guerra Santa que un tratado de jurisprudencia, muy extendido en ese período en el Al-Andalus, señalaba que en el reparto de los botines “el caballo recibirá dos porciones y el jinete una”. El resultado de todo esto fue que en el año 863, por necesidades militares, sólo de tres villas andaluzas ya se pudo reunir 2.900 jinetes (de Cabra 1.800, de Priego 700 y de Fahs-al-Ballut 400).

En el 912, ascendía al trono Abd-Al-Rahman III cuando ya la decadencia política del emirato era un hecho. Intentando acabar con las sublevaciones y conflictos se proclamó califa dando paso al Califato de Córdoba. Ese año declaró la independencia religiosa del califato abasida de Damasco, que tenía un propósito doble: por un lado consolidar la oposición de los Omeyas; y, por otro, asegurar las rutas marítimas para el comercio en el Mediterráneo, garantizando las relaciones económicas con Bizancio. Veinticuatro años más tarde comenzó la construcción del palacio de Medina Azahara ubicando en él la gestión administrativa del califato. Curiosamente, este palacio se encuentra dentro de los límites de la dehesa de Córdoba la Vieja en la que, como veremos, se iniciaría el proyecto por el que, a partir del año 1567, siguiendo la orden del rey Felipe II, se lograría el caballo Pura Raza Español. Sólo a dos kilómetros de distancia, en la finca conocida como la Almiriya, Almánzor tuvo su palacio de descanso en el que todavía se puede apreciar parte de las cuadras excavadas en la roca.

Fue a partir de la llegada al trono de Alhaquem II, hijo de Abd-Al-Rahman III, cuando Córdoba se convirtió en el centro cultural de Occidente. Como es sabido, tras la caída del Imperio romano, la cultura grecorromana no se perdió gracias a la labor de traducción, asimilación y elaboración que llevó a cabo el pueblo árabe. Se trata de un proceso cultural considerado como uno de los acontecimientos de mayor interés en la historia de la ciencia que, como no podía ser de otro modo, incidió directamente en la cría caballar. La tarea intelectual realizada por el pueblo árabe permitió que obras fundamentales sobre filosofía, matemáticas, arquitectura, medicina, cartografía, agricultura o sobre ganadería fueran rescatadas de la antigua cultura griega. Este acervo multicultural, enriquecido por el pensamiento de filósofos y médicos como AlKindi, AlFarabí, Ibn Sina (Avicena), y, sobre todo, el cordobés Ibn Rushd (1126-1198), conocido como Averroes, redactor de los comentarios sobre Aristóteles, fue transmitido a la España musulmana. En Córdoba el espíritu cultural importado de Oriente fue acrecentado y traducido en el seno de círculos culturales integrados por musulmanes, judíos y cristianos, de modo que esta ciudad pasaría a ser la heredera científica y cultural de Bagdad con lo que se pusieron los cimientos culturales que sirvieron de base para que Córdoba, cuatro siglos más tarde, se convirtiera en el centro mundial de la cría caballar.

Durante este período, en Andalucía se diferenciaban los caballos en nativos e importados. Los nativos eran conocidos como de “raza” y los importados recibían el nombre de Idwi, (de la otra orilla), o berberiscos. Del mismo modo que ha pasado con el caballo español, se ha atribuido erróneamente a estos caballos la pertenencia a una raza concreta. Sin embargo, la denominación de berberiscos la recibían todos los caballos que procedieran de África aunque fueran de tipos diferentes. Esos caballos, al igual que los del sur de la península ibérica, mostraban una morfología muy diversa por la propia variabilidad genética de la especie y los cruces que se realizaban. Precisamente, Idn Hayyan, en los Anales de Al-Hakam, expuso los que se realizaron en Córdoba con distintos tipos de caballos, durante el reinado de Abd-Al-Rahman III. Relata que los caballos que llegaban a Córdoba eran cruzados con los de menos calidad a fin de mejorar las castas “para fortalecimiento e incremento, aumentó el prestigio y respeto de los reyes vecinos”. Según lo que expuso, uno de los motivos que atrajo a muchos caballeros y jinetes beréberes a ayudar a este califa en la guerra fue la posibilidad de criar caballos en las dehesas de Guadalbarbo (wadi-baebar), en terrenos de Villafranca de Córdoba. Fue en estas mismas tierras, seis siglos más tarde como veremos, donde pastarían las yeguas del emperador Carlos V y de Felipe II.

El sur del Al-Andalus se convirtió en un centro de reproducción equina gracias a la intervención de elementos como la climatología, la capitalidad de Córdoba, en la que se centró una importante zona ganadera, o los pastos de las tierras no roturadas, porque no eran muy recomendables para la siembra de trigo por su escaso rendimiento. Otro factor que incidió singularmente fue el alto nivel de conocimientos que alcanzó la cultura ecuestre, consecuencia del proceso cultural relatado. Ibn Hodeil, basándose en “El libro del natural de los animales”, de Aristóteles (384-322 a.C) lo mostraba al relatar las bases de la equitación:

“La buena equitación, el arte ecuestre en suma, consiste únicamente en un buen asiento, en la fijeza del mismo, en la misma longitud de riendas, en la simetría de las espuelas y en su empleo juicioso; es decir, con la intensidad querida cuando la necesidad se haga sentir. El buen equilibrio entre el tren anterior y el posterior es lo que más debe preocupar en todas las circunstancias”.

Pero, en el Al-Andalus el uso del ganado mular estaba todavía muy arraigado, por la comodidad de estos animales para los viajes, costumbre heredada de la sociedad romana. Ibn Hawqual, viajero que visitó Córdoba a mediados del siglo X, escribía que en la Hispania musulmana se habían especializado tanto en mulos de alto valor “que éstos son objeto de curiosas rivalidades para ver quién poseía más”.

Esta es la etapa política de mayor esplendor en la península Ibérica durante la presencia islámica, a pesar de su corta duración, al decaer hacia el año 1010. Oficialmente, el califato continuó existiendo hasta el 1031, año en el que fue abolido fragmentándose en los reinos de Taifas que aparecieron como consecuencia de la guerra civil provocada por los partidarios del último califa legítimo, Hixam II, y los sucesores de su primer ministro, Almanzor.

En el año 1085, Alfonso VI consiguió la capitulación de Toledo, suceso crucial en la historia hispana del medievo y no sólo porque fue capital del reino visigodo sino porque se continuaba el trabajo de traducción iniciado por los árabes. La toma de esta ciudad, que estuvo islamizada 370 años, trajo hasta ella a mozárabes, francos y castellanos, componentes del ejército vencedor, que, a partir de ese momento, convivirían con los judíos y árabes que poblaban la ciudad. A su llegada, el bando cristiano encontró bibliotecas con miles de obras desconocidas para ellos cuyo legado, y la gran cantidad de castellanos que también emigraron hacia esa ciudad, creó un caldo de cultivo que derivó en un extraordinario movimiento cultural. En ese contexto social se creó a mediados del siglo XII la Escuela de Traductores. En ella trabajaron conjuntamente un grupo de estudiosos cristianos, judíos y musulmanes en la traducción de las obras de la cultura árabe y de la antigüedad, trasmitiéndolas así al resto de la Europa medieval. La llegada de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII supuso un nuevo impulso para esta escuela que recopiló un gran caudal de conocimientos cuyas traducciones se hacían al latín y al romance en ocasiones. El conocimiento de este hecho es trascendental para comprender la realidad cultural e histórica española así como el conocimiento ecuestre y cría caballar que se aglutinaría en Andalucía tras esa fusión de culturas.

Las sucesivas invasiones provenientes desde el norte de África, como la de los almorávides (1090-1102), las de los almohades (1145–1146) y las de los benimerines (1224), a la vez que introdujeron más ganado caballar, produjeron un debilitamiento progresivo de los reinos lo que provocó que, a mediados del siglo XIII, Al-Ándalus quedará reducido al reino nazarí de Granada.

LA CABALLERÍA MEDIEVAL

El hombre, como señalamos, domesticó al caballo durante el Neolítico y 4000 a.C. los chinos ya hacían incursiones utilizándolos como medio de transporte por la zona del Mar Caspio. Sin embargo, ello no nos permite hablar de la existencia de una caballería tal y como la conocemos hoy. Aunque algunos autores han señalado su inicio el día en el que el hombre se subió por primera vez sobre un caballo la realidad es distinta. Tuvieron que pasar siglos hasta que se elaboraron los contenidos relacionados con la doma y se confeccionaron los útiles como estribos, sillas, espuelas, riendas, etc… de los que se servirían los jinetes, para poder combatir sobre un caballo de una forma segura y efectiva. Además, se tendrían que modificar las armas, que habían evolucionado para los peones, así como las tácticas guerreras y la mentalidad para ver a la caballería como un medio bélico eficaz y no como una simple ayuda en el inicio de los combates. Cuando en el año 732 Carlos Martel frena en Poitiers el avance sarraceno debe ese éxito a la infantería en la que se estrellaron las oleadas de musulmanes. Durante siglos, los caballos sólo fueron utilizados como medio de desplazamiento y con el fin de llegar al combate en las mejores condiciones físicas y estratégica pues los jinetes, una vez llegado al campo de batalla, se apeaban y combatían en el suelo. Posteriormente se popularizó el sistema de cabalgar dos jinetes sobre la misma cabalgadura: uno la dirigía mientras el otro combatía. De esa forma, cuando se apeaba el combatiente el otro se mantenía sobre el caballo a fin de favorecer la huida de ambos en caso de que fuera necesario.

El carácter religioso que la Iglesia otorgó a la expulsión de los musulmanes de la península ibérica favoreció el reconocimiento social de los caballeros en las zonas reconquistadas. El espíritu religioso de su misión -salvar al cristianismo- y la pertenencia a la nobleza de los mismos impregnaron la mentalidad de los campesinos de la Edad Media. Los trovadores vieron en el relato de sus hazañas un medio de obtener beneficios exaltando unas virtudes que, casi siempre, eran sobrevaloradas y en la mayoría de las ocasiones imaginadas. Esta simbiosis -caballero andante y trovador- elevaría la leyenda de los primeros al rango de mito propiciando que la fantasía, una vez más, distorsionara los hechos históricos.

El término caballero en las lenguas vernáculas del siglo XII evoca al guerrero y no sugiere un alto rango social como se cree. Lo mismo ocurre en el antiguo término alemán Ritter. En Inglaterra se definió como knight, derivado de la palabra cniht, que designaba más a un peón armado que a un noble. Y, en provenzal, en español la palabra caballero se aplica también al guerrero pero elevando su significado al combatiente de elite a caballo. En su inicio, el vocablo caballero no evocó ningún significado que no fuera el de servicio armado pero, posteriormente, se idealizaría su cometido alcanzando fines casi míticos aunque, como dijo, S. Painter, una caballería mítica no fue más que un “dulce sueño”.

El concepto de caballería que conocemos hoy se pudo originar desde que el binomio jinete-caballo se empezó a utilizar como fuerza principal en los combates. Con anterioridad, como se ha señalado, sólo fue una simple ayuda de la infantería ocupando puestos laterales al iniciarse el enfrentamiento. Uno de los primeros sistemas de combate que utilizó la caballería, que sólo fue eficaz al enfrentarse a un enemigo que fuera también a caballo, sería el de choque: los caballeros, cubiertos con las armaduras, galopaban contra el enemigo atravesándolo con sus lanzas y después, una vez inutilizada ese arma, bajaban del caballo para combatir desde el suelo con sus espadas. Este sistema de lucha impuesto por los reyes tenía dos peculiaridades intencionadas: la primera, que al apearse los caballeros daban ánimos a los peones para seguir en la lucha, y la segunda, que dificultaba la propia huida del caballero en el supuesto de ver en peligro su seguridad. Esta forma de combatir, en la que el caballero y caballo iban blindados, marcó intensamente las diferencias sociales durante ese período histórico ya que el elevado precio de los caballos se sumaba al hecho de llevar una protección metálica. Las armaduras, que, quizás, evolucionaron aún más que las armas, eran signos externos deseados por los plebeyos pero que sólo se la podían permitir los que poseían un alto poder adquisitivo pues su precio alcanzaba el valor de dos o tres caballos. Y aunque la coraza no hacía invencible al caballero sí le otorgaba cierta seguridad porque le permitía combatir con alguna ventaja en la batalla. Además, aunque fueran minoritarios los caballeros en el ejército, y los que menos baja acusaban en los combates, eran ellos los que recibían los honores de las victorias que, de forma generalizada, se convirtieron en tributo exclusivo de la aristocracia y de la incipiente burguesía adinerada.

Pero no sólo nos ha llegado distorsionada la función de la caballería en el campo de batalla, también se ha mitificado la ética caballeresca. Las crónicas, escritas habitualmente por el bando ganador, transmitieron una imagen distorsionada de la realidad. También ha favorecido la expansión y proliferación de esos errores históricos las novelas caballerescas y las películas, más o menos históricas, en las que se ha buscado fundamentalmente atraer la atención del espectador o del lector, a través de los sentimientos y las emociones. Esta mitificación también alcanzó al acto de investidura de los caballeros pues el simple hecho de la entrega de armas, a los que entraban bajo las órdenes de un señor, se ha transmitido cargado de connotaciones éticas y religiosas. El origen de este acto no está relacionado con el ingreso en la caballería sino que, como ha afirmado Jean Flori, guarda relación con la coronación de los reyes francos de Occidente, que pudo tener su inicio a finales del siglo IX, hecho previo a la creación de lo que hoy conocemos como caballería. Fue un siglo más tarde cuando, tras una profunda evolución, aparecerá la investidura transformada en un acto destinado casi en exclusiva a los caballeros. El objetivo era sencillamente oficializar sus acciones en la guerra distinguiéndolos del simple bandido, en absoluto se trataba de reconocer o elevar su nivel social. La Iglesia, que en principio negó el carácter religioso del acto, no dudó en solicitar ayuda a caballerías bárbaras cuando se sintió amenazada. Además, desde el siglo X tomó conciencia de la importancia que había tomado la caballería, viendo en el sentir caballeresco un medio para paliar en lo posible los desmanes en las guerras (muertes, violaciones, mutilaciones, etc…) que en no pocas ocasiones se volvían contra ella. Interfirió en el acto de la investidura instituyendo en la clase guerrera los mismos rituales religiosos que tan buen resultado le había dado con los reyes y que con el paso del tiempo se haría innecesario al heredarse la nobleza. Pasó de ser un hecho casi institucional de la realeza a convertirse en un simple acto protocolario de algunos hijos de nobles. También, en caso de necesidad, la dispensa real permitía investir a un plebeyo. Hecho que ocurría con cierta frecuencia pues los reyes, ante una posible confrontación bélica, olvidaban las normas protocolarias a fin de disponer de más guerreros. A veces, este honor pasaría también a otorgarse tras las batallas como medio de recompensar la fidelidad y el buen hacer guerrero.

A partir de ese momento la Iglesia distinguió entre guerras justas e injustas. Justas eran aquellas que defendían a los no armados: mujeres, niños, desvalidos y, como no, a ella misma. Más tarde las utilizó para sus fines con la promesa de perdonar los pecados a aquellos caballeros que habían hecho un uso indebido de las armas. Penitencia que también cambió con el paso de los años pues ya no consistiría en ir de peregrinación, sin armas, a Jerusalén sino todo lo contrario: utilizarlas contra los sarracenos en defensa de la Iglesia, alcanzando su grado más significativo durante la reconquista de la península ibérica. Y fue en ésta donde se enfrentarían dos formas distintas de combate a caballo que, a su vez, mostraba dos modalidades de doma: las conocida como “jineta” y “brida”.

El Diccionario de la Academia de la Lengua en su primera edición de 1737 define que “jineta” es: “Cierto modo de andar a caballo, recogidas las piernas en los estribos al modo de los africanos”. Mientras que “brida” “es ir a caballo en silla de borrenes con los estribos largos”. Estas definiciones, repetidas en las sucesivas ediciones de este Diccionario, diferenciaba ambas modalidades sólo por el largo de las aciones de los estribos. Sin embargo, es posible que en la redacción de las mismas intervinieran personas poco relacionadas con la equitación porque el largo de las aciones no era exclusivo de uno u otro sistema. La diferencia entre ambas radicaba también en otros elementos como el uso del cabezón, tipos de sillas, de frenos, espuelas, etc… Realmente, estas denominaciones, más que diferenciar dos tipos de domas, representaban dos formas de ir a caballo y de combatir que, curiosamente, derivarían, siglos después, en dos variantes de doma conocidas en la actualidad como Vaquera y Alta Escuela Española. La primera, basada en la “jineta”, es utilizada en los trabajos del campo con el toro bravo; recientemente ha sido modificada y reglamentada a fin de hacerla efectiva y atractiva como medio de competición y espectáculo. La segunda, la Alta Escuela Española, basada en la “brida”, fundamentada en los estudios de los clásicos griegos de quienes destacamos a Jenofonte, uno de los mayores pensadores sobre el arte ecuestre, proliferó durante el renacimiento y cuya difusión sería una de las principales causas por la que el rey Felipe II, como veremos, iniciaría el 28 de noviembre de 1567 el proyecto por el que se conseguiría el caballo Pura Raza Español.